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LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO
IX. TOMANDO CONTACTO
Mover docenas de carros hasta lugares remotos y recobrarlos, sin necesidad de añadir a cada expedición una escolta militar, sólo fue posible en los primeros tiempos del Imperio romano. Ahora esta esperanza parece singularmente vana, pues a los salteadores se suman marismas, páramos y bosques muy densos que cubren el 80 por 100 del territorio, sellando cada zona habitada. Los hagiógrafos altomedievales ven en las florestas obstáculos infranqueables, como corresponde a una cultura que observa con rigor el Dios dará y no puede oponerse a la desidia laboral sin poner en cuestión la servidumbre. Pero la roturación de bosques es posible y sale a cuenta desde la tala del primer árbol, que ofrece no sólo calor sino materiales de construcción y otros excedentes. Sólo sería ruinosa si se encomendara a mano de obra involuntaria, y el fenómeno del momento es más bien que bastantes siervos se lanzan a vivir por su cuenta y riesgo, sin bandera ideológica que lo promueva y como respuesta a sentimientos individuales de asfixia y desesperación. Esa iniciativa aleatoria será suficiente para que Europa vuelva estar comunicada, asegurando también que el previo asentamiento en las riberas de cuencas fluviales104 empuje con fuerza tierra adentro. Para cuando el proceso empiece a rendir sus frutos el centro de artes y técnicas se ha desplazado a Renania, donde hacer negocios tiene más adeptos, y Colonia supera a cualquier ciudad septentrional por empresas fabriles y mercados. Su nueva muralla que amplía la vieja fortificación romana105 para proteger precisamente esos barrios- se levanta a partir de 900, costeada por los diezmos y peajes que residentes y transeúntes pagan a su arzobispo. Colmo teórico de lo impenetrable, la Selva Negra tampoco resiste a las sierras y hachas de sus colonizadores, y comparar la catedral de Worms con la capilla de Aquisgrán levantada por Carlomagno muestra que los constructores renanos han aprendido a saltar de cuatro plantas hasta doce, y son capaces de erigir la joya definitiva del románico. El esfuerzo aparejado a mantener rutas regulares no surge aspirando a modificar instituciones, aunque ha puesto las bases para que su modificación sea inevitable. Acosada por la penuria, parte del pueblo recupera la actividad mercantil y eventualmente cumple con ello el verso de Hölderlin: donde crece el peligro crece lo que salva. La amenaza para las instituciones viene de que sea un salvamento prosaico, desafiante para el rescate eterno gestionado por la amalgama de servidumbre y pobrismo. Para ella el rapto y posterior venta de personas es la fuente primaria -por no decir única- de ingresos, pero cuando esas vías mantenidas por el paso de mancipia y captivi se adaptan a la rueda el tráfico de esclavos empieza a ser menos rentable que el de otras mercancías. Además de atroz, la violencia que rodea todas sus fases lo determina como mal negocio en términos comparativos. Esa estocada al corazón del fraude es humanista incluso allí
donde no lo pretende. Consolidar circuitos comerciales implica también
que los caminos se desbrocen o inauguren, que el bandidaje se frene y
que el sentido del aislamiento pierda entidad. Ferias desaparecidas reabren
o amplían su duración, permitiendo que se repueblen núcleos
urbanos abandonados o reducidos a aldeas. Una multitud de topónimos
Newport, Neustadt, Neuville, Niewpoort, Bourgneuf- describe la vigorosa
expansión de un villano que empezó fugándose
de la gleba y en pocas generaciones se ve abocado a reclamar libertades,
obteniéndolas de grado o por fuerza. Un logro meramente técnico
-mover bienes por senderos donde sólo pasaban peregrinos o reatas
de cautivos- dispara innumerables consecuencias.
