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Marginales, adaptados y herejes
«Si el Emperador nos pide tributo, no se lo negamos.»
Ambrosio de Milán1.
Dentro de esta revolución cultural las
bibliotecas públicas y privadas sólo son los principales
blancos inmóviles, pues ha llegado en realidad el momento
de ajustar cuentas con semovientes como paganos, herejes y judíos.
Algunas sinagogas arden con la feligresía refugiada dentro,
y una muchedumbre católica extermina en Constantinopla
a más de mil godos arrianos, que buscando asilo en cierto
templo perecen abrasados allí. Constancio ha abierto camino
a las atrocidades creando en Skitópolis actual Jordania
algo parecido a un campo de exterminio para paganos, pues «aquella
religión que se eleva contra la violencia de las pasiones
las exaspera hasta el furor»2.
Dentro de los perseguidos destaca como principal
novedad la secta maniquea, que por adaptarse de modo perfecto
a la explosión de fervores fanáticos nos ayuda a
entender tanto las condiciones del momento como el fondo doctrinal
que apasiona más intensamente. Mahoma hará justicia
a su fundador, hoy olvidado por la mayoría de nosotros,
afirmando que no sólo fue un gran santo sino el único
individuo agraciado por una inspiración celestial comparable
con la que bendijo a Moisés, a Jesús y a él
mismo.
I. El disidente modélico
Azote sempiterno para toda suerte de términos
medios, el iranio Mani (216-277)3
vivió décadas en comunas elcasaítas los
ebionitas persas hasta oír la voz de un hermano gemelo,
divino e invisible para los demás, que literalmente le
dictó un cristianismo enriquecido por elementos zoroástricos
y budistas. Freud se habría autodiagnosticado esquizofrenia,
pero Mani aprovecha su desdoblamiento para lanzar un credo de
éxito fulgurante. Jesús no había entrado
en asuntos litúrgicos ni dicho apenas nada sobre ángeles
y otros seres «intermedios». Él lega un culto
diseñado hasta el último rito, y rebosante de imaginación
cosmogónica.
Ya en tiempos de Constantino los obispos arrianos
y católicos coincidían en pensar que el maniqueo
era su rival más peligroso, porque además de incorporar
una mitología fascinante renovaba la tradición pobrista
con un comunismo basado en la humildad, bienvenido lo mismo en
Siria que en el norte de África o a orillas del Rin y el
Danubio. Aunque su panteón comprendiera treinta y dos seres
sobrenaturales, el hecho de adoptar la misma intransigencia ante
el paganismo que los cristianos, añadido al de tener a
Jesús como uno de sus dioses, hizo que fuesen perseguidos
a la vez. El Edicto de Milán (313) interrumpió muy
brevemente las hostilidades contra ellos, reanudadas por el arriano
Constancio y proseguidas por Juliano, que les imputó crímenes
múltiples (multa facinora) y tumultos (populos
quietos turbare)4.
Con todo, lo estereotipado de esa acusación,
y la total ausencia de cargos concretos ni siquiera el de
atentar contra templos o símbolos de otra religión,
sugiere que no indignaban por ser malhechores, sino atendiendo
a una radicalidad turbadora para el politeísta tanto como
para el cristiano establecido. En 391, cuando un edicto de Teodosio
el Grande transforme el catolicismo en religión obligatoria,
se ordena también que la Iglesia maniquea sea perseguida
con especial severidad por las distintas policías imperiales,
una victimación que a corto plazo le presta alas. Abundan
comunas suyas en todas las ciudades, y de entonces proviene un
compendio equivalente al Nuevo Testamento5.
A finales del siglo iv su fiel prototípico calca al cristiano
más habitual en el siglo IIalguien reclutado mayoritariamente
entre esclavos y estratos misérrimos de la población,
pero la secta es capaz de atraer también a individuos de
clase acomodada y muy cultos, como el futuro san Agustín,
que será catecúmeno suyo durante una década.
La extraordinaria capacidad proselitista del
maniqueo, que le convierte en el principal enemigo público
del Imperio, viene de renovar la oferta en aquello por el momento
más demandado: una nueva forma extrema de odiar «esta»
vida. Sus comunas mantienen viva la llama de un conflicto entre
pureza y concupiscencia inseparable del que hay entre bienes comunes
y exclusivos, y disponen de apóstoles («elegidos»)
que añaden a su fervor la condición de personas
honradas y sencillas6.
