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«Lo obligatorio fue la religión de
los romanos.»
G. W. F. Hegel1.
Tras considerar que cualquier rey es un tirano,
Roma acabó convencida de que «el pueblo ha cedido
a su príncipe todos los ámbitos de potestad y soberanía»2.
El fin del periodo monárquico está rodeado de leyenda,
aunque en algún momento Tito Livio lo sitúa
a finales del siglo VI a. C. patricios y plebe pusieron
de lado sus diferencias para coincidir con los griegos en que
el derecho («leyes de la ciudad») sería permanente,
y la legislación («edictos») tendría
una vigencia limitada al mandato de cada gobernante. A este principio
añadieron que el poder ejecutivo sería colegiado
y muy breve encomendándose a dos Cónsules
elegidos cada año, y que la legislación correspondería
a los senadores o seniores, únicos magistrados vitalicios.
Cuando el Senado quiso usurpar todas las prerrogativas
el Pueblo desertó de la milicia, y ante lo ridículo
de un ejército compuesto sólo por su plana mayor
los patricios cedieron a toda prisa. Del compromiso nacieron los
tribunos de la plebe, individuos tan sagrados como los mojones
de Término e investidos de autoridad para vetar cualquier
proyecto de ley. Algo después se admitió el matrimonio
entre miembros de castas distintas, y que la inferior tuviese
acceso a cargos públicos. Pero el patriotismo sólo
cundió cuando los plebeyos pudieron acceder a las más
altas magistraturas, nombrando al menos a uno de los dos Cónsules.
A partir de entonces se acumulan las proezas: Italia entera es
conquistada, Macedonia y Cartago son vencidos, Grecia se convierte
en protectorado, Iberia y la Galia en colonias. Las legiones pueden
ser derrotadas aquí y allá, aunque jóvenes
y veteranos vuelven a alistarse para cubrir las bajas y nadie
evita ser vencido pronto o tarde. En 167 a. C. las arcas públicas
están tan llenas gracias a botines de guerra y tributos
de países sometidos que se suspende la contribución
territorial (capitatio).
No conocemos Estado parejamente magnánimo
a la hora de ofrecer recreos populares3, ni tan coherente con
su apuesta por el mando. Como dijo Tácito, «entre
nosotros lo único que vale es la fuerza del poder, mientras
las vanidades se pasan por alto»4, y de esa pasión
por el predominio deriva que «ofreciesen a los dioses de
los países sometidos honores más preeminentes que
los disfrutados en su lugar de origen»5. Su espíritu
ignoraba la intolerancia religiosa, y cuando semejante cosa llegó
en forma de judaísmo y cristianismo intentó defenderse
del fanático persiguiéndole. Sin embargo, la ciudad
del Panteón convencida de que nombres y ceremonias
distintas no modifican una identidad básica de las deidades
adoradas en todas partes iba a acabar sobreviviendo como
Santa Sede para el patriarca de una ortodoxia excluyente.
I. Civismo y barbarie
Montar un refugio para forajidos de toda índole
fue el plan del expósito Rómulo, que tras matar
a su gemelo Remo obtuvo esposas para él y los suyos raptando
a mujeres sabinas6. Raras veces se hallará una leyenda
sobre los orígenes tan escasamente idealizada, con analfabetos
juramentados para imponerse a cualquier precio. Podríamos
sentirnos inclinados a ver en esa cultura una reedición
del talante espartano, pero Roma exhibió cualidades inimaginables
en Laconia. Ya el penúltimo de sus reyes, Tarquino el Grande,
usa el arco de bóveda7 para construir una red de desagües
que aún funciona la Cloaca Maxima, anticipando
que ese elemento arquitectónico permitirá unir la
urbe con manantiales de montaña mediante acueductos. Nada
parecido se había puesto en práctica para el tratamiento
de las aguas, y los romanos presumían con justicia de ser
el pueblo más limpio y por eso mismo más sano8.
Pioneros de la higiene, el sentido común
que les defendió de infecciones sin remitirse a magias
lustrales les inspiró también un afán por
entenderse a sí mismos del cual surgirían historiadores
extraordinarios, y un derecho civil que sigue siendo lo más
parecido a una ciencia de los pactos9.
Los jueces romanos eran legos, equivalentes a nuestros jurados,
y la lógica común a usos y edictos surgió
gracias a particulares que meditaban sobre ello por «filantropía»,
como otros sobre matemáticas o lingüística.
El acierto acabó premiando sus esfuerzos, y desde el siglo
II tendrían un sistema de conceptos que en la Antigüedad
«representa el único pensamiento racional realmente
constructivo»10.
Summum ius summa iniuria11,
su gran lema, postula el término medio como regla de acción
e interpretación.
1. Los valores «viriles».
Ligada teóricamente al primitivismo de la ley llamada de
las Doce Tablas, la República no tardó en ofrecer
a propios y ajenos cierto margen de seguridad jurídica12.
Pero respetar estas formalidades nunca supuso apreciar la autonomía,
pues libertas es sinónimo de sumisión al
Estado y el carácter romano no puede ser más hostil
al liberalismo. El entendimiento popular estuvo siempre sujeto
a una tutela ejercida por dos Censores con mandatos cinco veces
más largos que los consulares, cuya tarea consistía
en perpetuar lo convencional. A comienzos del siglo II a. C.,
por ejemplo, uno de ellos exige que se expulse sin demora a cierta
embajada de filósofos griegos porque la juventud «podría
valorar menos las gestas de la guerra que las del saber»13.
Otra faceta de lo mismo nos ofrece su derecho
de familia, articulado sobre el dominio absoluto y perpetuo del
padre sobre la prole. Que cualquier hijo se ausentara o huyera
del hogar era reprimido con la acción legal prevista para
robos14, y el pater podía vender a sus vástagos
como esclavos no una sino tantas veces como éstos lograsen
emanciparse de sucesivos amos. Sólo el desarrollo de la
jurisprudencia limitó esa facultad a tres enajenaciones,
entendiéndose que la cuarta venta dotaba al hijo de una
acción (la trina mancipatio) capaz de contrapesar
la potestas paterna15.
Méritos distintos de la sangre o la espada
inspiran suspicacias, y en el derecho arcaico la adopción
debe como mínimo gravarse fiscalmente; el Censor
considera indecoroso y anulable que con ella se pretenda conseguir
un cabeza de familia más capaz que los herederos naturales,
aunque en la época más noble del Imperio la dinastía
de los Antoninos practique ese método por sistema. El Censor
recela igualmente de donaciones, legados y otras muestras de liberalidad,
bien porque rompen cada unidad patrimonial o por ser conductas
excéntricas. Como refiere Polibio, «entre los romanos
nadie da si no está obligado»16, combinándose
de modo inextricable lo indecoroso del «disipador»
(prodigus) con lo indecente del innovador. Los herederos
del bandido Rómulo iban a hacerse inmensamente ricos, pero
de la fratria original quedaría esa reticencia hacia
actos privados de magnanimidad e independencia de criterio. De
ahí que el legado básico de Roma al género
humano la técnica jurídica sólo
pudiera aprovecharse mucho después de sucumbir ella, cuando
surgen las primeras ciudades comerciales europeas.
El sistema de valores aplicado por la censura
brilla con luz propia en lo que piensa Cicerón sobre las
profesiones:
«Son despreciables todos los oficios que provocan el
odio de un tercero, como los cobradores o prestamistas. Están
a medio camino entre lo liberal y lo vil el oficio de mercenario
y el de cualquier otro que vende su brazo, no su arte, porque
el salario no es sino retribución de la servidumbre.
Es preciso tener por viles a los revendedores de mercancías,
porque todas sus ganancias las realizan a fuerza de mentir.
