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Lenin culmina una aterradora secuencia de revolucionarios profesionales que comienza con Blanqui



Trabajadoras en una fábrica textil de Mánchester

Lenin dirigiéndose a las masas en 1917


"Su propio retrato de Blanqui [el de Tocqueville] muestra hasta qué punto toparse con un vengador mesiánico no evoca reflexiones sobre la evolución del mesianismo sino algo más próximo al escalofrío. En vez de su proverbial finura sociológica, le vemos atribuir el retorno de la guerra civil a una canaille excitada por demagogos malignos, aunque quienes enarbolan la recién estrenada bandera roja no caben en ninguna de esas categorías. Pertenecen a todas las clases, y se ven congregados por un espíritu como la confianza en una rectificación radical de la vida. Para ellos, los traidores son quienes demoran el cumplimiento de esa justicia, alegando el riesgo de entregar el bien común a «una sola persona, o incluso a un senado o consejo [...] lo bastante presuntuoso como para creerse capaz de cumplirlo con honesta eficacia»".

Capítulo 2, pág. 48



"En efecto, al oído de Europa solo llegan soluciones «totales», ofrecidas por partidos que se odian mortalmente aunque tengan reglamentos internos idénticos, pues la contienda ha creado una cuenca de atracción donde ningún curso esquiva el sino de desembocar en reyes-mesías como Lenin, Mussolini, Pilsudksi, Stalin y Hitler. Todos explotan la propaganda como troquel de reflejos condicionados, todos orquestan fiestas de exaltación colectiva donde la magia recurrente es una masa capaz de moverse con la coordinación del individuo, y su única diferencia sustantiva es hacer o no explícito el odio al pueblo judío."

Capítulo 34, pág. 636



"Aunque disolver la Asamblea Constituyente era decretar la guerra civil, Lenin acaricia ese proyecto desde los veinte años, cuando vecinos de su ciudad, Samara, le denunciaron por no sumarse a la campaña nacional montada para mitigar la hambruna de 1891, en la cual morirían medio millón de personas. Entonces explicó a un camarada que «la inanición destruye a la desfasada economía, anticipando el socialismo», y ahora está en su mano dinamitar el valor de cambio con la orden de acuñar papel moneda en cantidades gigantescas, algo fugazmente útil como liquidez y ante todo capaz de forzar el paso hacia una sociedad libre del dinero. Lo que en 1917 valía dos céntimos valdrá en 1919 cien mil rublos, y morirán de indefensión ese año unos cinco millones de personas, si bien no hay a su juicio otro modo de renovar saludablemente la vida social."

Capítulo 35, pág. 667

 

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Encuadernación: Tapa dura
ISBN: 9788467029772
1ª Edición
Año de edición: 2008
Plaza edición: Madrid

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