Su denuncia del contubernio entre religión y política
no puede ser más actual cuando la Iglesia católica
acaba de convertirse en el gran poder no sólo político
sino económico, y deja sin argumentos al ortodoxo insistiendo
en la sinceridad del pobrismo. El exterminio masivo acabará
haciendo que el maniqueísmo retorne a su sede originaria
en Asia Central, desde donde se extenderá hasta China,
pero sus legados serán abundantes. Entre ellos están
instituciones como celebrar el domingo o confesar, así
como el germen de todas las grandes herejías medievales,
que niegan lo compatible de Iglesia y propiedad. Los bogomiles
búlgaros que devuelven su doctrina a la Europa del siglo
X son elcasaítas, y aunque el credo de cátaros y
sectas afines esté envuelto en tinieblas su columna vertebral
es en todo caso un «dualismo cristiano».
San Agustín comenta que «el voluminoso
delirio de Mani [
] está lleno de largas fábulas
sobre el cielo y las estrellas»7,
omitiendo comentar el influjo imborrable que tuvo sobre él
su idea del cuerpo como inmundicia demoníaca, cuyo efecto
es antes o después la aborrecida muerte. Incapaz de atribuir
la carne y su concupiscencia a un ente bueno como la Luz, Mani
lo atribuye a una Materia obstinada en raptarla y se aplica a
demostrarlo con una epopeya expuesta en tres Creaciones8,
donde el destino del género humano será contribuir
con la práctica de un riguroso ascetismo a
que lo luminoso se redima de su hundimiento en lo oscuro. Se diría
que estamos ante un cuadro de proceso y transformación,
pero el maniqueísmo es religiosa y políticamente
crucial por ofrecer el modelo de una dinámica basada en
adjetivos, que se resume en apariencia. Del conflicto entre Bien
y Mal no surge cosa parecida a un tercero, y el drama cósmico
oscila entre un estado inicial de dualidad perfecta9
y el retorno a ese estado, tras una «mezcla» ilusoria.
El hecho de que Mani como el resto de
los gnósticos atribuya el universo a un dios maligno,
y no al revés, nos ayuda a entender que su comunismo sea
consecuencia en vez de premisa. La igualdad ebionita descansa
sobre una «restitución», y la del maniqueo
es más bien lo acorde con rechazar «la naturaleza
y la existencia humana»10.
Como hay un grado de dolor tan intenso en todas las creaciones,
evitar la propiedad individual es sólo una entre las consecuencias
de evitar el resto de la realidad física. A ese horror
primigenio responde el fiel con una fe ciega en sus «elegidos»,
que supervisan el ritual de purificaciones cotidianas, regidos
por certezas como que
«lavar la comida no sirve, porque lo inmundo
es el cuerpo. Lo lavado no es en absoluto distinto de lo no lavado
[
] Sólo la separación de Luz y Oscuridad es
genuina pureza redentora, de la cual os apartasteis empezando
a bañaros»11.
II. La eclosión del monacato
Al tiempo que la gnosis maniquea se propone
lograr una derrota eventual de la materia, una pléyade
de escritores cristianos y neoplatónicos declara su profundo
hastío ante toda suerte de goces sensibles. El espiritualismo
lo invade todo, unas veces en forma de raptos extáticos
como los que experimentan Plotino o Agustín12,
otras veces espoleado por el hecho de mantenerse mientras espera
la otra vida en asilos como una vagauda, o cualquier otra horda
itinerante. Un historiador comenta que «apenas nadie podía
preservar una buena conciencia, una mente libre y una mano limpia
[...] y que el espíritu parecía una chispa ignominiosamente
capturada por su adversario, el mundo de los sentidos»13.
