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LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO
XXIII. LA PURGA APOCALÍPTICA
Los buenos ciudadanos deben acudir a las cárceles,
para pasar allí por el filo de la espada a los traidores78.
La Revolución permite seguir con gran lujo de detalle cómo
el llamamiento a la libertad, la igualdad y la fraternidad desemboca
en grados crecientes de tiranía, discriminación y fratricidio.
Sus protagonistas experimentan esa coincidencia como paradoja imprevisible,
pero el proceso ofrece al observador un tesoro de datos sobre la naturaleza
humana y el pueblo francés en concreto, que se revela tan excepcionalmente
capaz para disociar forma y contenido. Las apariencias tienden a ser
engañosas, giros semánticos permiten llamar noche al día,
y ya desde el Gran Miedo de 1789 el equívoco presenta como atemorizado
a quien atemoriza. Siglos de tiranía consentida maduran en actos
de defensa que se adelantan por sistema al ataque, con el complot del
pan como representación perfecta para borrar la frontera entre
sujeto y objeto de la agresión.
Nunca sabremos con mínima exactitud qué proporción
del pueblo francés participó en las masacres, o las bendijo.
Sólo podemos estar seguros de que sus tribunos concibieron la
república francesa como nueva Esparta79,
un factor no irrelevante para orientar y multiplicar la violencia. Salvo
Atenas que parece afeminada y decadente, propensa a negociar en
vez de conquistar-, esa cúpula revolucionaria ve lo demás
de la cultura grecorromana como un momento de gloria insuperable, donde
la virtud viril reprimió sin contemplaciones las vilezas crematísticas
(affections métalliques).
La inflexible austeridad de Licurgo cimentó
firmemente la república espartana, mientras el carácter
débil y confiado de Solón precipitó a Atenas en
la esclavitud 80.
Compartamos el orgullo de los espartanos, pues no debe haber entre
nosotros otra pasión que la libertad, otras pautas que las constitucionales,
otro culto que el de la patria y otra rivalidad que la virtud 81.
El mundo ha estado vacío desde los romanos, y su recuerdo
es nuestra única profecía de libertad 82.
1. Hacia una ciudadanía castrense
Puede sonar a paradoja que la única democracia antigua sea esclavitud,
que las pautas constitucionales estén en un Estado-Ejército
sin leyes escritas, y que Roma simbolice libertad. Pero
en esto consiste la filosofía roussoniana de la historia83,
que desarrolla la nostalgia de Platón por la vida perdida cuando
el mercantilismo suplantó las exigencias del alma noble por una
mecánica de intereses mezquinos. Los humanos fueron felices mientras
se atuvieron a una vida austera e igualitaria, con la patria como única
cosa terrenal verdaderamente sagrada, y alejarse cada vez más
de esa rédemption hace que posterior historia de Occidente
parezca un vacío. Sólo en Francia alienta
el deber de recobrar la grandeur antigua.
La idea que los tribunos galos se hacen de Esparta no toma en consideración
testimonios de primera mano sobre dicha polis Tucídides
(460-396 a.C.), Aristóteles, Polibio-, y se ciñe a lo
que cuenta un platónico tardío como Plutarco (46-127)
sobre su legislador, Licurgo84.
Rousseau le considera un estadista de sabiduría incomparable,
porque su decisión de ilegalizar el comercio y las artes
superfluas evitó desigualdades de prestigio y patrimonio,
imponiendo el principio de que la patria sólo será grande
y libre si destierra cualquier diferencia distinta de un grado mayor
o menor de heroísmo. Esa democracia castrense es la propuesta
del Contrato social (1762), un ensayo considerado utópico
cuando apareció que treinta años más tarde es literalmente
la Biblia del revolucionario. En 1789 el objetivo común era convertir
a Francia en un Estado de derecho, rompiendo también con el anacronismo
de sus instituciones económicas. En 1792 el Estado de derecho
se considera una tapadera para traidores, y la política de precio
fijo parece la solución para el abastecimiento.
Por otra parte, el gran salto atrás para construir el hoy y su
mañana es una proposición que entusiasma sin borrar diferencias
cualitativas entre imitadores e imitados. El patriotismo de Esparta,
o el de la Roma republicana, parten del grado de abnegación y
rudeza que exige aterrorizar a países vecinos y vivir permanentemente
de venderles protección. Francia aspira con pareja vehemencia
a la gloria nacional, y está aficionándose a vender coactivamente
protección, aunque es también el país más
destacado de Europa por gusto y refinamiento. Sólo una fracción
de los hombres disfrutaría acudiendo al cuartel de la zona para
ingerir en común el mismo rancho, y prohibir allí todas
las artes superfluas resulta inconcebible.
Plutarco cuenta que prohibir las refecciones domésticas le costó
a Licurgo perder un ojo, debido al garrotazo de un conciudadano indignado,
y la inflexible austeridad preconizada por Billaud-Varenne
cuesta en Francia más que un ojo. Será preciso que la
Convención imponga el Terror, e incluso entonces el espíritu
sans-culotte aprovechará la tesitura para imponer actos
de restitución ebionita, básicamente ajenos al ideal del
igualitarismo espartano. En ese vaivén de lo importado y lo autóctono
sólo se mantiene firme el núcleo de la divergencia entre
forma y contenido, que es una liberté no equiparada a
libertades civiles. En el invierno de 1793 cuando ninguna garantía
constitucional subsiste- el reglamento militar establece que al dirigirse
a sus mandos los soldados empezarán las cartas con un Salud
y fraternidad de tu igual en derechos85.
¿Qué derechos? Educado en la democracia directa helvética,
Rousseau siembra el equívoco original cuando descarta sistemas
de lealtad democrática ya en vigor, como el holandés o
el inglés, alegando que su corrupción métallique
viene atender a la falible voluntad de todos un mero
número de votos- y no a la infalible volonté générale86.
Su llamamiento a una democracia más intensa y veraz, unánime,
pasará luego de un cantón suizo a la capital de Francia
y se irá encarnando como tal volonté générale
en individuos y comités. Morir en 1771 le impidió sospechar
hasta qué punto Francia podría hacer de él su Moisés,
pero había inventado el modo moderno de defender la uniformidad
moral. En el pasado los derechos civiles, y el consiguiente pluralismo,
se descartaron por subversivos. En el futuro iban a serlo por insolidarios.
Esta semilla crece en un país abonado por cantidades exorbitantes
de orgullo y rencor, que tras abolir las órdenes de arresto (lettres
de cachet) de la Corona admite un estado de excepción indefinido,
donde ser denunciado por particulares equivale en considerable medida
a perecer. La antigua vigilancia ejercida sobre el pensamiento es ridícula
comparada con la que ahora se aplica a perseguir la desviación,
y hay prisa por todo salvo derogar la inseguridad jurídica. Planteada
la libertad al modo roussoniano, como algo que para no incurrir en libertinaje
debe derivar de una previa igualdad espiritual, lo prioritario es una
secuencia de purgas. P.G. Chaumette, alias Anaxágoras, presidente
y luego fiscal de la Comuna Insurrecta, describe su lógica a
decir que el homenaje debido a la Liberté es primariamente holocauste87.