La compañía de los radhaniyya conduce a personajes curiosos, como el judío Abraham que vive en la Zaragoza musulmana y hace de banquero para Ludovico Pío, un hijo de Carlomagno. También tienen nombre propio David y José, dos judíos que le prestan el mismo servicio desde Lyón, mirando directamente al depósito humano balcánico. El obispo lionés del momento, Agobardo, es un antisemita furibundo que querría llevarles a la hoguera, pero la corte le disuade de inmediato. Unos y otros son personal de palacio, como lamenta el prelado107, y están exentos de todo peaje. Ya Carlomagno se sirve del judío Isaac para conferenciar con Harún-al-Raschid, y en 851 era sabido que nutridos grupos (cohortes) de mercaderes acudían a Zaragoza desde el este del reino franco. Carlos el Calvo un heredero de Ludovico- tiene como fidelis y contable imperial a Judas, otro judío. Los comerciantes autóctonos Siendo ya un magnate es tocado por la gracia divina; regala todo a los pobres, se convierte en un ermitaño muy estricto y empieza a hacer milagros que le acaban llevando a los altares como san Goderico. Antes de transformarse en santo se ha dedicado a comprar barato para vender caro, y su biógrafo le muestra profundamente arrepentido de ello. Pero tampoco omite reconocer que arando las tierras de Lincolnshire le habría sido imposible ayudar a tantos necesitados. Cámbiese el final de esta historia y tendremos un fragmento arqueológico sobre el empresario europeo, que cuando la época glorifica relaciones involuntarias prospera merced a las voluntarias exclusivamente, vendiendo y comprando cosas. Su persona es ilegal por ello, si no lo fuera ya por haber desertado de su terruño, y debe sobrevivir intimidando al bandido como los precoces mercaderes venecianos aprendieron a hacer con el pirata. Pero esos enemigos no le superan en arrojo, y retroceden ante el poder adquisitivo que le otorga atender al gusto de cada cual. Ahora junto al rico en bienes inmuebles empieza a haber un grupo rico en bienes muebles y conocimientos, rodeados ambos por una masa vegetativa de no propietarios.
La historia de san Goderico, un sajón inglés, remite a émulos contemporáneos como los frisios flamencos, los germanos del Rhin y los propios vikingos, cuyo desinterés por la propiedad inmobiliaria les lleva a fundar Estados comerciales que no pasan por la agricultura como escalón intermedio. Algo parejo sucede con los lombardos, que tras ser sometidos por Carlomagno se transforman en mercaderes y comienzan a ser mencionados por los cronistas como canalla usurera. Los judíos ya no están solos en su dedicación a los negocios y el crédito. Un hecho decisivo en este orden de cosas es que la migración de los varegos suecos -gente del Rus o ruski para los eslavos- funde el reino de Kiev en 856, rompiendo el bloqueo continental con una ruta terrestre que une el norte europeo con Bizancio y los árabes110. Algo más tardan los normandos en crear el reino de Sicilia e Italia meridional, que será en el siglo XII el Estado más avanzado y próspero de Europa. Antes de que la ruta terrestre funcione en ambas direcciones y afluyan tejidos, armas y otras manufacturas de Europa, los varegos exportan a Oriente Medio frutos de sus bosques -ámbar, miel, marfil, pieles preciosas, maderas- y de su maestría como carpinteros y herreros. Poco después ellos y el resto de los pueblos septentrionales abandonan la vida de saqueo y destrucción para dedicarse al comercio y otros empeños civiles. Como ignoran las instituciones del vasallaje, hacerse sedentarios no significa renunciar a una regla de vida basada esencialmente sobre la movilidad, que si antes dependía de ir robando y matando a agricultores ahora parte de aprovisionarles y adquirir sus productos. El fruto del cambio son campamentos (gorods) que jalonan el