Todo artesano hace una obra vil, y nada puede haber de común
entre él y el hombre bien nacido. Todavía se debe
conceder menos estima a aquellos oficios que proveen a nuestras
necesidades materiales: tendero, carnicero, cocinero, casquero,
pescador o proveedor de aves. Agregad a estos los perfumistas,
danzantes y dueños de casas de juego. La medicina y la
arquitectura, ciencias que se refieren a cosas honestas, sientan
bien a los hombres que no son de elevada condición. Todo
pequeño comercio es ocupación baja; si el tráfico
es grande y abundante conviene que no lo repugnemos, y si el
mercader colmado de ganancias o simplemente ahíto abandona
su ocupación [
] y se retira a sus campos e incumbencias,
tendrá ciertamente derecho a nuestros elogios»17.
Elevarse a dueños absolutos del mundo
civilizado con esa representación de la vida social condiciona
también su futuro. La República romana nunca pasó
de ser una oligarquía moderada por el tribunado de la plebe,
y tampoco tuvo «una clase media propiamente dicha de fabricantes
y comerciantes autónomos, cuya falta provocaría
una concentración precoz y desmedida de los capitales,
por un lado, y de la servidumbre por otro»18. Entre la aristocracia
y la masa de esclavos no iba a haber espacio para otra suerte
de persona que «quien sencillamente ordena su vida a cumplir
las instrucciones recibidas»19.
II. La fijeza del ritual
El derecho romano arcaico fue tan arbitrariamente
prolijo en sus formalidades que hasta tiempos de Julio César
sólo una familia la Nuncia podía ofrecer
asesoramiento fiable en materia de pleitos. Este culto por el
rito acabaría apoyando el desarrollo del derecho procesal,
cuya vertiente garantista nos defiende hoy de pruebas obtenidas
ilícitamente, aunque originalmente sumió en indefensión
a todo tipo de lego20. El tránsito de la maraña
ritualista a un concepto propiamente dicho del derecho no llega
hasta Servio Sulpicio, un amigo de Cicerón, que empezó
a «aplicar principios generales a los casos particulares»
y acercó esta materia a una lógica como la aristotélica,
preparando el terreno al jurisconsulto21. Pero el formalismo romano
resultó mucho más paralizante en otros campos.
Sus granjeros nunca se lanzaron a combinar sistemáticamente
el cultivo de la tierra con el de la cabaña, y el más
sabio de sus agrónomos cuenta que las buenas tierras venían
a rendir un 6 por 100 anual de la inversión, sin superar
casi nunca la renta derivada de arrendarlos como pastos22. Aún
sabiendo que el estercolado produce un rendimiento muy superior,
los Censores insistían en tradición frente a renovación
y los labriegos usaban habitualmente dos bueyes por cada veinticinco
hectáreas, el doble para el doble de terreno, etcétera.
Portavoz supremo de la costumbre, Catón el Viejo (234-149
a. C.) considera «decente» que los propietarios de
una medida estándar sesenta hectáreas con
frutales y otros árboles plantados, vid, cerdos y corderos
tuviesen precisamente tres peones, cinco criados, tres pastores,
un ama de casa y un capataz, todos ellos esclavos; sólo
este último podía aspirar a emancipación,
si reportaba ganancias.
Al mismo imaginario en este caso porque
el cuchillo que usaban los pontífices para sus sacrificios
era de esa aleación corresponde usar arados de bronce
cuando todos sus vecinos los tenían ya de hierro, o acuñar
durante siglos esa moneda exclusivamente. El collegium
de fundidores y artesanos del cobre retrasó significativamente
la sindicación de los herreros, aunque el tradicionalismo
no llegara al extremo de ignorar las ventajas del hierro para
hacer espadas y puntas de flecha o lanza. Mucho más gravoso
fue aplicar el tradicionalismo a la construcción de vías
públicas, pues las calzadas debían formarlas tramos
rectos y se excluía toda curva más o menos pronunciada.
Sujetos a esa condición, ingenieros y maestros de obras
debían sortear los obstáculos naturales con giros
de media vuelta a derecha o izquierda, como los movimientos de
orden cerrado descritos por una tropa.
El desprecio por la flexibilidad y la técnica
no se rectificará tras los éxitos bélicos,
y es dudoso que los romanos descubrieran yacimientos desconocidos
antes o formas nuevas de aprovechar la energía natural23.
Apolodoro de Damasco, el más eximio de los arquitectos
romanos, es un griego que Trajano contrata para construir el Gran
Mercado y a quien Adriano encarga levantar la bóveda del
Panteón. Mandarle que se suicide, como luego hace, consagra
la sumisión del científico a la fuerza desnuda llamada
merum imperium. Desde el siglo II a. C. Roma cierra minas
y luego todas las canteras itálicas para evitar en sus
proximidades a grupos potencialmente sediciosos, por ejemplo,
pero también clausuró las minas de Macedonia explotadas
por hombres libres, y se propuso cegar para siempre Corinto
y Cartago, los dos mejores puertos del Mediterráneo entonces.
1. El estatuto del siervo. Un proverbio
romano dice «tantos esclavos tantos enemigos», siendo
común entregarlos a traperos con otros materiales de desecho
cuando envejecían o enfermaban. Como aclara Catón,
en su De agri cultura, «el esclavo dedicará
al trabajo el tiempo que no esté durmiendo», verá
mermada su ración mientras esté enfermo y vivirá
encadenado al menor signo de mala voluntad. La costumbre manda
darle a él y a los animales de labranza cuarenta y cinco
días ociosos cada año («por fiesta o lluvia»),
y treinta más por «mitad del invierno». Igualando
a esos cuadrúpedos con el bípedo implume que los
dirige y cuida, el amo considera signo de indolencia y de
lucro cesante para él que el siervo descubra procesos
simplificatorios o acumulativos. Lógicamente, éste
responde con tanto sabotaje y desidia como permita una perspectiva
de torturas.
Los esclavos griegos formaban parte de la familia
en sentido amplio, si bien aquí como en Esparta
forman parte del establo, y se insurgen tan frecuentemente como
allí, hasta el extremo de que cada propietario forma su
stock rural cuidando de que hablen lenguas distintas para prevenir
su asociación. Rebeliones multitudinarias como la de Espartaco,
y otra bastante más duradera aún que cunde en Sicilia,
son dos casos entre docenas. Se pensó en hacer visibles
a los esclavos con una vestimenta específica, como recuerda
Séneca, aunque eso implicaba recordarles cuán numerosos
eran y se descartó por temerario24.
Llamado también el Censor, puesto para
el cual será reelegido dos veces, Catón entiende
que comerciar es arriesgado y prestar dinero resulta indigno.
En el Catecismo práctico, un tratadito dedicado
a la edificación moral de su hijo, declara que a
diferencia de las viudas, cuya debilidad consiente otra cosa
no será un buen patriota quien no incremente el patrimonio
heredado, evitando al efecto dar banquetes y presentar ofrendas
a dioses distintos de los domésticos. Equiparar al usurero
con el ladrón, e incluso con el homicida, no le impidió
dedicarse al crédito y cobrar intereses leoninos cuando
estuvo en su mano25.
III. Agricultura, negocios, crédito
Los romanos cultivaron cebada y trigo26, nabos,
rábanos, habas, guisantes, olivos y vid en proporciones
parecidas a las de cualquier comarca mediterránea sin regadío,
y adormidera a título de planta medicinal27. Como en Egipto,
el caldo de las cabezas fue su tisana, lo mismo que el opio su
aspirina. La cría de ganado no llegó a desarrollarse
en gran escala, por lo antes dicho, y en terrenos áridos
mantenían rebaños de cabras. Los minifundistas estaban
exentos de reclutamiento, y de centurión para abajo las
legiones originales reunían a granjeros de tamaño
medio, cuyo nivel de vida mantuvo un estatuto digno e incluso
al alza mientras Roma fue librando sus guerras itálicas.