El dualismo político
El holocausto no fue una institución tan afín a Esparta
y Roma como a los druidas de la Galia, cuyos dioses exigían frecuentes
y masivos sacrificios humanos88.
La refinada Francia resulta ser también un país anormalmente
incivilizado, donde lo mismo falta agua potable en la capital que el
mínimo de confianza preciso para sostener la letra de cambio
como medio de pago. El retraso del confort con respecto al lujo emite
sombríos reflejos de todo tipo, y vemos por ejemplo que Jefferson
fue tildado en su país de jacobino por defender la más
escrupulosa libertad de criterio y expresión; Marat, su equivalente
galo, aspira a renovar la función del Censor romano89,
y el multitudinario duelo tras su asesinato indica que una parte considerable
de París disfrutaba con ese director espiritual, al menos mientras
ofreciese víctimas propiciatorias con asiduidad. Nunca sabremos
cuánto de ello se debe al magnetismo de un demagogo sanguinario,
y cuánto a un público dispuesto a cambiar de tribuno si
ofreciera signos de ecuanimidad o clemencia.
El espíritu romántico ama siempre algún ayer transfigurado
por la nostalgia, dentro de un compromiso con el efectismo que cultiva
los adjetivos como la única parte del lenguaje verdaderamente
fiel a lo real. Verbos y nombres estorban su vocación de llegar
al fondo sentimentalmente, y el análisis desapasionado de cualquier
objeto acaba presentando en él un desafío a la subjetividad90.
Debe formarse un cliché de cada fenómeno para no sentirse
avasallado por el reino de lo meramente dado (facticidad),
y como todo presente le repele va pasando de un modelo pretérito
a otro. La pintura romántica transita así del neoclásico
al neogótico, y la política romántica del buen
salvaje al Terror. Admitir diferencias entre ley y virtud supondría
demorar el orden social justo, y sólo el amor más sublime
a la libertad comprende que las libertades son absurdas mientras persista
el complot del pan. El patriotismo es salut publique, y hay un
Comité específico distinto del de Seguridad y el
de Educación- dedicado a imponer su terapia.
Camus observó a propósito de Saint-Just que abandonarse
a los principios es morir por un amor imposible, lo contrario del amor91.
Pero cuanto más flagrante sea la contradicción más
se acerca este espíritu a la sencillez buscada, que opone al
acomodaticio mundo mercantil un deslinde entre autenticidad y pragmatismo,
rectitud ideológica y mediocre sentido crítico. Una pureza
de principios que se limitaba hasta entonces a la ortodoxia teológica
se derrama en la esfera política, y cuántos traidores
haya pasa a ser algo directamente proporcional al rigorismo teórico
aplicado por cada Gobierno. Saint-Just que es reconocidamente
el más puro-, muestra hasta dónde puede llegar la pesquisa
cuando esgrime ese principio:
[Billaud-Varenne] estaba silencioso, pálido,
con la mirada fija, componiendo sus rasgos alterados. La verdad no tiene
ese carácter 92.
¿Qué carácter tiene la verdad? Un diputado se
dirige a otro como el detective a un sospechoso en comisaría,
cuya buena fe quedaría atestiguada si se mostrase locuaz, lozano,
con ojos distraídos y apacibles93.
Su recinto no tiene en principio nada que ver con un sínodo de
obispos, del que pudieran partir decisiones como el rescate de un sepulcro
vacío o la caza de apóstatas. Con todo, allí resuena
la propuesta no menos ambiciosa de una república neoespartana,
cuyo cumplimiento se expone a empeños y reveses de dramatismo
comparable. La cruzada medieval era una lucha entre dualistas, convencidos
ambos de que no hay mezcla posible entre bien y mal. La francesa corresponde
a un mundo donde Manes y sus predecesores están en retirada,
pero presta un inestimable favor a esa actitud cuando identifica el
término medio como esencia de la disposición contrarrevolucionaria,
y lo castiga con pena capital. Robespierre pregunta: ¿Queréis
una revolución sin revolución?94;
Saint-Just contesta: Golpea rápido y duro, osa, he ahí
el secreto del éxito95.
Ambos como Billaud-Varenne y la mayoría del tribunado intransigente-
se han formado como juristas.
Lo objetivo y lo subjetivo
Dejando a salvo la primera y notable crónica de la Revolución96,
desde J.Michelet (1798-1874) sucesivas generaciones de historiadores
franceses han practicado un tipo de crónica que funde erudición
y hagiografía, dominio del pormenor y sectarismo. Cierto estudio
monográfico de gran volumen sobre las masacres de septiembre,
por ejemplo, concluye afirmando que sus autores fueron fuerzas
históricas impersonales, movidas por el deseo de vengar
a las víctimas del asalto a las Tullerías97,
no un pequeño grupo de agitadores98.
También nos dice uno de sus maestros que los girondinos cayeron
por negarse a cooperar con el pueblo99,
o que Luis XVI huyó debido a la irreductible oposición
entre la realeza aristocrática y la Nación revolucionaria100.
Hace falta esperar a Furet para que un historiador galo destacado renuncie
al estereotipo de la agresión defensiva, argumentando que el
baño de sangre fue el resultado de una batalla entre autoritarios
y liberales, oscurecida por presentarse como lucha de clases sujeta
a las leyes del materialismo dialéctico101.
En la historia conmemorativa el sans-culotte representa al pueblo
francés, y la Revolución describe su diálogo con
gobiernos más o menos fieles. Gracias al trabajo de esos historiadores
sobre fuentes primarias sabemos a ciencia cierta que el espíritu
sans-culotte no correspondía a una clase homogénea102,
pero sus hipótesis teóricas llevan a suponer también
que la voluntad popular sólo se impuso realmente
en Francia coincidiendo con el auge de la guillotina. Pueblo sería
sinónimo de una clase anti-clase, iluminada por los actos espontáneos
de sus masas, y como el esquema sólo admite amigos o enemigos
de la propiedad privada todo se reconduce al dualismo. Condicionados
antes que condicionantes, los tribunos fueron burgueses que superaron
sus prejuicios de clase para ponerse al servicio del adversario
objetivo.