En tales condiciones hasta el sentido común recomienda
preparse para la muerte, y el sentimiento de la vida física
como maldición que invade toda la literatura
refleja de un modo u otro lo sobrante de innumerables personas,
tanto en las ciudades como en los campos. Nace entonces un movimiento
eremítico espontáneo, donde muchos individuos deciden
por su cuenta imitar al renunciante. Como las condiciones de intemperie
subsisten, la diferencia entre un cristianismo hostil al Estado
y un cristianismo inseparable de él es la que hay entre
una oleada de mártires voluntarios y una oleada de santos
eremitas. San Atanasio es a la vez «el padre de la ortodoxia
teológica y el patrono del monacato eclesiástico»14.
Si se prefiere, hasta mediados del siglo iv
las poblaciones decrecían debido a una contracción
en el intercambio de mercancías, que recortaba indirectamente
la esperanza de vida. Ahora el colapso demográfico se acelera
con algo que incide directamente sobre la tasa de natalidad, pues
dentro de la Iglesia ya oficial se produce una especie de diáspora
no sólo consentida sino muy admirada, en la cual parte
de sus fieles los más llamados por sus principios
a la marginalidad optan por un casto retiro del mundo. Nada
tienen contra la reproducción de los demás, salvo
su repugnancia personal por las sensaciones inherentes al coito.
Para equilibrar la veneración que esta actitud despierta
en círculos eclesiásticos podemos atender al testimonio
de un contemporáneo pagano:
«Se llaman a sí mismos monjes o solitarios porque
eligen vivir sin testigos de sus acciones. Considerándose
desfavorecidos por la fortuna, llevan voluntariamente una vida
miserable para no ser aún más desdichados [
]
Sea esa triste locura el efecto de alguna enfermedad, o el de
algún arrepentimiento ante maldades cometidas, estos
infelices aplican a su propio cuerpo los tormentos que la justicia
impone al esclavo fugitivo»15.
1. Bandas de anacoretas y turismo piadoso.
Sin perjuicio de incluir un porcentaje considerable de vírgenes
y viudas de extracción aristocrática16, los nuevos
renunciantes son en su mayoría varones y se diseminan por
parajes agrestes mucho antes de que san Benito (480-547) confeccione
la primera regla monástica. Su gran héroe inicial
es el egipcio san Antonio (251-356), que siendo un ignorante17
abandona esposa e hijos por una vocación de penitencia
y supera innumerables tentaciones, imponiéndose tremendos
castigos, hasta cumplir los ciento cinco años. Para entonces
ha fundado nueve abadías masculinas y una femenina; el
prestigio de lo que hace se ha amplificado grandiosamente, y a
juicio de todos tanto cristianos como católicos
es la persona más comprometida con la salvación
de los demás. Gracias a santos como él el Padre
y el Hijo se apiadan de su grey y les otorgan dones en otro caso
inmerecidos.
Hacia el año 300 el desierto de la Tebaida
está habitado por unas siete mil personas18, que practican
una vida de pobreza y abstinencia sexual. En el de Nitria, contiguo
a Alejandría, hay otros cinco mil19. En las inmediaciones
de Oxirrinco, una ciudad populosa entonces, el obispo calcula
que hay unos veinte mil eremitas masculinos y hasta diez mil femeninos,
exagerando probablemente el número de mujeres20. Pero no
tienen regla de obediencia, y una parte combina su vida retirada
con visitas a las ciudades cuando toca elegir nuevo obispo o hay
algún otro acto colectivo. Los más vehementes acaban
reunidos en las llamadas bandas de anacoretas, que se alían
con cristianos pobres de cada ciudad (la «chusma»
de Amiano) para perpetrar hazañas terroristas. Cierto día
cunden rumores de que tal edificio, barrio o grupo ofenden a Dios,
y otro día la banda monástica del territorio ataca
esos objetivos.
Se vengan así de las persecuciones anteriores,
que si no exterminaron a muchos más cristianos fue por
falta de un celo perseguidor como el que ahora exhiben ellos.
Pero sería erróneo pensar que los terroristas cuentan
con el beneplácito de la casa imperial, con el de obispos
no demagógicos o con católicos integrados e incluso
muy ricos. Al contrario, las bandas generan un malestar expreso
en la mayoría de sus correligionarios, porque la Iglesia
es superior no ya emocional sino intelectualmente a todas las
demás escuelas y sectas.