El primer templo a Concordia diosa de
la paz social se erige en 367 a. C., coincidiendo con una
ley que obliga al terrateniente a emplear en sus propiedades a
un número de esclavos no superior al de hombres libres.
El campo quizá no se trabajaba con especial eficacia, aunque
los agricultores podían vivir de él como propietarios
e incluso como jornaleros. Durante un periodo próximo a
los dos siglos, desde las conquistas políticas populares
en la Urbe hasta acabar de someter a la vecindad28, el precio
de los productos agrícolas guardó una relación
sostenible con los de otras cosas, produciendo estímulo
para el diligente y ocupación para el indigente. El deterioro
dramático llegaría con la transformación
de Roma en superpotencia, cuando una legislación imprevisora
y grano regalado por países tributarios hizo menos o nada
viables las granjas.
Para entonces los tribunos de la plebe habían
sacado adelante la lex Claudia (218 a. C.), que prohíbe
a senadores e hijos suyos cultivar el comercio, haciendo que gran
parte del efectivo se invirtiese en compras de tierra29. La normativa
sobre proporcionalidad entre hombres libres y siervos de las explotaciones
agrarias estaba en desuso, y rentabilizar dichas compras sugirió
el tipo egipcio de plantación, que explota algún
monocultivo con cuadrillas de centenares e incluso miles de esclavos.
Italia no era el valle del Nilo, y se había puesto en marcha
un proceso con dos incógnitas: una era el rendimiento del
nuevo agricultor, que carecía no ya de arraigo sino de
cosa remotamente parecida a familia; la otra, el reciclado del
granjero pequeño y mediano, que tras vender su parcela
emigró con ese respaldo a Roma y otras ciudades itálicas
para abrirse camino profesionalmente.
Pero el agro dejó de consumir gran parte
de los productos urbanos, y sus emigrantes no tardan en comprobar
el efecto de semejante cosa en las ciudades. Por una parte estaban
dejando de recibir un producto agrícola diversificado,
por otra seguían llenándose de esclavos tanto más
nefastos para el emprendedor humilde cuanto que sus amos profesionalizaban
a todos los aptos. Lejos de suscitar crecimiento, el resultado
de ambas cosas fue una proletarización políticamente
explosiva en los núcleos urbanos, añadida a una
catástrofe en el rendimiento agrícola. Los rebaños
de subhumanos que explotan las tierras, a menudo encadenados como
los criminales de minas y galeras, sólo pueden hacerse
cargo de monocultivos cerealeros, y para que su grano fuese rentable
sería preciso interrumpir la competencia de cargamentos
regalados por países vasallos, cosa impensable cuando los
Cónsules calman a la plebe precisamente así.
Devastado material y humanamente por los nuevos
latifundia, que sientan las bases para un deterioro irreversible
del suelo, el agro itálico no tarda en defraudar hasta
las esperanzas de sus mayores terratenientes. Toma una generación
admitirlo, sin embargo, y cuando los propietarios intenten volver
a explotarlo en régimen de aparcería descubrirán
que la mano de obra libre escasea y es incapaz de revertir la
situación. El mercado agrícola se ha contraído,
privando de capital y estímulo a quienes podrían
esforzarse en mejorar la productividad, unos porque perdieron
gran parte de su inversión en el modelo egipcio y otros
porque ya no trabajan sus tierras.
Desde la victoria definitiva sobre Cartago (201
a. C.) unas dos décadas después de la lex
Claudia empieza a ser evidente que la mano de obra campesina
está disminuyendo en términos tanto relativos como
absolutos. Cien años más tarde el campo necesitaría
medidas proteccionistas, no ya para sostener la gama tradicional
de cultivos sino el vino y el aceite, sus productos estelares.
El tráfico de manufacturas finas que llegan de Oriente
Medio, e incluso de India y China es una parte ínfima
del total, y el intercambio se concentra en artículos de
primera necesidad. El taller tampoco evoluciona hacia la fábrica,
ni siquiera allí donde se agrupan físicamente varios
del mismo dueño. Coordinar unos con otros para producir
algún artículo de modo más económico
y abundante, como ya hicieron corintios, atenienses y otros griegos,
es una iniciativa ajena al empresario romano. La fábrica
en cuanto tal no se le ocurre a nadie, quizá porque implica
autonomizar en alguna medida el trabajo.
1. El tejido económico y los 16 linajes.
Los éxitos de las legiones dirigen hacia Roma gran parte
del metal amonedado en el Mediterráneo, ofreciendo óptimas
perspectivas financieras. Con todo, la elite que controla ese
efectivo mantiene el crédito en una situación de
asfixia, que sumada a la falta de exportaciones y la proporción
de trabajo remunerado en especie condena a una circulación
monetaria mínima, inspirando una mezcla de rigor con medidas
de gracia dictadas por miedo a rebeliones populares. Ya a mediados
del siglo IV a. C. cuenta Livio que «si bien toda la plebe
estaba metida hasta el cuello en deudas, aceptar la propuesta
del cónsul Aulo Verginio acabaría con todo tipo
de crédito»30. El dinero se esconde cuando merman
las garantías del prestamista, desde luego, pero Verginio
no propuso cambiar lo básico de la legislación que
era incautar todos los bienes del deudor moroso y venderle como
esclavo, sino tan solo suprimir el derecho de los acreedores
a descuartizarlo en tantas partes como deudas hubiese dejado pendientes.
Pretender que eso fulminaría «todo
tipo de crédito» describe el clima reinante. Para
los prestamistas griegos, fenicios y judíos el aval más
seguro era algún negocio, u otro patrimonio sujeto a prenda;
sus equivalentes romanos sentían tanto desprecio por la
contabilidad como aprecio por la intimidación, ignoraban
el préstamo comercial y alimentaban supuestamente
en beneficio propio el defecto crónico de liquidez.
Aunque los griegos nunca legislaron sobre el interés del
dinero, el temor a levantamientos hace que Roma no tarde en prohibir
la «usura» (una apócope de usus aureus)
por el camino más razonable a su juicio, consistente en
decretar la gratuidad de todos los préstamos. El efecto
de este compromiso entre senatores y populares es
en ciertos casos un púdico velo, que disfraza la cuantía
nominal de lo prestado el prestatario reconoce haber recibido
diez cuando recibió cinco, y en otros una simple
parálisis de la financiación31.
El principal negocio consiste en hacerse cargo
de ingresos, pagos y otras gestiones estatales mediante societates
de senadores, cuyos contables hacen también funciones de
depósito y anticipo. Polibio cuenta que «toda transacción
controlada por el gobierno romano se entrega a contratistas»32,
y datos muy fiables muestran que los 16 linajes (gens)
más influyentes en el 367 a. C. conservaron su influencia
hasta el fin de la República (31 a. C.)33. Lindante con
lo milagroso, dicha estabilidad coincide con un sistema de monopolios
tan plácido como inflexible, articulado sobre un club de
proveedores para lo seguro suministros militares, obras
públicas, préstamos hipotecarios, cuya adhesión
al ritual se manifiesta en esta esfera haciéndola refractaria
a toda suerte de novedades.
La rivalidad comercial parece una afrenta tan
digna de castigo como la insumisión militar, y el genocidio
de un pueblo ya rendido como el cartaginés parte de ese
presupuesto. Roma sabe sitiar y luchar a campo abierto, no someterse
a las reglas de un juego pacífico que sólo esquiva
los números rojos con cambios sutiles y constantes, adaptados
a cada momento. Conquistar prácticamente toda la cuenca
mediterránea reafirma su idea sobre el ocio consustancial
al bien nacido, prolongada en certezas como que el Fisco vivirá
siempre con comodidad gracias a tributos pagados por otros países.