Arrastrados por las leyes evolutivas que Marx expondría medio
siglo más tarde, formularon sin saberlo y hasta sin pretenderlo
los métodos, reacciones, giros semánticos y símbolos
que ofrecerían a cualquier golpe de Estado comunista ulterior
un sistema prácticamente concluso. Pero que el Terror sea la
antesala evidente de esos regímenes no legitima su presentación
como una empresa democrática, que sólo interrumpió
las garantías civiles para defenderse de una minoría compuesta
por burgueses y aristócratas. Semejante perspectiva prolonga
la cadena de equívocos que se deriva de aislar política
romántica y pobrismo victimista, dos actitudes que -como comprobaremos
a continuación- los tribunos franceses combinan con perfecta
fluidez. Al universo patético-enfático tradicional el
romantisme añade el fanatismo lúgubre del
absorbido por cementerios103,
la sublimidad de aspirar a la paz y obstinarse en la guerra. Ser subjetivamente
tal cosa y objetivamente la otra se entrelaza con el ataque vestido
de defensa, la clemencia asimilada a parricidio, la felicidad retroprogresiva
y, en general, el llamamiento a la arrogancia y el odio.
Hasta qué punto el cuerpo social francés no cabe en la
dicotomía del espíritu sans-culotte y el resto
lo indica la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano
(1789), que es primer elenco completo de garantías civiles104.
Adelantándose a aquello que desde la óptica de Michelet
y sus herederos sólo admite esclavitud o masacre, este documento
regula sin melodrama persecutorio un orden de derechos y deberes que
empieza guiando todo y acaba obstaculizando todo. Su sobriedad cívica
es veneno para la vehemencia redentora de quienes controlan la Révolution
desde 1793, incapaces de coexistir con lo esencial de su regla:
Artículo 4. La libertad consiste
en poder hacer cualquier cosa que no perjudique a otros, y el ejercicio
de los derechos naturales de cada hombre no tiene límites distintos
de aquellos que aseguran a otros miembros de la sociedad el disfrute
de esos mismos derechos. Dichos límites sólo podrán
determinarse por ley.
Artículo 5. La ley sólo podrá prohibir
aquellas acciones lesivas para la sociedad. No es lícito obstaculizar
sino aquello prohibido por ley, y nadie será forzado a hacer
aquello que la ley no ordene.
2. Credo y temperamento del tribuno francés
Cívico es reducir lo obligatorio a mínimos, vedando el
acceso a las magistraturas de quienes pretendan lo contrario. Aquello
que I. Berlin llamó libertad negativa -a fin de cuentas, el derecho
a no ser importunado por otro105-
inspira la Declaración de 1789, y la agudeza de Sieyès,
Talleyrand, Mirabeau y otros redactores del texto se encarga de hacer
imposible un retorno al paternalismo que no viole tal o cual precepto
suyo. Pero con el espíritu sans-culotte resurge el anhelo
de libertad positiva consustancial al movimiento profético, que
puede sentirse coaccionado por no atravesar las nubes como el
águila y vivir bajo las aguas como la ballena106.
Para los tribunos franceses la liberté es autorrealización
colectiva, felicidad general, y en ese sentido declara Robespierre que
la Revolución es la guerra emprendida por la libertad contra
sus adversarios107.
La nueva acepción del término podría añadirse
a la antigua como colonia a Colonia- si no fuese su puntual negación.
La libertad negativa descansa sobre las condiciones procesales de la
ley democrática108,
que es a su vez el principal estorbo para las iniciativas siempre urgentes
de quienes representan a la libertad en sentido positivo, como redención
de las masas. El communard Chaumette, alias Anaxágoras,
aclara entonces que ha llegado la guerra abierta de los ricos
contra los pobres; quieren aplastarnos, hay que adelantarse109.
La prisa refuerza el giro semántico, y cambiar un par de palabras
nos traslada de París a Moscú ciento treinta años
después, cuando su equivalente en la cadena de mando sentencia:
La coacción proletaria, en todas sus
formas, desde las ejecuciones a los trabajos forzados, es por
paradójico que suene- el método para modelar la sociedad
comunista a partir del material humano del periodo capitalista 110.
La autoridad del absolutismo y la romántico-revolucionaria no
sólo coinciden en rechazar la libertad como independencia sino
en adherirse al summum imperium preliberal, que en manos de x
honra al pueblo y en manos de z le deshonra. El poder político
será bueno o malo, legítimo o ilegítimo, no una
función graduable desde la irresponsabilidad vitalicia a la destitución
si viola cualquier norma o sencillamente pierde un voto de censura.
Roux, por ejemplo, profesa a Luis XVI un odio infinito y
acto seguido se enorgullece del gran esplendor que presta a un
pueblo lo majestuoso del poder soberano111.
Su corazón aspira un gobierno con facultades ilimitadas como
pide la Comuna Insurrecta desde el principio-, y no le inquieta que
en la práctica esas facultades recaigan por fuerza sobre tal
o cual persona.
La pasión y el ceremonial que envuelven al mando infinito tienen
una alternativa en dividir y someter a control recíproco las
ramas del poder coactivo. Con todo, Francia vive una novela de
novelas escrita con dinamita profética112,
que fluctúa de la farsa a la tragedia y exacerba el teatro hasta
hacerlo indiscernible de la vida. De ahí que explicar su preferencia
por la fabulación atendiendo al dramático estado de cosas
resucite el dilema del huevo y la gallina. Reina una constelación
mandobediente donde se excluye cualquier tercero distinto de dictar
o cumplir órdenes-, y resulta pueril atribuir la multitud de
tramas culminadas en guillotina al deseo de que el país se incorpore
a las novedades políticas y económicas del momento. Lo
explosivo del conflicto viene de hostilidad a la modernización,
no de impaciencia ante el ritmo de su progreso113.
Sólo los partidarios del rey por derecho divino y los tribunos
revolucionarios más puros se oponen a que el entendimiento de
cada ciudadano delibere, en lugar de hallarse sujeto a tutela estatal
vitalicia. El malentendido que se sigue de llamar libertad política
al combate por lograr una posición más elevada114
no puede, pues, separarse del malentendido que contrapone revolucionario
a conservador. Ciertos revolucionarios son reaccionarios en el sentido
más eminente.
El paternalismo visceral
Suizo francófono como Rousseau, y médico por profesión,
el periodista y diputado J.P.Marat (1743-1793) tuvo aspiraciones de
gran científico inventor de una nueva teoría sobre
la electricidad y otros fluidos ígneos- antes de
convertirse en pionero del Terror. Otros tribunos evolucionan desde
una postura contemporizadora, pero él predica guerra civil prácticamente
desde la convocatoria de los Estados Generales. Deísta fervoroso,
capaz de componer una oración al Ser Supremo para casarse en
mitad del campo115,
renueva el Sermón de la Montaña presentándose como
protector de los pobres en general y del trabajador en particular. Esos
débiles se hacen fuertes unidos por un culto filantrópico
a la Patrie, y no deben vacilar ante la conveniencia de exterminar
preventivamente a sus enemigos, que coinciden a grandes rasgos con los
tenidos hasta entonces por notables.
