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LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO
XVIII. DE LA PRÁCTICA A LA TEORÍA
El beneficio es el goce de la vida, igualmente caro a pobres y
a ricos63.
Sin perjuicio de lo que ya hubiere sido escrito en holandés, los
primeros tratados sobre derecho mercantil llegan con la escolástica
española, y los relativos al origen y condiciones de la riqueza
aparecen algo después en Inglaterra y Francia64.
En sus comienzos es una literatura totalmente sobrepasada por la complejidad
del tema, que al identificar riqueza con metálico sostiene una
pirámide de absurdos65.
La excepción son unos pocos autores españoles66,
que tienen ante los ojos el resultado catastrófico de una gran
inyección de efectivo cuando no hay comercio ni industria donde
invertirla, e insisten en el valor añadido por el trabajo a cualquier
materia prima.
Por lo demás, estos tratadistas coinciden en considerar el comercio
como el oficio más noble, cosa digna de mención
atendiendo a lo que pensaba el espíritu medieval. Mientras Europa
crece en tejido económico ellos presagian un futuro de mejoras
en calidad de vida, que les lleva a redefinir un símbolo hasta
entonces sólo nostálgico como la Edad de Oro67.
Ahora no apunta al ayer sino al mañana, donde una prosperidad generalizada
podría cumplir lo soñado por Ovidio en la Roma de Augusto:
una multitud que no tiembla ante la presencia de su juez, y cumple
sin coacción el respeto (pietas) y la justicia68.
1. Atajos hacia la riqueza
Entre los primeros economistas abundan millonarios y altos
funcionarios públicos, a menudo de humilde origen, cuyo ideario
incluye un Estado absolutista como el defendido brillantemente por Hobbes
en su Leviatán (1651)69.
Francia e Inglaterra se han lanzado a una política de industrialización
y fomento del comercio a gran escala, inspirada en el éxito sensacional
de Las Provincias. Pero la mentalidad neerlandesa no se improvisa, y tanto
los autores ingleses como los franceses querrían someter el nuevo
horizonte a monopolio general (Malynes). En el ámbito
del elegir porque sí vigente en cada feria y cada tienda apoyan
una regla afín al cuartel y el convento, confiando a jerarquía
y órdenes fijos aquello que los holandeses encargan a iniciativas
autónomas y flexibles.
En Francia alguien capaz y dedicado como Colbert (1616-1683) revoluciona
una Administración vetusta con medidas fiscales y de otra índole
como suprimir 17 fiestas oficiales del calendario-, que triplican
las rentas públicas en poco tiempo. Aplica parte de esos fondos
a terminar la red de canales, promover industria y crear marina, inaugurando
escuelas de funcionarios y academias que sumadas al brillante ingenio
de tantos franceses- convierten su idioma en lengua oficial de Europa.
El país, tan superior a sus vecinos por extensiones de tierra fértil
y red fluvial, pasa de ser vapuleado por los tercios españoles
a vapulearlos, convirtiéndose en el nuevo gran peligro para la
independencia del resto. Por otra parte, allí impera un concepto
del derecho al trabajo como privilegio que el rey puede vender70,
innumerables profesiones son cargos públicos comprados y el despotismo
gremialista es regla.
Acercarse a la culminación de su grandeur significa por
ello avanzar también hacia la guillotina, última estación
para una Corte hipotecada a inauditas ostentaciones. Como quien comienza
una casa por el tejado, las dificultades financieras del monarca y su
círculo se van salvando con la invención de nuevas regalías,
y ningún particular hubiese podido escapar a la acción
de la justicia si hubiese administrado su propia fortuna como administraba
los fondos públicos el gran Luis XIV en el esplendor de su gloria71.
Un edicto suyo, por ejemplo, anula todos los títulos de nobleza
adquiridos durante los últimos 92 años buena parte
de ellos concedidos por él mismo-, explicando que deben volver
a comprarse porque fueron logrados por sorpresa72.
Luis XV repetirá la medida ocho décadas después.
El dirigismo de Colbert remite al testamento político de su mentor,
el cardenal Richelieu, que considera incompatible el desahogo del
pueblo y su sujeción a las normas, rubricado por un monarca
que algo después declarará: el Estado soy yo.
Una figura y otra enmarcan su decisión de abrir y cerrar industrias
por decreto, mientras somete cada rama fabril y comercial al arbitrio
de alguien con nombre y apellidos, delegado suyo. De él parte que
se castigue con pena de muerte a todo profesional que intente emigrar,
y que sean condenados a picota quienes incumplan sus controles industriales
de calidad, a menudo inaccesibles para los fabricantes del momento. Su
idea de la eficiencia económica, inseparable de la coacción,
le lleva a conseguir mano de obra gratis para la marina haciendo que los
jueces generalicen la antes infrecuente pena de galeras; los remeros restantes
serán reclutados a la fuerza entre vagabundos, mendigos y toda
suerte de extranjeros, desde rusos y turcos a indios iroqueses.