Tampoco merece ser omitido que los ermitaños
compiten inventando penitencias cada vez más portentosas,
y esto no tarda en concentrar la atención de sus correligionarios.
Desde todos los rincones del Imperio empiezan a llegar fieles
deseosos de ver aunque sea a distancia, para no molestar
a artistas de la mortificación como san Hilario, san Zenobio
o san Arsenio, ofreciendo así oportunidades a transportistas
y tenderos. Desde finales del siglo iv hay flotillas y caravanas
específicas, dedicadas a abastecer una cadena de almacenes
y albergues que jalona las rutas a Belem y Jerusalem, con etapas
intermedias en los desiertos de Alejandría o Antioquía,
donde se concentran los renunciantes más egregios.
Excavaciones hechas en el desierto israelí
de Neguev demuestran que atender a estos viajeros indujo la construcción
de importantes regadíos, que las aldeas de la zona crecieron
como nunca, y que Gaza llegó a ser una ciudad muy próspera21.
La era de los santos es también la era de las reliquias,
que se transforman en el objeto valioso por excelencia, y a ese
mercado se suman botellas con agua del Jordán y tierra
del Monte de los Olivos, donde Jesús veló antes
de su Pasión. Modesto aunque duradero, este oasis de actividad
económica subsiste hasta mediados del siglo vii, cuando
los mahometanos se hagan cargo de la zona.
III. Los primeros Padres
Para cuando las peregrinaciones estén
en su apogeo se cumple también un cambio decisivo en la
dirección de la Iglesia. Hasta entonces, la elite material
e intelectual había quedado básicamente al margen,
y los obispos y presbíteros solían ser personas
de cuna humilde. Pero lo que empezó siendo una religión
cómoda para el Estado es ya el nervio del propio Estado,
y su gobierno se entrega a los más ricos y cultos. Un círculo
aristocrático que era cristiano en términos sólo
formales, temiendo la represión, ha pasado a serlo fervientemente.
El ejemplo prototípico es san Ambrosio
de Milán (340-397), hijo de un prefecto de la guardia imperial
que ostentaba el gobierno militar de la provincia cuando fue nombrado
obispo de la ciudad por aclamación. No tuvo tiempo siquiera
para bautizarse antes de ceñir la tiara, pues urgía
evitar una elección reñida que terminase con un
baño de sangre como el ocurrido poco antes en Roma. A su
obra como teólogo, moralista y prelado22 añadió
ser el principal interlocutor de Teodosio el Grande, a quien aplaca
unas veces y riñe o hasta excomulga en otras, como cuando
pretende castigar una masacre de judíos. En el fresco de
Pinturicchio porta en la mano derecha un látigo de tres
puntas, símbolo de la intolerancia demostrada hacia ellos,
los politeístas y los arrianos. No menos intransigente
se mostraría hacia todo lo relacionado con la «carne».
El ascetismo fue la principal preocupación
del serbio san Jerónimo (ca. 347-419), un hijo de plutócratas
que a despecho de su fino paladar se pasó buena parte de
la vida ayunando, y a quien el papa san Dámaso encargaría
poner en latín la Biblia cristiana23.
Sus tres años de estancia en Roma para reunir documentación
le conectaron con un círculo de acaudaladas vírgenes
y viudas, para quienes escribió su Defensa perpetua
de la virginidad de María, madre de Jesús (383),
donde denuncia las confusiones reinantes en materia de moral sexual
y matrimonio virtuoso24.
Como algunos se sintieron heridos, abandonó esa «Babilonia»
en dirección al desierto acompañado por Paula y
otras acaudaladas vírgenes, con cuyo patrocinio fundó
en Belem un complejo de monasterio para hombres, convento para
mujeres y hostal para peregrinos, que inaugura en 38925.
Este tipo de empresa mixta tenía al menos un siglo de existencia
en la zona, pero Jerónimo introdujo una reglamentación
bastante minuciosa y su modelo fue el que acabaría cubriendo
Asia Menor y Europa de comunas monásticas. En contraste
con las previas, libradas exclusivamente al apoyo de la divina
providencia, los nuevos espacios desprovistos de propiedad privada
aseguran su mañana cultivando huertas y produciendo distintas
reliquiae.