Poco antes de morir, en el apogeo de su influencia, pide a la Convención:
Los ricos, los conspiradores y los maliciosos
van en masa a las asambleas populares de distrito [sections], se hacen
amos de ellas y las llevan a tomar las decisiones más liberticidas,
mientras los jornaleros, los operarios, los artesanos, los tenderos
y los granjeros, en una palabra la masa de infelices forzados a trabajar
para vivir, no pueden participar en la represión de las maniobras
criminales de los enemigos de la libertad 116.
La Declaración de 1789 se ha adelantado a este tipo de iniciativa,
estableciendo que serán castigados quienes soliciten, expidan,
cumplan o hagan cumplir órdenes arbitrarias117.
Pero para entonces todos sus artículos llevan un par de años
suspendidos, y Marat pasa gran parte de su día firmando distintas
incitaciones a la arbitrariedad, que tienen en común ser denuncias.
En una Europa laboriosa, que lleva varios siglos considerando el trabajo
como la ocupación digna por excelencia, se duele ante la
masa de infelices forzados a trabajar para vivir y pide que esas
buenas gentes participen más en la represión de
las maniobras criminales de los enemigos de la libertad. Desde
Müntzer, el resto de los Profetas renacentistas y los husitas radicales,
nadie había conseguido acercarse a la depuración apocalíptica
del rico que propone el ebionismo de Juan, Jesús y Santiago.
Anticlerical furibundo a la vez que fervientemente religioso, Marat
logra aplicar durante veinte meses esa política en toda Francia.
Tener un pie en la filantropía y otro en la venganza, ambas infinitas,
le otorga el más destacado papel a la hora de transformar la
réligion civile roussoniana en un culto obligatorio, sostenido
por amenazas de exterminio físico y confiscación económica.
Cierta enfermedad de la piel, sumada al apuñalamiento, explica
que en el cuadro de su gran amigo David le veamos muerto en la bañera
con una expresión beatífica, junto a una cuartilla donde
está escrito: Mi gran infortunio me da derecho a vuestra
benevolencia. Por entonces simboliza a la inocente víctima
de una liberticida, algo tanto más irónico cuanto que
la historia le reconocerá como apóstol moderno del liberticidio.
Igualmente comprometido con instigar la discordia, J.R.Hébert
(1757-1794) empezó siendo un buscavidas humilde y monárquico,
dotado de un talento indiscutible para la irreverencia. Reclamó,
por ejemplo, una ley de divorcio ante la miserable indisolubricidad
del matrimonio118,
y acabó convirtiendo Nôtre Dame y otros miles de iglesias
francesas en templos de la diosa Razón. De él parte el
movimiento descristianizador, que suprimió iconos y otros objetos
de culto, imponiendo en la entrada de todos los cementerios franceses
una inscripción no exenta de filosofía: La muerte
es sólo el sueño eterno119.
Habituado a un sarcasmo lleno de palabras gruesas, su estilo se transforma
en ternura filial cuando describe vida cotidiana e ideario del sans-culotte,
sinónimo para él de ciudadano auténtico.
Comparado con Marat, un idealista ascético y poseído por
la fe, Hébert representa a un vividor descreído aunque
no menos inclinado al holocausto del rico. Portavoz de la canaille
parisina, un grupo en el cual quizá no acabase de creer, fue
el único ateo de la cúpula revolucionaria. La historia
conmemorativa le define como un original pensador político
del jacobinismo de gauche120.
Abogó siempre por una política de requisa y precios fijos,
no por tener presente la plétora evangélica y criticar
el mercado en sí del cual apenas habla-, sino para hacer
algo ante la espiral de miseria provocada por el Terror y seguir siendo
el campeón de los pobres. Cuando los indulgents quisieron
restablecer la legalidad y negociar una paz con Europa, a principios
de 1794, el grupo de Hébert opuso una fórmula muy repetida
desde entonces: O la Revolución triunfa o morimos todos:
Patria o muerte121.
Sus remedios para la crisis fueron generalizar la expropiación
de muebles e inmuebles y pasar al terror extremo, una sugestión
que no convenció a muchos y dio motivo a Robespierre ya
profundamente escandalizado por su ateísmo- para mandarle a la
guillotina junto con algunos otros cordeliers.
Jacques Roux (1752-1794) fue párroco de un barrio parisino pobre,
y tras jurar lealtad a la Revolución contrajo matrimonio con
una mujer decente como sugería la Constitución
de 1793. Aparece en el registro histórico cuando la Comuna le
encarga supervisar la ejecución de Luis XVI122
y redacta un breve informe sobre ello. Allí refiere que viendo
aparecer a alguien con sotana el depuesto monarca pidió
que entregásemos un pañuelo con pertenencias a su familia,
y le dijimos que no estábamos para recados sino para llevarle
al cadalso, a lo cual repuso:Correcto123.
Tampoco le permitió dirigirse a la multitud, como pretendía,
y cuenta que una vez decapitado los radiantes ciudadanos mojaron
picas y pañuelos en su sangre. Tres meses después
lidera a la masa que asalta la Convención, y aprovecha para dirigir
a los diputados un anticipo del Manifiesto enragé:
¡Diputados de la Convención Nacional!
La aristocracia mercantil, más terrible aún que la nobiliaria
y la sacerdotal, ha jugado cruelmente invadiendo el tesoro de la república,
pues los precios crecen aterradoramente de la mañana a la noche.
Es hora de oponerse al combate que el egoísta emprende contra
la clase trabajadora. ¿Puede la propiedad de sanguijuelas ser
más sagrada que la vida de un hombre? No temáis descargar
el brazo de vuestra justicia sobre esos vampiros y asesinos de la nación,
proteged al pueblo de precios excesivos en los comestibles.
[
]
Nos dicen que muchos artículos nos llegan de fuera, y deben pagarse
en dinero. Pero es falso: el comercio se hace casi siempre por trueque,
cambiando mercancía por mercancía, papel por papel. No
debéis temer incurrir en el odio de los ricos, que son el mal,
ni tampoco sacrificar principios políticos a la salvación
del pueblo, que es la ley suprema 124.
Estas palabras no obtuvieron acogida favorable en parte de la prensa,
y para salir al paso de las calumnias vertidas Roux añadió
una coda al Manifiesto, donde declara: Cuando ataco a nuestros
monopolistas no incluyo en esa clase infame a muchos tenderos de civismo
acendrado. Su convicción de que los ricos concentran el
mal le impulsó a la acción directa promoviendo
la restitución del pobre con saqueos de tiendas y almacenes-,
algo acorde con el credo comunista aunque escandaloso para la gran mayoría
de los diputados, que le llevó a perder la protección
de Hébert y el club de los cordeleros. Es entonces cuando redacta
La agonía de la cruel Antonieta125,
donde afirma:
Todos sabemos que sólo suben al cadalso
los criados, que los grandes bribones escapan [
] Podemos estar
seguros, sin calumnia, de que todos cuantos disfrutan de un insolente
lujo han conspirado para ceder nuestras plazas fuertes y son amigos
secretos de la realeza.