Forma parte de ese imaginario creer que las redes tejidas por
mercaderes griegos y cartagineses pueden pasar al club de los
negocios seguros sin convertir sus superávits en déficits.
IV. Las guerras sociales
La lucha de clases se recrudece en vez de mitigarse
con las victorias militares, alumbrando entre 131 y 121 a. C.
una primera década de agitación que no deja de ofrecer
resultados positivos. El principal es que la milicia romana y
no sólo sus jefaturas reciba parte del botín
obtenido en países próximos y remotos, pues merced
al reparto de terreno público promovido por Tiberio y Cayo
Graco miembros de la gens más ilustre, aunque
tribunos de la plebe «no menos de medio millón
de individuos obtuvieron parcelas en Italia»34. Ambos quisieron
crear clase media, y a ese gran éxito en tal sentido añadieron
la incorporación a la política del orden ecuestre
o de los caballeros, antigua clientela del patricio35, que acabaría
siendo lo más parecido a un estamento empresarial. También
se propusieron crear una gran colonia en Cartago, que descargase
a Roma de hambrientos y abriera en otras latitudes caminos de
desarrollo pacífico.
Cabe pensar que todo habría ido a mejor
si Tiberio no hubiese sido asesinado a garrotazos por un grupo
de senadores y sicarios suyos, y si años después
su hermano Cayo no se hubiera suicidado ante la presión
acuciante del mismo enemigo. Pero el drama romano no pende tanto
de lo que hagan tales o cuales personas como de que ambos bandos
defiendan aspiraciones incoherentes. El lema de la facción
democrática es condonar deudas y seguir prohibiendo el
interés del dinero, y aunque ninguno de los Gracos crea
en semejante remedio buena parte de su apoyo es populismo demagógico
y les obliga a hacer acrobacias sin red. Como otros hombres benevolentes
de la Antigüedad, pensaban la estructura productiva desde
«una clase culta ociosa que despreciaba el trabajo y los
negocios, y amaba naturalmente al agricultor que la nutría,
tanto como odiaba al prestamista que explotaba al agricultor»36.
Pensar la economía política sin
reducirla a algún modelo de economía doméstica
es privilegio de unos pocos estadistas antiguos, y no caracteriza
desde luego a estos heroicos hermanos. Para el romano la esfera
mercantil es una combinación de vileza y recovecos misteriosos,
donde ninguno parece consciente de la diferencia esencial: enriquecerse
produciendo objetos demandados libremente y lograrlo explotando
algún monopolio o vendiendo protección.
1. Subarriendo y subvenciones. La facción
democrática ha logrado consumar el reparto de tierras,
ha socorrido al indigente rural con obras públicas (las
primeras grandes calzadas), y ha obligado a que la nobleza comparta
sus magistraturas. Sin embargo, hipoteca el futuro con dos actos
de singular repercusión. Uno es subarrendar la Hacienda
a contratistas privados para «aumentar las rentas
públicas», según Cayo Graco, y otro
cronificar el sistema de «raciones» representado por
la annona, una requisa en principio inespecífica de víveres
para atender al indigente. Este racionamiento se materializa en
vales que acaban vendiéndose, y para cuando llegue la próxima
guerra civil la mitad está en manos de no indigentes37.
Se ha dado el primer paso para convertir el
mercado en un economato, que no se detiene en harina o pan y se
prolonga a artículos como aceite, salazones, embutidos
e incluso óleos para el masaje en baños públicos,
pues simboliza la victoria del populismo y cualquier líder
encuentra en él un modo de atraerse a los desposeídos.
Pronto el vino se subvenciona también, imponiendo a cultivadores
y vinateros la carga de venderlo casi regalado. La lentitud del
transporte impide esperar la llegada de remesas exteriores, y
las provincias itálicas son urgidas a abastecer con sus
productos a las ciudades. Pero cuando llegan cargamentos masivos
desde Asia Menor e Hispania el obsequio combinado de víveres
vuelve a hundir los precios agrícolas.
La anona no sólo es la mayor amenaza
potencial descubierta contra la seguridad jurídica, sino
una paradoja. Representa la victoria de la ciudad sobre el campo,
cuando los éxitos de Roma se han debido a una milicia formada
exclusivamente por granjeros de tipo medio, donde el minifundista
estaba exento del reclutamiento. Durante siglos el Senado inventó
amenazas de guerra o montó conflictos precisamente
para poder reclutar a la clase media, sometiéndola entretanto
al rigor del juramento militar. Ahora los demócratas de
ese estamento han creado una institución que asegura la
ruina progresiva del agro propio, estrangulando por igual al granjero
y a sus intermediarios.
2. Ruinas ligadas al éxito. La
segunda y más sangrienta fase de guerras civiles (112-79
a. C.) añade una vuelta de tuerca a la dinámica
previa y sus corruptelas. El orden ecuestre y el senatorial profundizan
en el odio mutuo, desatándose una guerra de sobornos, extorsiones
y grandes fraudes que paraliza la política exterior, desmoraliza
a la plebe y prepara insurrecciones en Italia, la Galia, Grecia
y África. Cuando el conflicto alcance uno de sus momentos
extremos, el demagogo Cinna (primer suegro de Julio César)
propone que «la circulación de dinero y el tráfico
comercial se restablecerán condonando tres cuartas partes
de las deudas»38. También ha jurado abolir la esclavitud
si gladiadores y otros siervos le ayudan militarmente, aunque
ni los beneficiarios acaben de creerse la promesa.
Con el reclutamiento de ciudadanos no ya minifundistas
sino carentes de tierra surge el ejército clientelar cuya
tropa guarda una relación de protegido con su patrono o
general, y este tipo de fuerza armada toma cuatro veces
Roma en poco tiempo, dos en nombre del Senado y dos en nombre
del Pueblo, asesinando y requisando cada vez. Promovida por los
Gracos como freno a los abusos del estamento patricio, la clase
ecuestre se ha contagiado de aquello que más denunciaba,
y la plebe vacila entre tribunos delirantes y líderes hasta
cierto punto realistas como Druso, que no tarda en ser asesinado.
Tras una sucesión de reveses el Senado contraataca con
Sila, que impone en el año 80 un reino de terror o «época
de las proscripciones» donde se cumplen aunque sea
al revés todos los programas demagógicos de
expropiación39.
El ideal republicano de una clase media patriótica,
que se llama orgullosamente «proletaria» por aportar
al Estado una prole educada en lo mismo, topa en el campo y la
ciudad con la resaca del latifundio. El terrateniente, que dos
generaciones antes cifraba su bienestar en algún monocultivo,
debe repartir con aparceros el producto de algo cuyo precio se
mantiene a la baja y ha manumitido en masa a sus cuadrillas de
esclavos rurales para procurarse libertos, pues la ley permite
exigirles vitaliciamente un tercio e incluso la mitad de sus ingresos.
Pero no hay empleo para esa mano de obra, y retransformar en granjas
terrenos depauperados exige una inversión que no contemplan
ni el cultivador ni el latifundista, pues el campo rinde en torno
al 6 por 100 y el interés del dinero ronda el 65 por 100.
Fracasados a la hora de abrirse camino en negocios y oficios,
quienes vuelven de la ciudad al campo lo han encontrado convertido
en erial, y los que sobran en medios urbanos alimentan estallidos
periódicos de motines y vandalismo.
La tercera parte de las guerras civiles, que
comienza con grandes rebeliones de esclavos, marca el tránsito
de una Italia campesina y propietaria a otra urbana y no propietaria.