gran arco septentrional y se levantan atendiendo a esa pauta: la tierra sólo tiene valor si puede venderse o produce frutos comparables a su venta. Nuevos emporios Tal como Gante, Amberes y otras villas flamencas aprovechan la estela abierta por Brujas, la prosperidad veneciana se contagia al norte de Italia inaugurando allí nuevos centros de comercio marítimo, industria textil y agricultura avanzada8. Ahora esos dos focos añadidos al del Rhin- tienen artículos atractivos que intercambiarse, y poner en práctica dicha posibilidad prueba hasta qué punto ser próspero o mísero pende de intensificar o no los contactos. Esto insta el retorno a economías monetarias, que crean estaciones intermedias para el tráfico entre Flandes, Renania e Italia en la Champaña francesa. Reacciones en principio desesperadas como la del joven Goderico de Lincolnshire- han funcionado con eficacia contra los rigores del estancamiento, y la respuesta más antigua de escándalo ante el mestizaje físico y cultural que se avecina llega con Odón, Odilón, Hugo y Bernardo, abades sucesivos de la orden de Cluny, adalid de una reforma ascética en la Iglesia. Heredándose unos a otros en la tarea de actualizar la ciudad de Dios agustiniana, sus esfuerzos cristalizan en el De contemptu mundi (Sobre el desprecio del mundo) con su colorista descripción del Cielo y el Infierno, que anticipa la Divina comedia del Dante. Pero sólo hemos tomado en consideración la reapertura de los caminos y falta describir sus estaciones, los altos en cada ruta.
Por ejemplo, los votos de pobreza, obediencia y castidad resultan meramente testimoniales, siendo común usar los hábitos como palanca para enriquecerse, medrar y fornicar112. Lo espantosamente incómodo de la existencia terrenal contrasta con la comodidad de los medios arbitrados por el clero para acceder a la celestial -pagando misas, mandando a otro como peregrino, comprando bulas santificantes-, y el disconforme como estos apaños arriesga una excomunión que equivale a muerte civil113. La misa original, con su ingesta de pan y vino, reserva ahora lo segundo la sangre del Cristo- al oficiante, imponiendo a los fieles que se conformen con una hostia de pan ácimo. Las no consumidas siguen siendo carne del Cristo, y su condición de fetiche determina que tocarlas sin ser clérigo sea sacrilegio114. Los votos nobiliarios115 no son en general más observados que los eclesiásticos, y resulta muy difícil si no imposible distinguir al señor temporal del señor espiritual. Ambos administran sus feudos con modales de sátrapa persa, atemorizan al pueblo con sus soldados y llevan vidas licenciosas. Lo más sangrante es que les incumba proteger por medios sobrenaturales o naturales y no protejan, cuando las razzias de distintos invasores se han ido haciendo más asiduas y la vocación de mártir desapareció hace tiempo. Allí donde ni las plegarias de los prelados ni las armaduras de los condes impiden el saqueo, ¿cómo disuadir a quienes explotan el tesoro de potenciales cautivos que es Europa desde hace siglos? Hace falta algo más eficaz que el aparato clerical-militar, y quien puede asumir esa tarea aparece donde menos cabría esperarle: en el descastado grupo de los primeros mercaderes. Ellos necesitan más que nadie albergues seguros, y a diferencia de todo el resto no sólo saben combatir sino capitalizar recursos. Aunque la defensa tendrá como jefes a reyes y otros nobles de la espada, su equipo -y buena parte de la infantería- son un obsequio de los aventureros comerciales a la causa común. Una democratización de la defensa Las primeras fortificaciones cubrían áreas muy pequeñas, rara vez superiores a cien metros de diámetro, ocupadas por el depósito comarcal de grano y una torre defendida por algunos soldados y su jefe. Ya que los campos no podían