J.F.Varlet (1764-1837), un joven de familia acomodada, acompañó
a Roux en los saqueos de tiendas y se especializó en destruir
imprentas contrarrevolucionarias. Iba a ser uno de los pocos exaltados
supervivientes, y legó alguna frase célebre como la de
que el pueblo sólo pide pan y sangre126.
Su principal escrito, una Declaración solemne de los derechos
del hombre en el Estado social (1793), empieza citando a Marat ¿Por
qué sólo los ricos cosechan los frutos de la Revolución?127-
para concluir negando todo derecho civil a sabandijas, sanguijuelas
y otros ricos egoístas.
3. El paternalismo jacobino
Robespierre, Saint-Just y Couthon respetan en principio la propiedad
privada, y su apoyo a las requisas más escandalosas128
podría considerarse estimulado por el brusco empeoramiento de
la situación durante el invierno de 1792, cuando empieza a parecer
posible la enormidad de que Luis XVI sea ejecutado. Saint-Just se dirige
entonces a la Convención para decir que el libre comercio
es la madre de la abundancia129,
y que procede crear la mínima cantidad de moneda posible
para no aumentar la depreciación130.
Pero tres días después Robespierre le invita a olvidar
la crisis como algo ligado a teoría o práctica financiera
con la más enjundiosa de sus alocuciones, donde empieza preguntándose
por qué las leyes no detienen la mano homicida del monopoliste
como detienen al asesino común131.
Sanciona así el léxico de Roux y Varlet donde monopoliste
es sinónimo de persona con medios económicos abundantes-,
y argumenta a continuación las tesis sustantivas de ambos: 1)
los únicos derechos inalienables son colectivos;
2) el atesoramiento se evita con medidas penales. Su discurso se convierte
de inmediato en doctrina de la Montaña, zanjando cualquier duda
sobre el tema, y es el núcleo teórico de la nunca promulgada
Constitución de 1793. Ese mes había aparecido la versión
francesa del Derechos del hombre (1792) de Paine, que anticipa
el Estado del bienestar con instituciones como el salario mínimo
y un impuesto general progresivo sobre la renta, orientado a irla redistribuyendo
año tras año. Ciudadano honorífico francés
por su gran contribución a la independencia norteamericana, Paine
era miembro de la Convención en esos momentos elegido por
sufragio, como los demás- y cabía imaginar que sus ideas
tuviesen algún eco en Robespierre.
Pero el Incorruptible acaba de encarcelarle por sospechas de espionaje
para Inglaterra (donde lleva años condenado a muerte), y le tiene
pendiente de ejecución132.
El welfare de Paine parte de un Estado próspero por asegurar
la libertad de comercio, mientras el droit de subsistence consiste
en negarla. La Declaración de 1789 estableció que siendo
la propiedad un derecho inviolable y sagrado nadie puede ser objeto
de expropiación salvo cuando lo exija una necesidad pública
legalmente comprobada y evidente, y previa una justa indemnización133.
Robespierre adopta una perspectiva distinta:
La primera ley social es la que garantiza a todos medios de subsistencia.
La propiedad sólo se instituyó para cementarla [
]
y nunca puede oponerse a la subsistencia de los hombres. Todo lo indispensable
para la preservación es propiedad común. Sólo el
excedente es propiedad privada y se abandona a la industria de mercaderes.
Otra cosa es bandidaje y fratricidio, disfrazada bajo el sofístico
nombre de libertad comercial [
]
Se alega que la economía plantea problemas insolubles hasta para
genios, pero yo digo que no presenta dificultad alguna para el buen
sentido y la buena fe. La falta de circulación se soluciona suprimiendo
el interés de la codicia. No estoy confiscando propiedad privada,
y me limito a condenar al comercio a que deje vivir al prójimo.
[
] Nada ayuda tanto a un hombre como forzarle a que sea honesto.
Los enemigos de la libertad no pueden detener el curso de la razón
y el de la sociedad. [
] Las convulsiones desgarradoras son sólo
el combate entre las pasiones de los poderosos y los derechos de los
débiles 134.
Llega así la primera ley social, asimilada a los
preceptos que prohíben robar o matar y sancionan el deber de
cumplir los pactos. Su condición de jurista hace imposible que
Robespierre ignorara el problema de jurisdicción o instancia
aparejado a ello135,
pero ni el desabastecimiento planteado entonces ni el mucho peor que
sigue a convertir su discurso en la llamada Ley de Máximos le
presenta dificultad alguna. Una cosa es lo que efectivamente
suceda con productores y consumidores, sin duda temporal,
y otra una solución política intemporal. Suspender los
derechos personales a la libertad y la propiedad se compensa con derechos
sociales como la supervivencia, la fraternidad y el culto a la Patria.
Ser el primero en incorporarlos al ordenamiento positivo le convierte
en padre fundador de la democracia más tarde llamada popular
o real.
En junio de 1794 una Convención diezmada sustancialmente, donde
sólo votan un tercio de sus diputados originales, le nombra Presidente
por unanimidad y decreta de modo también unánime -a instancias
suyas- que el pueblo francés reconoce la existencia del
Ser Supremo y la inmortalidad del alma136.
Un nuevo calendario de celebraciones está a punto de comenzar
con la Fiesta a la Deidad, prototipo del evento didáctico masivo
que imitarán todas las variantes del Estado totalitario. Ingentes
cuadrillas de obreros han trabajado día y noche para levantar
en los jardines de las Tullerías una verdadera montaña
de cartón piedra, con capacidad para sustentar a miles de peregrinos,
coronada por un Hércules gigantesco el pueblo francés-
que sostiene a una pequeña estatua de la Libertad. Un coro formado
por 2.400 voces va a estrenar el himno compuesto al efecto, y un mecanismo
subterráneo hará que cuando el Incorruptible prenda fuego
a la efigie del Ateísmo emerja la Sabiduría. La alocución
que pronuncia recuerda en algunos puntos al rollo de Qumrán
llamado Combate entre hijos de la luz e hijos de la oscuridad:
La mitad del globo se encuentra en tinieblas,
mientras la otra está iluminada. Adelantado al resto del género
humano, el pueblo francés puede ofrecer al mundo el espectáculo
nuevo de la democracia afianzada en un vasto imperio [
]
La virtud es la esencia de la República. La revolución
que tiende a establecerla no es sino el paso del reino del crimen a
la justicia, superando esa gran operación tramada en las tinieblas
de la noche por sacerdotes, extranjeros y conspiradores [...]
La idea del Ser Supremo y de la inmortalidad del alma es una continua
llamada a la justicia, y es por ello social y republicana. Fanáticos,
no esperéis nada de nosotros. Exhortar a los hombres al culto
puro del Ser Supremo es asestar un golpe mortal al fanatismo [...]