Aunque debió rondar niveles de estricta supervivencia,
es sorprendente que como observa Rostovtzeff sencillamente
no dispongamos de dato alguno sobre la remuneración de
jornaleros agrícolas, operarios urbanos y artesanos. Sólo
sabemos que hacia 80 a. C. hay unos seis millones de ciudadanos
y trece o catorce de esclavos. Esa proporción aumenta sin
pausa gracias a los botines de guerra40, y en la capital unas
dos mil personas casi inconcebiblemente ricas viven rodeadas por
un millón de humildes y misérrimos. Trescientos
veinte mil reciben pan gratuito41.
A despecho de la ingente cantidad de metales
nobles y moneda que se almacena en la Urbe, los mercados mantienen
a duras penas niveles previos. Su entidad depende de un poder
adquisitivo que el profesional libre no posee, y quienes tienen
estancias llenas de oro y plata pueden encargar a sus esclavos
buena parte de lo ofrecido en tiendas. Leche y carne, por ejemplo,
han dejado de estar en la dieta del ciudadano medio42.
V. Transición al Imperio
El cuadro de miseria en aumento lo interrumpe
Julio César, un dictador populista de ilustre cuna, que
además de ampliar espectacularmente los dominios de Roma
le aporta el gobierno más sabio, todo ello en los quince
meses escasos que las campañas militares le dejan para
legislar. Sus primeros edictos reprimen con multas el gasto en
tumbas, vestidos, joyas, muebles y hasta mesa, persiguiendo el
lujo suntuario al más tradicional estilo demagógico.
Pero no sólo busca aplacar la ira del pobre sino obstruir
la huida hacia delante de un sector hipotecado a inauditas ostentaciones,
que encarecen de modo inaudito también todo tipo de bienes43.
Mucho más delicado resulta lidiar con
el interés del dinero, pues el lema de su partido es prohibirlo
y él entiende que Roma sería inviable sin el crédito.
Ignoramos los términos de una negociación que debió
hacer en buena medida con banqueros judíos44,
a quienes había distinguido ya con algunas prerrogativas,
pero sí sabemos que admitieron lo excluido tradicionalmente
por el plutócrata romano. Tras «disipar la esperanza
de una cancelación total de las deudas, a la que con tanta
frecuencia se había dado pábulo»45,
solventó los altibajos de precios causados por la guerra
civil haciendo que los prestamistas renunciasen a intereses (usurae)
atrasados y descontasen del principal los ya satisfechos, con
un quebranto próximo a la cuarta parte de sus previsiones.
Para reducir en el futuro los riesgos, decretó que ningún
romano podría comprometer más de la mitad de su
patrimonio inmobiliario en operaciones que implicasen el devengo
de intereses.
Dos décadas más tarde el precio
del dinero en Roma exorbitante desde las primeras noticias
es inferior a dos dígitos, y hay un novus homo dedicado
a los negocios. César ha hecho lo que Solón en Atenas
medio milenio antes derogando la legislación sobre
insolvencia para que las deudas no puedan pagarse con esclavitud,
y organiza una recolonización de Capua y la Campania. El
saneamiento social y económico lleva consigo que el magistrado
antiguo se convierta en alguien ligado realmente al servicio público,
y eso supone sin duda gastos extraordinarios. Pero formar y supervisar
esa burocracia se costea con la fundación de ciudades autónomas,
que estando a cubierto de demoras y veleidades centralistas podrán
negociar sin trabas dentro de la unidad política ofrecida
por Roma, y de paso realimentarla.
Sus reformas incluyen también grandes
obras públicas y límites a la proporción
de esclavos empleados en el campo, medidas dirigidas en ambos
casos a asegurar trabajo para el hombre libre46. Quiso unir al
gobierno los intereses más generales de los pueblos conquistados,
y borrar la divisoria entre plebeyos y aristócratas le
indujo a nombrar nuevos patricios para todas las magistraturas.
El cosmopolitismo como se observa ya en Alejandro, su héroe
salta sobre diferencias nacionales y raciales, y le lleva a plantear
un Senado donde no sólo deliberen romanos sino itálicos
y ciudadanos de las demás provincias.
Al ser asesinado faltan aún trece años
para que termine la centuria de guerras civiles, pero su cadáver
insta poderosamente a la concordia. Ha propuesto que el Estado
deje de crecer hacia fuera y se aplique a crecer hacia dentro,
con racionalidad burocrática, abandonando caprichos oligárquicos
y demagógicos. Nadie sabrá si quiso reinar vitaliciamente
o pensaba retirarse tras haber enderezado el rumbo de Roma.
VI. Los bárbaros del Norte
Justamente Julio César será el
encargado de lidiar con una etnia ágrafa que irrumpe tarde
e impetuosamente en todo el norte continental. Sus naciones aborrecen
sin condiciones el autoritarismo, y la rudeza es su punto de partida.
Ignoran, por ejemplo, la forja y cualquier edificación
aparte de la más simple, aunque algunos siglos después
sean los genios de la metalurgia y la carpintería, capaces
de revolucionar la construcción naval. No quieren en principio
sujetarse a pautas civilizadas y, sin embargo, cuando el Imperio
naufrague son ya conscientes como dirá el godo Ataulfo
en 413 de que «sin el derecho un Estado no puede existir
[
] y la prudencia aconseja revivir el nombre de Roma con
nuestro vigor»47.
Hacia el año 98, cuando redacta su monografía
sobre los «germanos», Tácito refiere que ni
tienen ni quieren otra riqueza que su autonomía; que están
dispuestos todos a morir antes de sufrir cautiverio; que «es
un baldón perenne sobrevivir al jefe en la batalla»;
que los horizontes abiertos les son esenciales hasta el extremo
de «no tener ciudades y ni siquiera consentirse hogares
muy contiguos»; que pastorean inmensos rebaños de
ganado escuálido, sin perjuicio de «arar cada año»;
y que «los más prominentes por valentía son
los bátavos [actuales holandeses], a quienes no insultamos
con el tributo y reservamos como aliados para nuestras guerras»48.
1. Celtas y germanos. En tiempos de Pericles
los hombres de norte habían llegado al sur de Escandinavia
y el noroeste de Alemania. En los de Julio César algunos
grupos habían ocupado la desembocadura meridional del Rin
a costa de los celtas o galos, una cultura asentada en todo el
occidente europeo desde tiempos inmemoriales49, cuyo logro básico
es el paso del bronce al hierro. La veneración por el secreto
que les prohibía escribir su propia lengua
es un punto de contacto sólo tangencial con los espartanos,
pues dentro del misterio genérico derivado de negarse a
redactar anales el único parecido extra es el propio sistema
de castas, un rasgo indoeuropeo común a muchas otras culturas.
Los celtas practicaron una forma simplificada de dicho sistema
barones, clérigos y el resto, sujeto a una esclavitud
más o menos expresa, sin la casta comercial del hinduismo,
en un marco de agricultura sedentaria apoyada sobre granjas.
Por lo demás, sus creencias e instituciones
dibujan un curioso paralelo con algunos pueblos mesoamericanos.
Como los chamanes-jaguares aztecas, sus druidas pasaban muchos
años en centros formativos, estaban notablemente avanzados
en las mismas ramas del saber (astronomía, botánica
medicinal, toxicología) y atendían a un panteón
de deidades crónicamente necesitadas de sangre humana.
Cabe incluso hablar de analogías con los jíbaros,
pues los barones celtas fueron cazadores y coleccionistas de cabezas50
.
Una fe incondicional en el chivo expiatorio como medicina mantuvo
en sus dominios «la más terrible superstición»51,
descrita en 58 a. C. por un testigo romano:
«Los druidas consideran imposible conservar la vida
de un hombre si no se hace ofrenda de la vida de otro, y por
pública ley tienen ordenados sacrificios de esta misma
especie. Forman de mimbres entretejidos ídolos colosales,
cuyos huesos llenan de hombres vivos, y pegando fuego a los
mimbres les hacen rendir el alma rodeados de llamas.