ponerse a cubierto, salvar parte de los cereales mitigaba la inevitable hambruna resultante. Pero en torno a ese vetus burgus surgieron construcciones ligadas a ferias y mercados, que quedarían indefensas hasta que el conjunto de vetus burgus y suburbia pudo convertirse en una sola fortaleza119. Cuando la tenacidad y la ingeniería arquitectónica de comerciantes y artesanos empezaron a hacerlo posible -a finales del siglo XI- estar defendido pasó a depender de sus moradores. Surgía así una alternativa al asilo en monasterios y castillos, que para el pueblo llano era también sede permanente y fuente de ingresos. En los primeros momentos el proceso no incomoda a prelados y nobles, que siguen siendo propietarios del suelo y nunca imaginaron obtener rentas tan altas de espacios tan reducidos. Pero en la esencia de estos lugares estaba aspirar al derecho en y por sí mismo, no sólo los tratados y ordenanzas que forman el contenido de la diplomacia120. De ahí una norma común a todos: quien residiera allí cierto tiempo un año y un día, concretamente- borraba cualquier vínculo previo de dependencia. La voluntad de autodeterminación es consustancial al burgo y se expresa en el lema Stadtluft machts frei: el aire urbano hace libre. Libre y quizá también acomodado, porque el trabajo no servil se orienta hacia la calidad y mejora al tiempo la cantidad. Lo que Roma no hizo -articular distintos talleres para producir fábricas- es una iniciativa sin la cual ninguno de estos núcleos habría podido amurallarse. Por extracción social, a los antiguos desertores del vasallaje que son los buhoneros y caravaneros se suman quienes conocen algún oficio, los nuevos empresarios y campesinos no apáticos, que quieren aprender alguna maestría o simplemente trabajar como mano de obra inespecífica pero remunerada. Gran parte de ellos se convertirán en tejedores urbanos, descritos por un escriba de la época como plebe brutal, inculta y descontenta121. Los moradores del burgo El punto crítico para la ciudad nueva era que residir allí borrase en efecto la servidumbre, pretensión probablemente asumida por algunos o muchos núcleos urbanos a lo largo del siglo X. La mayoría fueron obispados u arzobispados, aunque algunos -como Frankfurt, Nüremberg o Ulm- son ciudades no episcopales. El primer alzamiento descrito ocurre en 1077 y tiene como sede la diócesis de Cambrai, en las lindes actuales de Francia y Bélgica. Aprovechando que el obispo ha ido a la coronación del Emperador, y en medio del entusiasmo general, los comerciantes, tejedores y artesanos declaran que el perímetro amurallado ya no pertenece ni al Sacro Imperio ni al Papa ni a otro señorío que el suyo propio122. Como su prelado volverá en algunas semanas, se juramentan para defender hasta el último aliento los fueros que ellos mismos consensúen. Hace décadas que las nuevas villas septentrionales protagonizan actos de insumisión -aboliendo, por ejemplo, los telones-, pero el hito de Cambrai ofrece pormenores interesantes. Para empezar, el motivo de su rebeldía no es homogéneo. Los artesanos y tejedores siguen siendo emocionalmente siervos, y están aleccionados por eremitas que acusan al obispo de haber comprado su cargo, norma entonces. Oponen a la Iglesia rica una Iglesia pobre, y querrían que el burgo fuese algún tipo de instrumento orientado al triunfo de la segunda. El edificio del ayuntamiento donde se han reunido con el resto de los rebeldes para redactar el fuero de libertades es lo que fue en origen un almacén para productos aún no vendidos en el mercado local-, pero ni ese predio ni lo demás del burgo se les presentan como instituciones propiamente civiles. Dos generaciones más tarde, en 1130, Cambrai será el foco noroccidental europeo para las primeras sectas comunistas beligerantes123, que son