La tríada de grandes Padres latinos se
completa con Aurelio Agustín, luego san Agustín
(354-430), un profesor de retórica nacido en el seno de
una familia acomodada aunque no millonaria. A despecho de que
su madre santa Mónica fuese una católica
muy fervorosa, sólo se hizo bautizar a los 33 años,
tras haber buscado consuelo a sus inquietudes en el misticismo
maniqueo, el escepticismo de la segunda Academia y el neoplatonismo,
pues los Evangelios sólo le resultaron convincentes tras
leer las epístolas paulinas y «la verdad se combinó
con la gracia»26.
Recibió el bautismo de san Ambrosio, y fue nombrado de
inmediato obispo adjunto en la diócesis de Cartago. Allí
redacta La ciudad de Dios, un tratado cuya finalidad expresa
es exculparle de que Roma haya sido tomada y saqueada entonces
por los godos, ya que los paganos atribuyen esa desgracia al abandono
de la religión ancestral. Conciliar la omnipotencia y la
gracia divina27
le llevó a sugerir allí una predestinación
tesis luego declarada herética, mientras luchaba
contra el cisma donatista y la herejía pelagiana, incómodo
el uno por atentar contra el clero diplomado28
y demoledor el otro por negar el pecado original y ser la prefiguración
de un cristianismo secularizado29.
Esa lucha le convenció de que era vano argumentar, como
en principio creía, y que procedía perseguir físicamente
al enemigo de la ortodoxia.
A los tres grandes escritores latinos corresponden
otros tres grandes escritores griegos llamados Padres capadocios30,
que nacen también en hogares aristocráticos, reciben
una educación muy esmerada y acaban siendo obispos. Han
asistido los tres a la escuela del erudito Libanio, alternando
allí con el apóstata Juliano, y uno de ellos san
Gregorio llegará a dar clases de retórica
en Atenas. El tercero, san Juan Crisóstomo, pertenece a
una de las familias más ricas del Imperio, y pasa pronto
de catecúmeno a patriarca de Constantinopla. En tiempos
de penuria cultural muy aguda, el florecimiento prácticamente
simultáneo de estos seis autores indica hasta qué
punto la Cristiandad concentra no sólo la devoción
sino el ingenio. Se ha emancipado del fervor apocalíptico,
preparándose para salvar al género humano con un
proceso de catequesis indefinida, donde no pueden descartarse
frenazos y hasta retrocesos.
Por lo demás, el símbolo de fe
popular más poderoso desde Jesús es san Simeón
el Viejo, también conocido como Simón Estilita,
cuya proeza será vivir entre 419 y 459 subido a lo alto
de una columna, en el desierto que tiene Antioquía al noroeste.
A juicio de muchos, sus cuarenta años de ascesis demuestran
que hasta dirimirse la batalla de Armageddon entre el Cristo y
el Anticristo basta como residencia un espacio algo inferior al
metro cuadrado. Cuando muera lo llevarán en procesión
siete obispos y la máxima autoridad militar, cerrando la
comitiva una escolta de seiscientos soldados seguida por muchos
miles de peregrinos.
1. Una teoría de la propiedad y la
compraventa. Aunque el Nuevo Testamento sea incondicionalmente
pobrista, sólo aborda de modo parabólico el conflicto
entre culto a la Providencia y negocio jurídico, una institución
basada en que los pactos tendrán fuerza de ley entre las
partes. La Patrística colma ese vacío, argumentando
desde distintos ángulos que la tesis subyacente al contrato
un acto libre y al tiempo vinculante ridiculiza los
presupuestos de una sociedad centrada en el deber de compartir.
Su formulación ejemplar, aceptada sin discusión
durante más de mil años, es que la compraventa perjudica
por fuerza a alguno de los contratantes. Como los bienes constituyen
una magnitud fija, los gastos de unos no multiplican los ingresos
de otros, y cuantos más ricos haya más pobres habrá.
Clemente de Alejandría, precursor de
los Padres griegos, insistió en que gestionar las haciendas
exige el asesoramiento de algún santo o clérigo31.