A su entender los suplicios de ladrones, salteadores y otros
delincuentes son los más gratos a los dioses inmortales,
si bien a falta de éstos no vacilan en sacrificar a inocentes»52.
La cultura de los nórdicos, por su parte,
es ajena tanto a diosesvampiros como a cualquier orden estamental.
Análogas al Hércules helénico, sus deidades
rebosan heroísmo, independencia y generosidad, y admitir
castas cedería la preeminencia a alguna cuna en detrimento
del mérito de cada individuo. Su condición de pastores,
con «el ganado como única riqueza»53, implicaba
que unos tuviesen grandes rebaños y otros apenas algunas
cabezas, pero las decisiones colectivas se encomendaron siempre
a asambleas donde todos los varones tenían voz y voto idéntico.
Datos indirectos, aunque convergentes, sugieren
que una importante migración ocurrió poco antes
o poco después de comenzar la era cristiana, cuando tres
ligas de clanes suecos vándalos, gépidos y
godos cruzaron el Báltico para dirigirse hacia el
este y el sureste, hasta ocupar territorios que abarcan desde
la actual Polonia al Mar Caspio. Otras tribus, establecidas ya
al norte del Rin, acabaron topando con la expansión romana
protagonizada por Julio César, que fue el único
latino capaz de vencerles concluyentemente, y también su
primer antropólogo de campo:
«La nación de los suevos es la más populosa
y guerrera de toda la Germania [
] Su sustento no es tanto
de pan como de leche y carne, y son muy dados a la caza. Con
la calidad de los alimentos, el ejercicio continuo y vivir a
sus anchas se crían gigantescos y muy robustos.
Tanta es su reciedumbre que a pesar de los intensos fríos
visten pieles cortas, que dejan al aire mucha parte del cuerpo,
y se bañan en ríos helados. Admiten a los mercaderes
más por tener a quien vender los botines de guerra que
por deseo de comprarles nada»54.
2. Costumbres y evolución. Curiosamente,
estas tribus no tenían palabra para nombrar su parentesco
común tan palmario atendiendo no sólo al porte
físico sino a léxico, mitología y maneras55,
y Roma excitará sus rivalidades subvencionando como aliados
(federati) a unos u otros. Tampoco hay mejor modo de frenar
a un pueblo que en vez de desmoronarse ante el empuje de su civilización
como el céltico resulta galvanizado al entrar
en contacto con ella. La descripción de Tácito,
por ejemplo, no tarda en resultar anacrónica ante la emergencia
de nuevas y poderosas ligas56. También sorprende al romano
que además de rechazar la sagrada potestas los nórdicos
practiquen lo contrario de su proverbial aversión ante
la prodigalidad:
«Los que van a sus tierras por cualquier motivo gozan
de salvoconducto y son respetados por todos; no hay para ellos
puerta cerrada ni mesa que no sea franca»57.
«Ningún pueblo observa más generosamente
la hospitalidad. Nadie distingue a un conocido de un extraño
cuando de acogerle se trata. Les encantan los regalos, pero
nada esperan a cambio de lo que dan»58.
La misma regla es practicada por esquimales
y tuaregs, como si el círculo polar y el gran desierto
animasen parejamente al desprendimiento; pero las gentes de ojos
claros tienen un destino mucho más determinante para la
historia universal. En tiempos de Julio César carecían
de armas metálicas y se lanzaban contra la acorazada legión
romana con un pequeño escudo de madera y un venablo del
mismo material59. En tiempos de Tácito roturaban ya las
tierras mejores, y a despecho de ser crónicamente deficitarios
en grano, aceite y hortalizas, su dieta (pescado, carne, mantequilla
y queso) resultaba envidiable para la mayoría de los romanos.
Ser muy austeros como consumidores60
limitaba prácticamente
su demanda a arados y armamento de hierro, que conseguían
vendiendo cautivos o recurriendo a las pieles, la cera y la miel
de sus bosques.
Los equivalentes del oro y la plata eran para
ellos el ámbar y el marfil de los elefantes marinos. Nunca
admitieron el derecho del progenitor a vender su prole, ya fuese
para pagar deudas o por simple lucro, pero la pasión del
juego les llevaba a veces a apostar su propia libertad, y en esos
casos según Tácito el sentido del honor
les mandaba convertirse en siervos de quien ganase la apuesta.
Su debilidad más ostensible era el alcohol, que empezaron
tomando en forma de una peculiar cerveza el hidromel
hasta descubrir alborozadamente el vino. No veían inconveniente
alguno en combinar su austeridad de costumbres con borracheras
de días enteros, donde en marcado contraste con el
tabú grecorromano no excluían ni a mujeres
casadas o casaderas ni a los adolescentes.
«Si pudiésemos darles tanta bebida como querrían,
serían superados por su vicio tan sencillamente como
por las armas de algún enemigo»61.
A despecho de ello van a ser desde el siglo
III las únicas tropas fiables del Imperio, y a finales
del IV demostrarán que naciones enteras desplazándose
con mujeres, niños, abuelos, ganado y enseres pueden
imprimir a su movimiento una velocidad y amplitud desconcertante62.
Valga como ejemplo de energía la gesta de unos cuatrocientos
guerreros francos deportados del Rin al Bósforo, que ignorando
por completo el arte de navegar se apoderan allí de algunas
naves y emprenden un periplo de saqueo en zigzag por la costa
africana y la europea. Tras conquistar algunas ciudades sicilianas
llegan al Atlántico el proceloso Océano evitado
por todos los pueblos mediterráneos, pero en vez
de detenerse aprovechan sus improvisados conocimientos para seguir
navegando hasta la Bretaña gala. Allí desembarcan
cargados de botín y «enseñan a su nación
cómo despreciar las amenazas del mar, abriendo un nuevo
camino de gloria y riqueza»63.
3. La libertad como ética y estética.
Los griegos conquistaron la igualdad jurídica con guerras
civiles, mientras para los nórdicos reina sin lucha y aparentemente
desde siempre. Nada limita la acumulación personal de riqueza,
aunque cada tribu adjudica sus lotes de tierra arable a distintas
parentelas cada año, con arreglo a la institución
de una gewere que equivale a mera tenencia. Así moderan
un apego que llevaría a crear comodidades en cada residencia,
estimulando la molicie, y logran «que la gente menuda esté
contenta con su suerte, viéndose igualada con la más
ilustre»64. El contacto con el Imperio hará que esos
repartos periódicos pasen de recaer sobre familias troncales
a ser concesiones hechas a tal o cual individuo, aunque asimilar
pautas civilizadas no borra aún la diferencia radical.
El romano venera alguna autoridad absoluta, como la del padre
o la del Estado, y para el nórdico cualquier cosa semejante
es simplemente abyecta. Sus reyes sólo existen en momentos
de guerra, e incluso entonces están sujetos al consejo
de los notables y a la asamblea formada por todos los guerreros.
Estéticamente, la idea de un rey divino
que Roma consagra desde Augusto en adelante bajo el título
de Divus no casa con gentes que reservan el estatuto
de dioses «a lo visible cuya benevolencia se experimenta,
como el Sol, la Luna y el fuego»65. Éticamente, el
fundamento para negar la condición religiosa del monarca
deriva de que estos pueblos tienen a gala no recibir órdenes
inapelables de ninguna especie, y mucho menos de quien no se demuestre
superior al resto en el inmediato aquí y ahora. Les resulta
no ya ajena sino odiosa la costumbre de convertir en sacrilegio
cualquier conducta distinta de la sumisión incondicional66,
pues sus democracias tienen en común con las helénicas
que el gobernante sea siempre revocable, que deba rendir cuentas
y que esté controlado por cuerpos colegiados. Pueden atribuírseles
truculencias muy variadas67, aunque «Europa debe sus constituciones
libres [
] básicamente a las semillas que plantaron
estos generosos bárbaros, guiados en origen por la persuasión
antes que por la autoridad»68.