cristiano-maniqueas. Quienes ligan el burgo con la custodia y desarrollo de un mercado son los hombres de negocios y sus ayudantes, tan analfabetos como casi todo el mundo aunque ilustrados por viajar en tiempos donde nadie más lo hace. Su actividad ha permitido que el artesano deje de vivir en alguna casamata contigua a una abadía o castillo, y que otros burguenses entre ellos los tejedores- cambien la gleba por un perímetro más seguro. También están acostumbrados a competir, y a la lucha abierta para defender sus caravanas. Si esos aventureros sintiesen nostalgia por una existencia de parvulus no habrían enveredado por la vida que llevan, cuya única positividad consiste en disponer de efectivo y generar empleos. Lógicamente, su mérito principal la fortaleza que exige convivir a diario con el riesgo y el desarraigo- le hace extraños y sospechosos a los ojos del resto. Por otra parte, la falta de arraigo no es una premisa sino una consecuencia: sólo echarán raíces cuando sea posible hacerlo sin transigir con la servidumbre. A ningún otro grupo le resultaba urgente en medida pareja que su libertad de hecho pasara a serlo de derecho, pues si bien el clero y la nobleza aprovechaban ampliamente sus servicios -tanto o más que el campesino y el artesano- la ley vigente era incompatible con sus aspiraciones. Por ejemplo, que sus esposas perteneciesen casi siempre a la casta servil les imponía (en función de la regla partus ventrem sequitur) que sus hijos fuesen siervos; sólo los muy ricos lograban casarse con aristócratas, y sin duda tras asumir las deudas de su familia política. Humillados por los señores y despreciados u odiados por quienes pasaron a depender de ellos, el futuro de los comerciantes altomedievales pasaba por robustecer la base de su independencia, que era una ciudad radicalmente distinta de las previas. La singularidad del burgo El burgo hace frente a una crisis crónica en las sociedades tradicionales con medidas inéditas. En respuesta al horror impuesto por Cómodo y sus sucesores, los ayuntamientos romanos habrían podido defenderse construyendo fortalezas autogobernadas, donde residir durante un año borrase todo estigma servil. No lo imaginaron siquiera, pero desde finales del siglo XI el atolladero crónico de las sociedades tradicionales dispone de remedios distintos a más coacción y más resignación, la receta milenaria. Ausente hasta entonces de las crónicas, el retorno del pueblo llano a la memoria le muestra exultante ante fuentes imprevistas de acuerdo y celebración, derivadas a su vez de que ha encontrado un medio donde crecer. Ninguna prueba de entusiasmo supera al hecho de que en los nuevos perímetros todos sus elementos se conciben y ejecutan como obras de arte126. La catedral será con mucho el mayor de los edificios, pero no ha sido construida con más esmero que las casas particulares o los soportales de la plaza mayor. Es algo sin precedente en Estados esclavistas, donde sólo palacios y templos aspiran al cuidado artístico. La solidaridad hace del burgo una comuna, aunque no reñida con el comercio. Si se prefiere, la solidaridad ciudadana es inseparable del bien común más amplio que representa coordinar medios rurales y urbanos en beneficio recíproco. Gracias al burgo las comarcas quedan exoneradas del yugo autárquico, y pueden ponerse a optimizar sus recursos diferenciales. Lo distintivo del servus romano y el medieval el hecho de que éste puede producir por cuenta propia- no empieza ser operante hasta que el siervo inmóvil tenga compradores para sus productos. Pero como empieza a haberlos el agricultor rotura tierras baldías, sustituye cultivos y aplica toda suerte de mejoras orientadas al rendimiento. Tan unidos están los burgos a una mejora en la renta rural que todos ayudan a recoger la cosecha. Todavía en el