Un sistema de fiestas bien concebido es el más poderoso medio
de regeneración popular. Celebrad fiestas generales y más
solemnes para toda la República; celebrad fiestas locales los
días de descanso, todas ellas bajo los auspicios del Ser Supremo
[
]
Augusta Libertad, tú compartirás nuestros sacrificios
con tu compañera inmortal, la dulce y santa Igualdad. ¡Festejaremos
a la humanidad, envilecida y pisoteada por los enemigos de la república
francesa! 137.
Verbo ardiente, frialdad con la vida
Conocido como el san Juan del Mesías Maximiliano138,
Saint-Just no simplificó tanto como él los procesos económicos
pero se abstuvo de disentir. En el clima de sospecha que informa el
quinquenio revolucionario poder fiarse de otro es el mayor tesoro, y
la confianza de Robespierre le abre una espectacular carrera política.
A los veintitrés años pronuncia su primer discurso parlamentario,
y a medida que el gobierno se transforma en dictadura asume responsabilidades
cada vez más altas, como el mando supremo de la policía
o la presidencia de la Convención. LAmi du Peuple
le nombra admirativamente arcángel de la muerte,
y desde Michelet sus hagiógrafos le conservan como principal
teórico de las instituciones republicanas.
En efecto, teórico ha pasado a ser sinónimo
del que no hace concesiones en materia de principios, y para apoyar
el principio supremo -la dicotomía auténtico/inauténtico-
parece singularmente agudo su lema: Ninguna libertad para los
enemigos de la libertad. Por otra parte, lo que realmente deslumbra
a colegas y público en general es su juventud, añadida
a ser elegante, muy apuesto y defendido de tentaciones sentimentales
por un rapto glacial (Robespierre). Cuatro años de
liderazgo radicalizan su idea de las relaciones entre ley y ética,
un asunto que va presentándosele de modo cada vez más
claro hasta desembocar en las líneas finales de su penúltimo
discurso. Propongo a la Convención el decreto siguiente:
Que el gobierno, sin perder nada de su ímpetu revolucionario,
no pueda tender hacia lo arbitrario ni favorecer la ambición139.
Así, el año I del nuevo calendario comienza con una asamblea
legislativa formada básicamente por juristas que promulga decretos
sobre el derecho de subsistencia, la inmortalidad del alma, el ímpetu,
lo arbitrario y la ambición. Los ponentes de esas leyes son ellos
mismos avocats, y verles reglamentando ese campo ilustra el brote
de omnipotencia que ha embargado al país. Es un hecho político
que vivir o morir depende de su opinión, y es un dato clínico
que el delirio persecutorio y el de grandezas van siempre juntos. En
junio de 1791, cuando Saint-Just termina su texto más extenso
el Espíritu de la revolución y la constitución
de Francia-, vive todavía en el acomodado aunque provinciano
hogar de su familia, y es tan pacifista como sólo puede serlo
un romántico:
¡No te perdono, Rousseau, gran hombre,
haber justificado la pena de muerte! [
] Cuando un Estado es lo
bastante infeliz para necesitar violencia su honor es la infamia [
]
Bienaventurado el país donde la pena sea el perdón, moviendo
al crimen a sonrojarse de vergüenza 140.
En diciembre de 1792 el todo o nada sigue operando como brújula,
pero en vez de exigir el perdón pide la cabeza de Luis XVI, algo
tanto más notable cuanto que la mitad de la Asamblea está
dudando entonces entre reducirle a figura decorativa o desterrarle:
No veo término medio. Este hombre debe
reinar o morir [
] A un rey no se le juzga por los actos de su
administración, sino por el crimen eterno de haber sido monarca.
No se puede reinar inocentemente 141.
Hay pues crímenes de nacimiento, como el pecado original, que
no se borran ni dimitiendo. Tanto si quiere como si no quiere, Luis
XVI debe reinar o morir. Un semestre más tarde, Saint-Just ha
tenido ocasión de aplicar su silogismo sin término medio
a otros muchos asuntos de vida o muerte, y recapitula: Desprecio
el polvo del que estoy hecho, pero desafío al mundo a que me
quite esa parte de mí que perdurará durante siglos y sobrevivirá
en los cielos142.
Su autocomplacencia se liga nuevamente a una escisión entre forma
y contenido que salva al poder absoluto, pues sólo son culpables
de reinar quienes porten corona. Marat, Robespierre o él mismo
pueden imperar sobre la vida, hacienda y opiniones de los franceses
sin perder un ápice de inocencia.
En efecto, el poder absoluto no es indeseable cuando lo guía
el bien público, y obrar en nombre de éste depende solo
del convencimiento personal. De ahí que sea legítimo el
golpe de Estado, una técnica usada por su facción y alguna
otra para sacar adelante sucesivas depuraciones y confluir en la máxima
concentración de facultades ejecutivas ensayada hasta entonces
en Europa, que es el Comité de Salud Pública. El telón
de fondo para las disquisiciones sobre poder e inocencia es la Convención
recién elegida, donde sigue estando en franca minoría
el partidario de la dictadura. Desde la perspectiva de la Montaña,
los comicios reflejaron la volonté de tous mera
suma de votos- en detrimento de la volonté générale
custodiada por los tribunos auténticos, arrojando como penoso
efecto un parlamento lleno de traidores.
Marat no necesita cambiar entonces de discurso, porque hablaba del final
desde el principio. Robespierre sí, y es esa fase abiertamente
golpista la que agiganta a Saint-Just como piloto y fontanero. Nada
más comenzar el año II, justificado como ideólogo
de los principios puros, alecciona e intimida a diputados y communards
con cuestionarios periódicos. Para fijar quién es quién,
una de sus preguntas reza así: ¿Qué acto
suyo le llevaría a ser guillotinado si llegase la contrarrevolución?143.
Dejar en blanco dicha casilla excluye de cargos públicos, desde
luego; pero carecer de hazañas represivas ¿no es en sí
una prueba flagrante de culpabilidad?
G. Couthon (1755-1794), que completa la tríada jacobina, nunca
tuvo el carisma de sus colegas y experimentó una evolución
muy análoga. En 1789 era liberal, pacifista y partidario de una
monarquía constitucional. La huída frustrada de los reyes
le radicalizó, y su creciente poder político acabó
de convencerle de que la clemencia es parricida por antipatriótica.
Aunque fuese paralítico, y debiera moverse en silla de ruedas
o a espaldas de otro, demostró notable energía para hacer
una leva masiva en su departamento (Clermont-Ferrand) y marchar con
60.000 milicianos contra la sublevada Lyón, en octubre de 1793.
Una vez tomada la ciudad, puso en marcha las atrocidades que acabaron
prácticamente con los notables del lugar, demoliendo gracias
a su ejército y sans-culottes lyoneses no menos de 600
casas del centro.