Basilio de Cesarea presenta el comunismo espartano como sociedad
modélica32, y Juan Crisóstomo («boca de oro»)
aprovecha un sermón sobre la primera comuna de Jerusalem
para destacar el «inagotable tesoro formado por la puesta
en común de todos los bienes»33. Si Constantinopla
se hiciese comunista su «plétora» se reproduciría
por generación espontánea, como los bosques o el
ganado. De hecho, bastaría crear una comuna de «cincuenta
mil pobres» para comprobar que estaban destinados a ser
los más felices, un evento del máximo valor testimonial:
«¿Acaso no haríamos así de la tierra
un cielo? ¿Quién desearía luego seguir
siendo pagano? Creo que nadie. Todos querrán unirse y
ser favorables a nosotros»34.
San Ambrosio argumenta que la propiedad privada
es una usurpación, y que adquirir riquezas resulta imposible
sin cometer injusticia. En su comentario al quinto día
de la Creación declara que el dominio sobre muebles e inmuebles
es antinatura, insinuando que el pecado original pudo ser
un acto de avidez llamado prima avaritia35.
La caridad constituye un «derecho» de los pobres,
pues por su mediación recobran algo que les pertenece.
San Jerónimo añade que el beneficio de alguien sólo
puede provenir del perjuicio sufrido por otros, y san Agustín
completa esa perspectiva identificando el deseo de «comprar
barato y vender caro» como vicio social por excelencia36.
El comercio no es compatible con una sociedad basada sobre la
justicia.
En definitiva, «los bienes terrenales
fueron creados para todos [
] y sólo el pecado de
codicia explica diferencias tan flagrantes entre quienes tienen
y quienes no»37. Bien sea por haber dado en limosna los
propios bienes, o por no haberlos tenido nunca, lo esencial de
la comuna cristiana es que todos puedan vivir con modestia aunque
sin agobio. Ello exige que la libertad de regalar o ayudar no
exista, pues «cualquier acto de beneficencia es [
]
mero cumplimiento de un deber, que no se agota con la primera
acción y continúa existiendo mientras persista la
ocasión determinante»38. La relación entre
el acomodado y el necesitado es independiente de que uno sea frugal
y otro despilfarre, porque se trata de un vínculo «puramente
ético». Como aclaró Jesús, «si
sólo prestas esperando la devolución ¿qué
mérito acumulas? [
] Debes prestar sin esperanza de
que te sea devuelto»39.
Idéntico en esto al pecado carnal, el
de codicia tolera un intercambio supuestamente autónomo
que empieza relajando las buenas costumbres y desemboca en una
movilidad social mórbida, llamada a dividir cada comuna
en ricos y pobres. El gran principio dice que los seres humanos
carecen de patrimonio particular legítimo: o son de Dios
o son del César. «Por derecho divino la tierra es
del Señor, y suyo es todo cuanto contiene», mientras
por derecho humano pertenece «a los reyes y emperadores
del mundo»40. Al hacerse propietarios los hombres relativizan
a ambos jerarcas en mayor o menor medida. El dios Término,
insiste Agustín, es la flaqueza misma41.
2. Hacia un compromiso con el poder político.
Una Iglesia dirigida por obispos de extracción popular
es menos radical en su pobrismo teórico que la encomendada
a una elite militar y económica. En el sínodo de
Paflagonia (340), por ejemplo, que se celebra durante el reinado
del arriano Constancio, los reunidos se declaran incapaces de
«asegurar» que si el creyente no cede todos sus bienes
al clero será condenado al infierno42. Décadas más
tarde, cuando el horizonte doctrinal tiene como autoridad a los
grandes Padres, esta condescendencia hacia el opulento ha mermado
en vez de crecer. No tanto Gregorio y Basilio, pero sí
Ambrosio, Jerónimo, Agustín, Juan Crisóstomo
son tajantes en lo que respecta al deber general de limosna-restitución.
Al mismo tiempo, situar al rico en el infierno
empieza a ser delicado para una religión sin otro adversario
que sus herejes, y engendra actitudes dispares en el Imperio oriental
y en una Europa librada a la desintegración política.
