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Irrumpe con fuerza la figura del intelectual, profesional sin profesión, como portavoz del resentimiento



Trabajadoras en una fábrica textil de Mánchester

La muerte de Marat, Jacques Louis David


"El hecho de que Engels y él [Marx] omitan la sociología del intelectual no nos obliga a hacer lo mismo, y basta plantear el tema para caer en la cuenta de que su figura no nace a mediados del siglo XIX, con algunas personas tuteladas más allá de la juventud por sus respectivas familias. Ateniéndonos al contenido de su mensaje, que revierte crónicamente sobre «cuadros de esclavitud y martirio», el intelectualismo anima ya el medievo a través de clérigos insumisos que predican el Milenio; prosigue con los humanistas menos destacados por erudición y se renueva con el ilustrado a la francesa, igualmente ligero de equipaje técnico si se le compara con el ilustrado inglés y el alemán, hasta alcanzar su primer brote de gloria a través de Marat.

Babeuf, su heredero inmediato, aspira lógicamente a vivir como «comunista profesional», padece de modo ejemplar su falta de formación, y encarna no solo al primer mártir moderno de la causa sino a alguien que «siempre está en peligro de ser llamado a ocuparse de sus propios asuntos». Desde entonces, con el precedente de los literati en Nueva Armonía, la profesión de fe intelectual fluctúa entre el inclinado a tomar el mundo como una especie de museo y el aspirante a comisario popular. Este segundo suple la maestría conquistada por el hombre de ciencia o el artista enarbolando su «compromiso» —una pureza de principios a la manera de Saint-Just y Robespierre—, y su vigilancia ideológica acabará sustituyendo la autoridad perdida por otros predicadores incendiarios, cuando la prensa se transforme en el cuarto poder. Fue su informal colegio quien dio por supuesto que las llamadas democracias populares habían sido obra de «las masas», y en 1955 causó escándalo mundial ver publicado que «el comunismo moderno es la primera revolución llevada al éxito por intelectuales».

El único apoyo previo para hacer esa afirmación era el análisis ofrecido por Schumpeter en 1942, donde define esa figura como «profesión del no profesional, especializado en alimentar y organizar el resentimiento», cuyo rasgo común es soslayar sistemáticamente la formación en profundidad. Repasando el detalle de las revoluciones de 1848, 1871 y 1917, el sociólogo e historiador Raymond Aron desafió a gran parte del estamento académico —y a todos los editores comprometidos— analizando el «opio de los intelectuales» y la «religión política», para concluir que el triunfo del régimen comunista «condujo de hecho y en todas partes a la expulsión violenta de una elite por otra».

Capítulo 18, pág. 354-356

 

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