siglo XIV, cuando la población europea se ha multiplicado París y Milán tienen unos 250.000 habitantes, Florencia y Amberes unos 100.000-, las leyes inglesas exigen dicha colaboración a los censados en cada ayuntamiento, sin distinción de rango127. Nada de esto parece factible sin la andadura civil emprendida por germanos y escandinavos a lo largo del siglo X. Dentro de una dinámica donde el motor es la producción y circulación de bienes, un Estado comercial como Kiev ofrece la conexión siquiera sea inicialmente tenue- entre Brujas y Bagdad, y esa larga ruta terrestre impulsa la transformación de campamentos en villas y la de éstas en burgos libres. Lo equivalente para el norte de Italia es consolidar posiciones en la ribera europea del Mediterráneo, un fenómeno que acaba transformando a Pisa y Génova enclaves originalmente piráticos- en repúblicas prósperas. También los piratas normandos han acabado creando el reino de Sicilia a expensas de los musulmanes. Orgánico en vez de jerárquico, el desarrollo urbano y el de las comunicaciones son anónimos, descentralizados y por eso mismo incontenibles. Han nacido del mundo feudal pero devoran los obstáculos feudales como algo viviente asimila algo inerte. El renacer de las clases Ahora esta porcelana empieza a estar amenazada por descendientes de los mercaderes iniciales, que le discuten al clero y la nobleza su condición de instituciones apostólicas. Carlomagno había inaugurado el siglo IX proclamándose rey-monje sin evocar suspicacia, pero con el primer milenio cristiano llega una mezcla explosiva de pobrismo y actividad mercantil. Tan devotos o más que el campesino, los primeros burgueses viven en espacios reducidos donde el qué dirán multiplica su presión, y justamente porque el deber de solidaridad les resulta perentorio odian a una Iglesia que trata al clero inferior como siervo [ ] siendo en todos sentidos lo contrario de la pobreza apostólica128. El mismo sentimiento caracteriza a las amme haaretz del momento, las masas rurales. Por otra parte, el burgo es todo menos anticomercial, y opone al sistema de castas unas clases con intereses a menudo opuestos, aunque unidas nuclearmente por su movilidad. En la Roma republicana uno de los resultados de la primera guerra civil fue que acceder a las magistraturas hizo del orden ecuestre una facción corrupta y despótica. Algo análogo gravita sobre los burguenses, que han nacido en el reino del favor y sus privatae leges o privilegios y quieren simultáneamente la libertad y regímenes coactivos. Las hansas de comerciantes aspiran a mandar sobre los precios controlando la demanda, y los gremios artesanales aliados y competidores suyos- aspiran a conseguirlo controlando la oferta. Para ambos el monopolio es requisito de supervivencia. Su reclamación será atendida, y gobernarán sobre los precios durante siglos. Es lo más próximo al establecimiento de un sistema con cuatro castas, cuya cristalización no acaba de producirse gracias al progreso del trabajo libre. La fuerza de los ciudadanos depende finalmente de que una madeja inextricable de relaciones les vede la debilidad de erigirse en otro estamento protegido por privatae leges, como el clero y la nobleza. Son clase media propiamente dicha, moviéndose siempre hacia el ascenso o el descenso, y cuando se consoliden una alta burguesía y una pequeña burguesía seguirá habiendo toda suerte de escalones intermedios. Ese dinamismo ofrece el arma invencible, por más que las castas desafiadas dispongan en principio de muchos más medios materiales y humanos. De momento la comunicación trae fricciones, con una larga secuencia de luchas y guerras civiles. La hipocresía del pobrismo institucional es denunciada por movimientos cuya particularidad reside en no ser tanto anticomerciales como anticlericales.