Considera que el interés nacional pasa por multiplicar todos los
aranceles, y cuando tal medida provoca desabastecimiento e inflación
deduce que Europa tiene recursos limitados, siendo inexcusable
devorar a Inglaterra o a Las Provincias. Puesto a elegir, propone que
el bien de Francia se cumplirá mejor atacando a los neerlandeses,
porque disponen de mucho más metálico y tienen la insolencia
de negar el poder absoluto. Pero no verá de rodillas a ese rival,
ni podrá impedir que la política de intimidación
termine vaciando las arcas públicas tan espectacularmente como
empezara llenándolas. Se cuenta de Colbert que sus últimos
años están presididos por la decepción, dado a revisar
todo menos su forma de promover el comercio y la industria.
La escuela mercantilista
El temperamento inglés no acoge con tanto entusiasmo el absolutismo
político, y los tratadistas llaman a su tema moral philosophy
como la cátedra que ocupará siglos después
Adam Smith-, entendiendo por moralidad los usos vigentes. Eso no les impide
tampoco proponer algo más afín a estrategias bélicas
que a una teoría de las costumbres comerciales. Desde Montchrétien,
cuyo criterio es asumido por el Discurso sobre el comercio (1621)
de Mun, resulta evidente para estos escritores que ninguna nación
puede enriquecerse traficando sino a costa de otra11. Nación próspera
equivale a nación vendedora exclusivamente, que exporta sin importar
cosa distinta de oro y plata. Inglaterra está en la fase pirática
de su imperio, y hasta los altos magistrados fantasean con una Hacienda
pública dedicada a enterrar tesoros como el capitán Kidd.
El axioma de que el comercio sólo puede ser unilateralmente ventajoso
incluye dos corolarios. Primero, que la industria propia debe ser protegida
de cualquier competencia. Segundo, que el metálico de calidad74
no sólo ha de conseguirse a todo precio, sino inmovilizarse en
previsión de guerras. El neerlandés Grocio ha escrito su
Mare liberum (1608) para pedir que los océanos estén
abiertos al tráfico, y la escuela inglesa responde con el Mare
clausum de Seldon, donde la seguridad marítima se liga a pactos
y peajes. Para Grocio el dinero es un instrumento de crédito; para
el mercantilista la riqueza simple y únicamente (Colbert).
Elevado a principio y fin de todo, el stock de metálico fascina
a quienes todavía no saben generar dinero en función de
alguna expertise.
El hombre más rico de Inglaterra en su tiempo, sir Josiah Child,
ha renunciado a las partes más rudas del ideario sostenido por
Malynes, Mun, Misselden y otros apóstoles del monopolismo exportador
británico. Con todo, su Nuevo discurso sobre el comercio
(1668) no descarta fuerza subrepticia y violencia para asegurar
el privilegio de mercado, versión actualizada del ius
emporii altomedieval que monopolizaban en su día abades y obispos.
A su juicio el comercio exterior produce riqueza, la riqueza poder
y éste defensa para nuestro comercio y nuestra religión75.
No hay término medio entre comercio interior y exterior, y tampoco
manera de rehuir una escisión más amplia: a título
de consumidores es sencillo encontrar bienes comunes el progreso
industrial, sin ir más lejos-, mientras como productores todo son
bienes particulares y conflictivos.
En definitiva, es imposible que los países intercambien artículos
sin que uno vea reducido su stock de metales nobles, cosa a su vez intrínsecamente
ruinosa. El sello ebionita persiste tanto en esta convicción de
funcionarios y mercaderes como en el contemporáneo movimiento de
los niveladores (levellers)76,
que considera robo la propiedad privada y llama estafa a los tratos comerciales.
Vivir para el dinero, o contra él, no cambia que ambos coincidan
en la compraventa como castigo de un contratante por otro, pues el café
para todos sólo convence en zonas de gran tradición mercantil
como Flandes o el norte de Italia. En el resto de Europa el comercio se
sigue entendiendo como algo tanto más legítimo y seguro
cuanto más derive de conquista y trato con indefensos o incautos.
La oposición entre Dios y Dinero se ha cancelado en gran medida,
pero el principio de que todo lo foráneo nos corrompe
(Montchrétien) 15 mantiene el comercio como victoria sobre extranjeros
e infieles.
A medio camino entre ingenuidad y cinismo, otras tesis de la escuela inciden
en lo pintoresco. Child, pongamos por caso, cifra los males de su época
en banqueros sin escrúpulos, una clase media tentada por lasciva
ociosidad y un pueblo bajo ávido siempre de lujos. La cifra
idónea de hijos por familia sería catorce, y la panacea
una reducción en el tipo de interés al 4% o menos, consumada
coercitivamente por el Parlamento. Su compatriota Thomas Manley publica
a renglón seguido un opúsculo refutatorio, alegando que
la bajada de tipos incrementaría la embriaguez78.