El oportuno decreto -que hizo época por reproducirse en Burdeos,
Caen, Arras, Rouen, Nantes, Marsella y otras ciudades sublevadas tras
la purga de girondinos-, ordenó acabar con todos los barrios
ricos144
y erigir un gran obelisco en el centro del distrito arrasado con la
leyenda: Lyon fit la guerre à la liberté / Lyon nest
pas. Desde entonces se llamaría Ciudad Liberada, borrándose
del mapa y el recuerdo todo cuanto no fuesen los barrios humildes y
leales a la libertad. Curiosamente, Couthon sería
llamado poco después a París para rendir cuentas de una
actitud considerada moderantista, cargo del que supo defenderse.
Iba a ser la mano izquierda de Robespierre para las purgas ulteriores,
y aunque tuvo conocimiento de que algo se urdía contra él
prefirió seguir a su lado hasta el final.
Que Lyón podía ser castigada con mucha más severidad
lo demostró Collot dHerbois, su sucesor, pues viendo que
la guillotina local no daba abasto inventó el sistema de atar
con cuerdas a grupos de unos cincuenta, cargar cañones con clavos
y ejecutar a esas reatas de presos por mitraillade. Su informe
a la Convención se congratula de que en menos de dos semanas
hayan dejado de existir 1.905 personas, y de que todos los censados
con un patrimonio de 30.000 libras o superior hayan sido intimados a
comprar su vida pagando esa cifra de inmediato145.
Una parte considerable de las condenas responde a actos de escribir
en paredes, o decir, merde à la république. Collot,
un actor y comediógrafo que años antes no tuvo éxito
dirigiendo el teatro de la ciudad, fue con su íntimo Billaud-Varenne
el dirigente que con más insistencia propuso redistribuir las
propiedades francesas al modo de Esparta146.
Cuando les llegue a ambos el procesamiento, en el otoño de 1794,
salvarán la vida a cambio de cadena perpetua en la Guayana.
Versiones sobre la religión civil
El alma de estos héroes sugiere a Tocqueville que ha nacido
once años después de la Grande Terreur- unas líneas
citadas a menudo:
Abolidas las leyes religiosas, al tiempo que
trastocadas las civiles [
] empezaron a surgir revolucionarios
de una especie desconocida [
] que no vacilaron jamás ante
la ejecución de un designio. Y no se crea que estos seres nuevos
hayan sido producto aislado y efímero de un momento, destinado
a perecer con él. Al contrario, llegaron a formar una raza que
se ha perpetuado y extendido por todos los confines civilizados de la
tierra, que conserva en todas partes idéntica fisonomía,
idénticas pasiones, idéntico temperamento 147.
Hablar de una especie desconocida pasa por alto manifestaciones
ya descritas en esta investigación, donde al pobrismo originario
se añade ya una hostilidad ante el desarrollo comercial e industrial.
Pero acierta de lleno al anticipar en 1858 que el fenómeno será
perenne en todos los confines civilizados, pues los progresos
en secularización, desahogo y autonomía promoverán
también programas de colectivismo dirigido y ortodoxia, equiparados
desde entonces con democracia auténtica. Como hubo ya ocasión
de examinar el nuevo sentido de la palabra libertad, no será
ocioso apuntar lo equivalente en el sentido de deber patriótico.
Salvo Suiza y Holanda, tan precoces en su apuesta por el autogobierno,
que el Estado tuviese una religión oficial empezó a desaparecer
de Europa cuando el parlamento inglés hizo decapitar al católico
Carlos I, en 1649. A partir de entonces el Estado sólo considera
sagrada su propia naturaleza democrática, y puede por ello asegurar
que ninguna confesión pacífica será perseguida
o discriminada. En contraste con unidades políticas previas,
instala una unidad de la unidad y la diferencia (Hegel)
que promueve el pluralismo ideológico y profesional, elevando
a derechos inalienables la libertad, la propiedad, la seguridad y la
crítica al Gobierno en funciones. Ser leal con la democracia
implica asumir lo que tales derechos tienen de deberes cívicos,
equiparables en hondura a los religiosos y a la vez independientes de
cualquier compromiso con una fe. El civismo resulta sagrado o intocable
precisamente porque es laico en vez de sectario.
Ninguna ciudadanía saluda tan entusiásticamente como la
francesa esa interpenetración del derecho y el deber que representa
el respeto por las instituciones democráticas. Pero ese entusiasmo
participa de la general ambivalencia, y las garantías democráticas
pasan a considerarse una tapadera para contrarrevolucionarios cuando
París se transforme en Commune Insurrectionnel. Sus líderes
pueden chantajear a partir de entonces a los sucesivos parlamentos,
controlar militarmente todo el país e identificar al republicano
con alguien llamado a imponer promesas salvíficas que centran
el civismo en adherirse a algún código fanático.
La defectuosa información de Rousseau sobre historia antigua
pasa factura precisamente en este punto, que sus apóstoles en
el tribunado popular francés se encargarán de amplificar
hasta la caricatura.
La religión civil grecorromana148
-como el resto de las indoeuropeas- regula el ritual que merecen las
fiestas ciudadanas y los muertos, sin dictar a los vivos ideología
alguna. La réligion civile dicta a los vivos toda suerte
de consignas, mientras siembra el escenario de dogmas e inquisidores.
Su alegada ruptura con el pasado postula invariablemente el mañana-ayer
neoespartano, un momentáneo paraíso de homicidas antes
escondidos o refrenados, que aprovechan el teatro de masas para mutilar
y matar en nombre del bien común. Si repasamos su fase álgida
desde la historia conmemorativa pensaremos que fue un intento de redimir
al pueblo, abortado por sus enemigos. Pero parece más ecuánime
ver allí una etapa que negó muchas cosas dignas de ser
negadas, y acabó con lo peor negándose a sí misma.
Como dijo un contemporáneo, sus inagotables enseñanzas
contribuirán de un modo u otro a que la condición
del hombre a lo largo del mundo civilizado acabe mejorando grandemente149.
En cualquier caso, la república neoespartana no duró más
que la propia Esparta tras vencer a Atenas, cuando un imprevisto manotazo
de los tebanos borró no ya su infatuación sino la propia
existencia de su Estado, suspendiendo la esclavitud del ilota que lo
había sostenido hasta entonces.
NOTAS
78
Marat, el 14/10/1792; cf. Schama 1989, p. 630.
79
Saint-Just, discurso a la Convención del 26/7/1794.
80
Billaud-Varenne, en la página web Bastiat-The Law.
81
Roux, Discurso sobre la majestad del pueblo francés (1793),
en Markov 1969.
82
Saint-Just, discurso a la Convención del 13/12/1792.
83
Véase supra, p. x.
84
La agrafia espartana hace de él un personaje sólo legendario,
al cual se atribuyen cuatro medidas para establecer la igualdad ciudadana:
redistribuir el territorio en lotes idénticos, sustituir la acuñación
de metales nobles por una moneda de hierro, prohibir artes superfluas
y establecer que todos los hombres comiesen siempre juntos. Ya hubo
ocasión de esbozar el contraste de estas leyes con la Esparta
histórica (véase supra, p. x-y). El capítulo que
Plutarco le dedica en sus Vidas paralelas reitera el pensamiento
político de Platón, que también ha sido expuesto
(véase supra, p. x-y).