NOTAS 103 Simmel 1977, vol. II, p. 520. 104 Básicamente el Rhin, el Mosa, el Ródano y el Po. 105 Agripina, segunda mujer de Claudio, nació allí e insistió en rebautizar el fuerte como civitas, que desde el año 50 se llamaría Colonia Ara Claudia Agrippinensium. 106 Radhaniyya en árabe. Sobre Ibn Khurradhbih, el cronista, cf. McCormick 2005, p. 640-642. 107 En su De insolentia Iudaerorum, 195, 149-159. 108 Libellus de vita et miraculis S.Godrici, heremitae de Finchale, auctore Reginaldo monacho Duhelmensi, 1845; cf. Pirenne, p. 79-80. 109 Pirenne 2005, p. 86 y 84. 110 Sobre Kiev y las primeras ciudades rusas el texto pionero es Rostovtzeff 1922. 111 Génova y Pisa como potencias navales, Milán, Parma, Pavía y Lucca como centros de industria, y la Lombardía en general como combinación de agricultura y comercio, apoyada sobre la extraordinaria feracidad que empieza a lograrse en el valle del Po. 112 Hasta el Sínodo romano de 1076 no se denuncian como faltas la simonía (compra de cargos eclesiásticos) y el nicolaitismo (matrimonio o concubinato de clérigos). 113 Para Graciano -compilador del Código de derecho canónico- y para su papa, Urbano II, no es homicidio matar al excomulgado si lo dicta un celo por la Iglesia. Gregorio IX excomulgaba hasta la séptima generación; cf. Troeltsch 1992, vol. I, p. 391. 114 Por san Pablo (Epístola a los gálatas 5:19-31), y por muchos vasos hallados en las catacumbas de Roma con la inscripción bibe in pace (bebe tranquilamente), sabemos que la ingesta de vino al comulgar inducía reacciones afines al entusiasmo báquico, ante todo cuando los fieles se habían preparado con ayunos severos, pues un vaso basta para embriagar a quien lleve días tomando sólo pan y agua. Tales accesos de cordialidad carnal escandalizaron tanto más cuanto que el vino estaba vedado en la civilización grecorromana a mujeres que no fuesen de vida alegre. En el siglo III, Novaciano distingue entre presentar un sacrificio al Hacedor y permitirse con ese pretexto diversiones estrepitosas, afines al fornicio y la impureza. Sobre la evolución del rito eucarístico, y sus nexos con el culto dionisiaco, cf. Escohotado 1989, p. 230-233. 115 En 1090 Bonizon de Sutri cifra el código del caballero cristiano en sumisión a su señor, renuncia al botín, pelear contra los herejes, proteger a pobres, viudas y huérfanos y amor platónico por la dama. 116 Portus no es sinónimo de puerto, sino de depósito comercial: Lugar desde el que se importan y exportan mercancías (Digesto, 16, 59), como ratifica san Isidoro: Portus dictus a deportandis comerciis (Etimologías XIV, 39-40). La tradición se conserva en holandés, donde poort significa ciudad y poorter burgués. 117 Los magiares, procedentes de Asia e instalados desde 896 en la actual Hungría [ ] no diferían mucho de los hunos y devastaron Alsacia, Lorena, Borgoña y el Languedoc. Los ataques de los normandos se hicieron anuales a partir de 843, y en 845 saquearon los portus de Hamburgo y París con una flota de 120 naves, que transportaban una media de 50 hombres; Cipolla 2003, p. 150. 118 Heráclito, fr. 8 (Diels). Los magiares, cuya caballería resultaba invencible a campo abierto, eran vulnerables en terreno montañoso y al regresar cargados de botín. Sus devastaciones cesaron cuando Otón I, rey de los sajones y cabeza del Sacro Imperio, les infligió una derrota definitiva en 995. Ese mismo año venció al príncipe Boleslav, liquidando las incursiones eslavas. 119 Cf. Mumford 1979, vol. I, cap. 9. 120 Hegel 1967, p. 268. 121 Cronicon santi Andrea Castri Cameracesi, en MGH. Scriptores., t. VII, p.540. 122 Cf. Pirenne 2005, p. 119. 123 Cf. Barraclough 1985, vol. III, p. 122. 124 Allí donde la romanización fue superficial en todos los territorios situados al norte del Rhin- las civitates o no existieron o desaparecieron, y deben por eso partir de cero como Hamburgo o Lübeck. En Europa meridional la urbanización parte siempre de algún enclave otrora importante, que fue deshabitándose y ahora empieza a poder crecer. 125 Más adelante algunas ciudades lo sustituirán por la sisa o impuesto indirecto, que gravando los artículos de consumo adecua de otro modo la carga fiscal al gasto. 126 Mumford 1979, vol. I, p. 363. 127 Cf. Mumford 1979, vol. I, p. 319. 128 Troeltsch 1992, vol. I, p. 349.
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Antonio Escohotado
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