Cuando el poder del rey se limita a servir de
ejemplo en la batalla pudiendo incluso entonces ser depuesto
o desobedecido, están puestos los cimientos de un
Estado que ni se deifica ni se personifica ni es confesional,
cosa manifiesta mientras los nórdicos no se conviertan
en católicos. Los visigodos, por ejemplo, promulgan una
legislación para ellos (el Código de Eurico) y mantienen
para el resto los usos previos (la Lex romana visigothorum),
sin discriminar entre galorromanos, iberos, cristianos y judíos.
Más tolerantes aún resultan los vándalos
en sus dominios del norte de África, y en las islas del
Mediterráneo occidental.
4. Crímenes y castigos. Entre las
taras de aquello que las ligas nórdicas consideraban originalmente
derecho69 está la arbitrariedad de su sistema probatorio70.
Esta barbarie sólo se compensa, aunque en medida notable,
por un derecho consuetudinario que desde Alfredo el Grande se
llamará common law. Originariamente, los crímenes
más graves se castigaban con una «pérdida
de la paz» que permitía a cualquiera disponer del
culpable como quisiere, añadida a una «venganza de
la sangre» que podía prolongarse durante indefinidas
generaciones. Pero no tardan en adaptarse a instituciones civilizadas,
como tampoco en mezclarse con las poblaciones sometidas.
Lo más singular de su antigua ley es
que ignore la tortura como parte del procedimiento jurídico,
y que «hasta el homicidio se expíe pagando en vacas
y ovejas»71, pues desde el rey al último de sus guerreros
las agresiones y afrentas se solventan con una reparación
material adaptada al delito. Los argumentos de la clemencia humanitaria
y la reeducación del delincuente han hecho que muchos códigos
modernos acaben adoptando la misma postura ante el tormento y
la pena de muerte, que «se diría el progreso inevitable
de la jurisprudencia penal en todo pueblo libre»72.
Concebían el paraíso como una
reunión de valientes compañeros en la gran sala
del castillo de Wotan, comiendo y bebiendo a grandes tragos hidromel
en los cráneos de enemigos vencidos. La Lex saxonum,
por ejemplo, determina que seducir a la esposa del vecino se paga
con una multa y comprándole otra. Un siglo antes Constantino
el Grande decide castigar no sólo el adulterio sino la
seducción consentida de solteras con pena de muerte para
ambos (en la hoguera o arrojándolos a las fieras), y si
algún sirviente hubiese ocultado su acción se le
obligaba a engullir plomo derretido a través de un embudo
metálico73. Llamando brutales a los sajones y otros nórdicos
será difícil encontrar un epíteto adecuado
para el primer emperador católico, que inventa un nuevo
tipo de tortura sin desviarse en esencia de lo habitual para sus
antecesores.
Básicamente altriciales lo inverso
de precoces, las tribus del Norte tardarán un milenio
en decidirse a cambiar la depredación por la industria.
Pero su anarquismo está libre de rencor, admite la aspereza
del mundo sin engañarse y se sentirá como pez en
el agua cuando finalmente toque pasar del esquema clerical-militar
a una dignificación del trabajo profesional. Sólo
el pueblo judío está llamado a tener un influjo
comparable, aunque obedezca a razones muy distintas. Tras concentrar
a los comerciantes grandes y medianos, culminando la tradición
del fenicio-cartaginés, será también el origen
de una cruzada anticomercial que se coordina admirablemente con
la crisis del Bajo Imperio. Veamos a grandes rasgos esa crisis,
y su progresiva interacción con los profetas y apóstoles
que aportan el ideal de una sociedad desmercantilizada.
NOTAS
1
- Hegel, 1967, p. 223.
2
- Corpus iuris civilis, Inst., I, 1, 6.
3
- Cf. Montaigne, Essais III, 6.
4
- Anales XV, 31.
5
- Gibbon 1984, vol. I, p. 62.
6
- La loba que les amamantó cuando fueron abandonados «piensan
algunos que fue una vulgar ramera, llamada así por los
pastores» (Livio Ann. I, 1,5).
7
- Un invento originalmente etrusco, empleado hasta entonces en
construcciones funerarias.
8
- En sus ciudades ningún hogar acomodado carecía
de varios grifos por donde manaba agua potable, y a las fuentes
de calles y plazas se añadían gigantescos baños
públicos. Hasta el demente Calígula inició
la construcción de un nuevo acueducto que su sucesor completaría,
«llenando Roma de muchas y magníficas albercas cubiertas,
que aseguraban la corriente muy fresca y caudalosa» (Suetonio,
Vit. Cl. 21, 1).
9
- Publicado en Bizancio, un siglo después de sucumbir el
Imperio occidental, lo imperecedero del Corpus iuris civilis
romano viene de añadir a su repertorio de leyes una colección
de dictámenes emitidos por jurisconsultos del periodo clásico,
presididos por Paulo, Gayo, Ulpiano, Papiniano y Modestino.
10
- Weber 1988, vol. I, p. 441; cf. también Schumpeter 1994,
p.105-108.
11
- Una traducción aproximada diría «máximo
derecho, máximo perjuicio».
12
- Ya antes de ser superpotencia Roma tiene un magistrado para
dirimir litigios entre ciudadanos (el praetor urbanus)
y otro para asuntos surgidos entre ciudadanos y extranjeros o
extranjeros con extranjeros (el praetor peregrinus), cuyas
sentencias empezarán a llamarse derecho de gentes.
13
- Plutarco Vit. Cat., 22.
14
- Pandectas, XLVII, II, leg. 14, 13.
15
- Ulpiano, Frag. X., 591-592 (Schulting).
16
- Cf. Mommsen 1983, vol III, p. 398.
17
- Sobre los oficios, I, 42.
18
- Mommsen 1983, vol. I, p. 470.
19
- Catón el Viejo, en Mommsen, vol. III, p. 385.
20
- Un caso expresivo fue lo previsto para sustracciones flagrantes.
Cuando alguien resultaba robado por un vecino debía invadir
de inmediato su casa para recuperar la cosa en cuestión
si no quería exponerse a un largo proceso. Por otra parte,
lo normal era que tales percances acontecieran cuando el robado
estaba bañándose o descansando en la cama, y como
salir corriendo en pos del otro no daba tiempo para vestirse en
regla la ley mandaba coger o bien «una palangana»
o bien «una mascarilla». Cubriéndose con ellas
los genitales o el rostro evitaba escandalizar a alguna matrona
que pudiera hallarse en la casa invadida. Sin embargo, que hubiese
o no alguna matrona resultaba en realidad indiferente, y aunque
el ladrón estuviera solo o en compañía de
otros varones le bastaba demostrar que su vecino había
penetrado desnudo o en paños menores sin la preceptiva
mascarilla o palangana para acusarle de asalto. Provisto de tales
objetos ejecutaba una actio reivindicatoria impecable,
y desprovisto de ellos era un criminal. Cf. Gibbon 1984, vol.
II, p. 193.
21
- Cf. Cicerón, De orat., I, 41-42.
22
- Columela, De re rustica, 3, 3, 9.
23
- Cf. Rostovtzeff, 1998, vol. I, p. 290-352.
24
- Cf. Séneca, De clementia, I, 24.
25
- Cf. Plutarco, Vit. Cat., 21. Según Plinio el Viejo,
el motivo que adujo para expulsar a los griegos de Roma fue que
eran «un tribu sediciosa y sin mérito» (Nat.
hist., 29, 13).
26
- No centeno ni avena, que consideraban malas hierbas antes de
ver cómo las consumían los germanos; cf. Mommsen,
1983, vol. III, p. 547.
27
- Ibíd., p. 380.