85
Cf. Schama 1989, p. 764.
86
Sobre el sistema inglés no puede atribuírsele desinformación,
pues en 1754 -cuando su Discurso sobre el origen de la desigualdad
es prohibido en algunos países- Hume le ofreció el cobijo
de su propia casa. Rousseau supuso luego que estaba al servicio de sus
perseguidores y salió huyendo, en un acto que no sería
ni su primera ni su última reacción análoga. Me
inclino a pensar, con todo, que en este caso pudo hacérsele insufrible
la hospitalidad de alguien tan refractario a sermones, e incomparablemente
más culto.
87
Cf. Schama 1899, p. 806-807.
88
Véase supra, p.
89
LAmi du Peuple, Editorial del nº 625, 12/12/1791.
90
Fichte (1762-1814), cumbre de la filosofía romántica y
padre del nacionalismo alemán, dirá que el extravío
metafísico originario origen del mundo externo- es el acto
en cuya virtud el yo pone en el yo un no-yo, algo que inaugura
la pálida vida histórica, rara vez capaz de convertirse
en vida real; Fichte 1967, p. 19.
91
Camus, en saint-just.net, Quotes on Saint-Just.
92
Saint-Just, último discurso a la Convención, 27/8/1794.
93
Billaud-Varenne, el Rectilíneo, está en efecto preparando
el golpe de Estado del día siguiente; pero tiene su lado cómico
que alguien con su apodo, e incontables muertos a sus espaldas, pueda
adoptar un semblante amable y relajado.
94
Robespierre, en Schama 1989, p. 649.
95
Saint-Just, subrayado suyo; cf. saint-just.net, Quotes
by Saint-Just.
96
La publicada por Mignet en 1824.
97
Cf. Caron 1935. Hitos ulteriores en esta línea fueron el Quatre-vingt-neuf
(1939) de G. Lefebvre y la gigantesca tesis doctoral de A.Soboul (Les
sans-culottes parisiens en lan II, 1958), que desemboca en
sus tres volúmenes sobre La civilization de la Révolution
française (1971-1974).
98
Fundamentalmente Tallien, Billaud-Varenne, Danton, Pétion y Chaumette.
99
Soboul 1983, p. 653.
100
Ibíd. p. 654.
101
Cf. Furet 1981.
102
Estaba distribuido fundamentalmente entre tenderos, empleados, sirvientes,
operarios y canaille.
103
Furet 1981, p. 131. El comentario se dedica concretamente a Michelet.
104
Las Enmiendas iniciales a la Constitución americana, que establecen
lo equivalente, llegan un mes más tarde y no pueden compararse
en elocuencia con el texto francés, fuente de todas las constituciones
democráticas ulteriores.
105
Berlin 2001, p. 49.
106
El idéologue Helvecio, de quien proviene el ejemplo, lo
aprovecha para desaconsejar esa idea roussoniana de la libertad como
ridícula. Cf. Helvetius 1984, p. 114.
107
Robespierre, en Soboul 1983, p. 655.
108
Básicamente: no ser retroactiva, aprobarse por mayoría
parlamentaria y publicarse con suficiente antelación antes de
entrar en vigor.
109
Chaumette 1791, en Moya 2007, p. 213.
110
Bujarin 1920, en Berlin 2001, p. 68.
111
Roux, en Markov, 1969.
112
Moya 2007, p. 236.
113
Schama 1989, p. XV.
114
Berlin 2001, p. 97.
115
Belfort Bax, 1900. Este libro es, salvo error, su última biografía
extensa y totalmente encomiástica.
116
Carta a la Convención del 21/6/1793; Marat Archive, en marxists.org.
117
Artículo 7,2.
118
Editorial para el nº 25 del Père Duchesne.
119
El lema fue acuñado por Fouché, uno de sus principales
ayudantes. Tras instaurar oficialmente el deísmo, Robespierre
repuso: Los cementerios han sido profanados [
] Yo os digo
que la muerte es sólo el comienzo de la eternidad (discurso
a la Convención del 8/7/1794).
120
Reiterando criterios de Michelet y Soboul, eso sostiene Agostini 1999.
121
Cf. Schama 1989, p. 809. La frase textual se atribuye a Billaud-Varenne,
que con Chaumette y Collot dHerbois compone entonces su círculo
íntimo.
122
El 13/1/1793.
123
Roux, en Markov 1969, Compte-rendu sur lexecution.
124
Ibíd, Manifesto.
125
Fechado el 1/9/1793.
126
Varlet, en Schama 1989, p. 711.
127
Cf. Schama ibíd, p. 611. Hay alguna referencia adicional en la
página web ephémeride anarchiste.
128
Confiscar a parientes no emigrados de los emigrés, o cobrar
fuertes indemnizaciones a municipios belgas, neerlandeses,
alemanes e italianos por llevarles la libertad republicana.
129
Discurso a la Convención de 29/11/1792.
130
Haciendo gala de un realismo insólito para momentos donde todo
se explica por el complot del pan, unifica los medios de pago como signo
(signe) y afirma: La desproporción del signo tiende
a destruir nuestro comercio. Somos pobres como los españoles
por la abundancia del oro o del signo y la escasez de artículos
circulantes. El vicio de nuestra economía es el exceso del signo.
131
Discurso a la Convención del 2/12/1792.
132
El montaje cuenta con la ingrata anuencia del presidente norteamericano,
Washington, y el hecho de que termine salvando la vida se debe a una
mera casualidad, unida al volumen de guillotinados en 1794.
133
Artículo 17.
134
Robespierre, en robespierre.org.uk.
135
Por ejemplo, quien sea robado lo denunciará a la policía,
y quien vea incumplido un contrato pedirá al juzgado rescisión
e indemnización. ¿A quién recurre el indigente?
136
Cf. Schama 1989, p. 831.
137
Robespierre, en Moya 2007, p.280-283.
138
Cf. Wikipedia, voz Saint-Just.
139
Saint-Just, discurso de 27/7/1794. Párrafos antes ha justificado
su elementalidad diciendo que las leyes largas son calamidades
públicas.
140
Ob. cit. IV, 9, 11 y 12.
141
Discurso del 13/12/1792. Cursivas de Saint-Just.
142
Cf. saint-just.net, Quotes by Saint-Just.
143
Cf. royet.org/nea 1789-1794.
144
Cf. Schama 1989, p. 780.
145
Ibíd, p. 781-783.
146
Cf. supra, p. x.
147
Tocqueville 1982, vol. I, p. 169.
148
Cf. supra, p. x.
149
Jefferson 1987, p. 115.
©
Antonio Escohotado
LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO
http://www.escohotado.org
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