En el Imperio está alcanzando niveles explosivos una competencia
entre Constantinopla y Alejandría, que por caminos indirectos
desemboca en un cisma de católicos y ortodoxos vigente
hasta hoy43. El ebionismo militante de Juan Crisóstomo
crea problemas de orden público desde 399, cuando osa comparar
a la buena sociedad bizantina con Ananías y Safira, los
primeros defraudadores de la Iglesia44. Parte del pueblo prefiere
sus inflamados sermones «a la diversión del teatro
y el circo»45, la emperatriz Eudoxia ordena su arresto,
y sigue a ello una rebelión fulminante que termina en masacre46.
Pero Crisóstomo se ha convertido en un
demagogo no sólo para la corte sino para toda la clase
media, atónita ante el hecho de que enardezca a sus fieles
con una denuncia del propietario. Cuando la emperatriz tenga tiempo
para llenar la ciudad de tropas, algo después, la restauración
del patriarca bizantino se transforma en un destierro perpetuo
con penalidades adicionales, que no tardan en acabar con su vida.
Los cargos que se le imputan han sido ridículamente falsos,
y aunque la historia no tardará en reconocerlo su ejemplo
constituye una llamada de atención para el alto clero.
Al menos en los dominios del Imperio oriental, en vez de flagelar
al opulento con invectivas preferirá obtener de él
limosnas y legados. Para Occidente están empezando las
edades tenebrosas, y para Constantinopla el esplendor.
NOTAS
1
- En Gibbon 1984, vol. I, p. 652, n. 108.
2
- Hegel 1967, p. 273.
3
- Sus discípulos le llamarán «segundo Crucificado».
Con todo, el suplicio que le administró la autoridad persa
por novedad religiosa parece haber sido cargarle con enormes cadenas.
Las llagas, el esfuerzo y los calambres terminaron con su vida
en menos de un mes. Cf. Eliade 1978, vol. II, p. 375.
4
-Cf. Gil 1985, p. 229.
5
- El llamado Codex maniquaicus coloniensis, un texto copto
fechable hacia el año 400.
6
- Sin perjuicio de incorporarse luego a sus más enconados
perseguidores, Agustín describe a Fausto el obispo
maniqueo de Cartago como «un hombre de elocuencia
admirable [
] que no se avergonzaba de reconocer su ignorancia
en temas científicos» (Confesiones, V, 3 y
12).
7
- Conf., V, 6 y 12.
8
- Por ejemplo, a 5 moradas luminosas («intelecto, razón,
pensamiento, reflexión, voluntad») corresponden 5
pozos infernales («humo, fuego devorador, viento destructivo,
barro y tinieblas»); a 5 tipos de demonios corresponden
otros tantos héroes positivos («el Ornamento del
Esplendor, el Rey del Honor, el Adamas de Luz, el Rey de la Gloria
y Atlas»). En cierto momento el Tercer Mensajero se desnuda
adoptando forma femenina ante los Arcontes demoníacos,
para que su lujuria les lleve a eyacular y cedan con su semen
parte de la Luz devorada antes por ellos mismos. En otro momento
se descubre que la Tierra entera arderá precisamente 1.468
años, para «desprender» las partículas
luminosas presas aún en ella.
9
- Donde la Luz ocupaba el norte, el este y el oeste, la Materia
el sur.
10
- Eliade 1978, vol. II, p. 382.
11
- Mani, Codex coloniensis. Tomo la referencia de la actual
Iglesia Maniquea Ortodoxa (essenes.net), que se declara «esenia
nazorena».
12
- En estos fugaces momentos perciben «lo invisible a través
de lo visible», y quedan transidos de goce «puramente
intelectual». Cf. Conf., V, 20-23.
13
- Harnac 1895, p. 23 y 10.
14
- Harnack 1959, p. 200.
15
- Numaciano Itiner. I, 439-444.
16
- Hasta en esos círculos sucede, según san Agustín,
«que muchas casadas con padres más bondadosos [que
el de Agustín] llevaran marcas de golpes y tuviesen el
rostro desfigurado»; Confesiones IX, 9.19.
17
- Su biógrafo san Atanasio, que escribe en griego, dice
mén mathein («sin aprendizaje»).
18
- Cf. Eliade 1983, vol. II, p. 400.
19
- Cf. Gibbon 1984, vol. II, p. 158.
20
- Ibíd, p. 490.