28
- Fundamentalmente sabinos, samnitas, etruscos, volscos, ligures
y latinos.
29
- Cf. Mommsen 1983, vol. I, p. 453-481. Sigo sus indicaciones
para describir el comienzo de la crisis agraria romana.
30
- Anales, II, 29-30.
31
- El préstamo con interés (mutuum) no se
reconoce de modo pleno hasta el Imperio bizantino, en la novella
136 del Corpus iuris civilis; cf. Aguilera-Barchet 1989,
p. 184, n. 43.
32
- Hist. VI, 17.
33
- Cf. Mommsen 1983, vol. II, p. 544-545.
34
- Rostovtzeff 1998, vol. I, p. 69.
35
- Los equites fueron originalmente quienes podían
sumarse al ejército con un caballo comprado a sus expensas.
Durante siglos no se opusieron al monopolio senatorial en materia
de magistraturas, ya que hasta comenzar las guerras civiles «sus
intereses e ideales políticos coincidían básicamente
con los de la aristocracia romana» (Rostovtzeff, 1988, vol.
I, p. 56).
36
- Schumpeter 1995, p. 96.
37
- Cf. Mommsen 1983, vol. IV, p. 513.
38
- Cf. Wikipedia, voz «Lucius Cornelius Cinna».
39
- Los tribunales de justicia vuelven a ser un monopolio patricio
y cosa aún más llamativa los tribunos
de la plebe pasan a ser elegidos por el Senado.
40
- Cientos de miles afluyen de Hispania y la Galia con las victorias
de Escipión y Mario sobre iberos, cimbrios y teutones,
y más aún con las de Julio César, por no
mencionar el fruto de las campañas de Sila en Grecia, Metelo
en Macedonia y Pompeyo en Asia Menor. Mucho más tarde,
ya en el siglo iii, la única victoria imperial sobre los
godos conseguida por Claudio Gótico ofrece
unas ciento veinte mil esclavas a sus legionarios; cf. Gibbon
1984, vol. I, p. 234.
41
- Cf. Suetonio, Vit. Iulius 41, 3.
42
- Cf. Mommsen 1983, vol. III, p. 407.
43
- Sabe muy bien de lo que habla, porque más de una vez
ha contraído deudas descomunales avaladas por la
perspectiva de obtener tal o cual magistratura, y en realidad
está pidiendo un poco de moderación a los grandes
linajes romanos.
44
- Cuenta Suetonio que al morir César «los judíos
sobresalieron entre todos, pues permanecieron en vela junto a
la pira varias noches consecutivas» (Vit. Iulius,
84, 5).
45
- Ibíd 42, 2.
46
- Sobre los proyectos que no tuvo tiempo de emprender, pasmosamente
ambiciosos casi todos, cf. Suetonio 44, 1-4.
47
- Véase más adelante, p. 146-146.
48
- Germania I, 5-29.
49
- Recientes estudios sobre el ADN de los británicos indican,
por cierto, que entre el 75 y el 95% de la población de
Inglaterra e Irlanda es de origen ibérico, quizá
debido a migraciones ocurridas en el Mesolítico; cf. Oppenheimer
2006, p. 375-378.
50
- Cf. Wikipedia, voz «Celts».
51
- Hume Ibíd., p. 5.
52
- César, De bell. gal. VI, 16.
53
- Tácito, Germ. I, 24.
54
- César, Bell. gal. IV, 1-2.
55
- Por ejemplo, hay coincidencias textuales entre códigos
visigodos del siglo VI y códigos islandeses y noruegos
del XII, ciertamente no debidas a transmisión oral o escrita.
56
- Aunque el De origine et situ Germaniae (ca. 98) incluye
a frisios, anglos (entonces asentados en la península danesa
de Angeln), suevos lombardos y suevos semnones, bátavos,
marcomanos y varias otras tribus, antes de que concluya el siglo
siguiente hay tribus tan numerosas y nuevas como sajones, burgundios,
francos y alamanes.
57
- Bell. gal. VI, 23.
58
- Germ. I, 21.
59
- Lo único que defendía a las legiones era «la
manera ordenada de luchar y el armamento» (Tácito,
Anales II, 21).
60
- César refiere que «gastan toda la vida en cazar
y ejercitarse para la milicia. Desde niños se acostumbran
al trabajo y a vencer la frustración. Los que por más
tiempo permanecen castos son admirados, pues creen que así
se medra en estatura, fuerza y bríos. Conocer mujer antes
de los veinte años es para ellos grandísima infamia»
(Bell. gal. VI, 21).
61
- Tácito Germ. I, 23.
62
- El mapa de esas migraciones muestra, por ejemplo, que entre
387 y 418 los visigodos se desplazan desde el Vístula al
Danubio, bajan desde allí hasta Atenas, remontan la costa
del Adriático y vuelven a bajar hasta Roma; siguen luego
la costa ligur hacia Marsella, se establecen en la parte de Iberia
no ocupada por suevos y alanos, retoman la dirección norte
y acaban quedándose con buena parte de la Galia. Las distancias
y lo fractal de su recorrido no igualan, sin embargo,
el periplo de unos vándalos que migrando desde la actual
Rusia llegan hasta Iberia, pasan al norte de África y saltan
desde allí a Baleares, Córcega, Cerdeña y
Sicilia. Los alanos, que parten del Don, describen un amplio bucle
por el norte de Francia y acaban ocupando el curso medio del Tajo,
todo ello entre 400 y 411.
63
- Gibbon 1984, vol. I, p. 262.
64
- César, Bell. Gal. VI, 22.
65
- Ibíd, VI, 21.
66
- Es la esencia de la lesa maiestas o desacato, donde basta un
gesto de displicencia para ser echado a los perros; cf., por ejemplo,
Suetonio Vit.Dom.X, 1. Ensuciar la túnica del hombre-dios
es suficiente para el prolongado suplicio llamado retractatio
publica en Roma, un rito conocido y reiterado con otros nombres
por egipcios, chinos y muchas otras culturas. Sobre lo metafísico
del monarca y el último suplicio público europeo,
que castiga una leve herida hecha a Luis XV de Francia, puede
leerse con aprovechamiento el capítulo primero de Foucault
1978. Buena parte de los Anales de Tácito se dedica a describir
cómo distintos emperadores de la dinastía Julia-Claudia
confiscan y a menudo ejecutan por lesa maiestas a próceres
cuya falta principal ha sido ser muy ricos o admirados.
67
- Clodoveo, por ejemplo, usa su hacha de doble filo para dividir
limpiamente en dos la cabeza de uno de sus barones, tras distraerle
con un ardid. Pero no es su corte sino san Gregorio de Tours quien
lo celebra en su Historia francorum, explicando que la
víctima era culpable de lesa majestad eclesiástica:
el año anterior había partido con su hacha el cáliz
de un obispo.
68
- Hume 1983, vol. I, p. 160-161. Algo después añade:
«De todas las naciones incivilizadas modernas y antiguas
los germánicos parecen los más notables por costumbres
e instituciones políticas. Llevaron al más alto
grado las virtudes del denuedo y el amor a la libertad, únicas
asequibles en un pueblo inculto donde la justicia y el humanismo
reciben comúnmente poca atención».
69
- Reht en germánico occidental, lagh (law)
en germánico septentrional
70
- Se admiten, por ejemplo, el juramento mediante socios (los compurgatores),
distintas ordalías y hasta el combate cuerpo a cuerpo.
La distinción entre prueba documental y testifical es tan
desconocida como los títulos de propiedad. La palabra de
un socio, cruzar descalzo un lecho de brasas o vencer en duelo
resuelve litigios sin entrar en verificación alguna.
71
- Tácito, Germ. I, 21.
72
- Hume 1983, vol. I, 178.
73
- Cf. Gibbon, 1984, vol. I, p. 326.
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