21
- Cf. Cameron 2001, p. 192.
22
- Era preciso asimilar católicamente la teología
neoplatónica (una tarea ya iniciada por cristianos de Oriente),
sustituir a los héroes romanos por patriarcas bíblicos
y santos, regular las obligaciones del clero y justificar el rechazo
de la vida mercantil, una tarea de crítica al «abuso
social» que compendian los sermones De Nabuthe Izraelita.
23
- Esto es, el texto griego de la tradición hebrea (la Septuaginta
o Biblia de Los 70) y el Nuevo Testamento.
24
- Fundamentalmente, pensar que la luxuria podría legitimarse
gracias al sacramento del matrimonio. Lejos de ello, el comercio
sexual de los cónyuges es pecaminoso siempre que constituya
un fin en sí y no haya posibilidad de procreación.
Por lo mismo, son meras «vaginas lúbricas»
las esposas cuya edad hace improbable el embarazo.
25
- Algo más tarde una madre le acusó de haber matado
a su hija con ayunos demasiado severos, pero se eximió
de responsabilidad aclarando que la joven anacoreta estaba ya
en el Cielo; cf. Spiegel 1973, p. 62.
26
- Conf. V, 27.
27
- La creación sería «la voluntad de un Dios
bueno de que haya cosas buenas» (De civitate Dei,
XI, 21).
28
- Donato y sus sucesores cuya feligresía era entonces
mayoritaria en el África romana fueron los primeros
críticos de la jerarquía eclesiástica. Negaban
validez a cualquier sacramento administrado por clérigos
corruptos, pues «el pecador no puede conferir una santidad
de la cual carece».
29
- Prototipo del cristiano culto y racional, Pelagio insistió
en que el pecado «es un acto, no un estado». La tesis
de que pueda ser involuntario sólo «conviene a quienes
alegan la debilidad humana como excusa para sus fracasos».
Agustín contraatacó identificando esa tara original
con la concupiscentia, que impone su lujuria hasta en en el momento
de reproducirnos. Como Pelagio prefirió evitar disputas,
la carga de la prueba recayó sobre el sagaz Juliano de
Eclano, otro de los obispos pelagianos. Juliano argumenta que
«los instintos son éticamente neutros» pues
que en otro caso «las facultades sensuales» se borrarían
con el bautismo, y concluye diciendo que «si la concupiscencia
es mala el Creador no será bueno». Sobre la disputa,
cf. Harnack 1959, p. 368.370.
30
- Gregorio de Nacianzo (329-389), Basilio de Cesarea (330-379)
y Juan Crisóstomo (347-404).
31
- En su homilía dedicada a Marcos 10:21 (el episodio donde
Jesús recomienda al joven rico vender sus posesiones y
dárselo a los pobres); cf. Spiegel 1973, p. 63-64.
32
- Cf. Fetscher 1977, p. 18.
33
- Crisóstomo, en Mises 1968, p. 437.
34
- Crisóstomo, en Fetscher 1977, p. 18.
35
- Hexameron, en Patrologia Latina (Migne), XIV, 220. Sobre
el «comunismo primitivo» de san Ambrosio cf. Lovejoy
1942, p. 458-468.
36
- Cf. Spiegel 1973, p. 60-66.
37
- Troeltsch 1992, vol. I, p. 116.
38
- Simmel 1977, vol. II, p. 495.
39
-Lucas 6:34-35.
40
- Agustín en Spiegel 1973, p. 65.
41
- De civitate Dei, IV, 29.
42
- Cf. Spiegel 1973, p. 65
43
- El detonante inicial es el apoyo del Papa romano a Teófilo,
patriarca de Alejandría, enemigo irreconciliable del patriarca
de Constantinopla, Juan Crisóstomo.
44
- Sobre el episodio evangélico, véase antes p. 109-110.
45
-Gibbon 1984, vol. II, p. 383.
46
- La multitud de monjes y prelados egipcios que había llegado
con Teófilo para acusar a Crisóstomo, incluyendo
a la marinería encargada de trasladarles, fue diezmada
hasta el último hombre. Eso puso en claro que «la
seguridad pública dependía de que fuese restaurado»;
Gibbon ibíd, p. 385.
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