Ninguno se detiene a reflexionar sobre los aspectos técnicamente
oportunos79.
El legado del mercantilismo a la posteridad es la balanza comercial, un
hallazgo analítico que permite considerar el conjunto de una economía
comparando sus exportaciones e importaciones. Pero los mercantilistas
son amigos y enemigos del comercio inseparablemente, y creen que un superávit
en la balanza mide la suma de los beneficios privados netos de un
país80.
Los bienes económicos parecen una magnitud fija definida por el
punto de partida, como la cantidad de calor o frío que admite cierta
epidermis sin quemarse. Un siglo después Smith atestigua que
ningún país se ha arruinado por una balanza [comercial]
desfavorable, y que lo importante es el equilibrio entre producción
y consumo81.
2. Teóricos propiamente tales
El primero en observar que 100 libras cambian sensiblemente pasando por
100 manos fue sir William Petty (1623-1687)82,
a quien correspondería también demoler la ecuación
tradicional entre ganancia propia y pérdida ajena. Inventó
el arte de razonar con cifras sobre cosas relativas al gobierno
la aritmética política-, y sostuvo que
la riqueza se genera a partir de ella misma, un proceso asegurado mientras
el trabajo creativo se mantenga a cubierto de requisas arbitrarias. El
dinero es un medio, no un fin, y si bien su falta enferma, su exceso
arruina la flexibilidad83.
El metálico se usará óptimamente fundando bancos,
que aceleran su circulación al agilizarla con otros medios de pago.
Apoya un régimen de impuestos indirectos exclusivamente, como su
maestro Hobbes84,
añadiendo a ello una prefiguración del subsidio de paro
y prestaciones afines. Como los impuestos devuelven servicios públicos
ofrecidos al ciudadano, y algunas personas no han podido disfrutarlos
por distintas circunstancias, quienes vivirían de la caridad
o el crimen deben tener una asignación regular y adecuada del Fisco85.
Por lo demás, sospecha que el dirigismo será incapaz de
doblegar las inclinaciones espontáneas, y en Verbum sapienti
(1664) se opone a regular por decreto el tipo de interés, porque
resulta vano y estéril oponer leyes positivas a los dictados
de la naturaleza.
Otro paso en esa dirección da Charles Davenant (1656-1714), que
también es un public servant y se ve llevado -para vivir
desahogadamente- a componer textos contradictorios. Cuando es Inspector
General de Importación y Exportación defiende toda suerte
de trabas gubernamentales al comercio, aunque antes ha publicado el Ensayo
sobre nuestro tráfico con las Indias Orientales (1696), un
texto donde discute el embargo sobre telas de la India que el Parlamento
estudiaba para proteger a la industria inglesa. Allí mantiene que
la medida producirá pérdidas para artesanos y comerciantes
locales, pues buena parte de las cargas supuestamente lesivas para el
interés nacional se destinan a la reexportación añadiéndoles
o no algún valor-, y Las Provincias asumirán gustosamente
el negocio vetado por ley. Aprovechando esas consideraciones, el Ensayo
incluye dos párrafos célebres:
El comercio es libre por naturaleza, encuentra sus propios canales
y guía mejor que nadie su propio curso. Todas las leyes promulgadas
para gobernarlo y dirigirlo, o para limitarlo y reducirlo, podrán
ser útiles para los fines de hombres particulares, pero rara
vez servirán al bien público [
] En general, todo
tráfico, sea el que sea, resulta beneficioso para el país.
Se dice que tener pocas leyes indica sabiduría de un pueblo,
pero más aún debería decirse que tener pocas leyes
relacionadas con el comercio es una característica de las naciones
que prosperan traficando86.
Lo siguiente en esa línea es el Sistema o teoría del
comercio mundial (1720), un opúsculo de Isaac Gervaise, del
cual apenas se sabe que nació en París hijo de un
maestro sedero- y vivió la mayor parte de su vida en Londres. Cuarenta
y tantas páginas le bastan para presentar las economías
políticas como organismos que compensan dinámicamente sus
elementos, y pueden ser comprendidas examinando el sistema
de los mercados. El comercio es una entidad con leyes propias, como la
sintaxis de cada lengua, pero precisamente por eso su estructura será
invisible mientras la observación siga siendo suplantada por banales
juicios de valor. Entender esta materia demanda sencillamente ser capaz
de captar la concatenación de unos procesos y otros.
Los aranceles, por ejemplo, podrán justificarse por reciprocidad
-como reflejo de trabas impuestas por otros países-, pero en cualquier
otro caso (e incluso quizá en ése) estorban la asignación
racional de recursos. La existencia del conjunto implica que ninguna
nación puede estimular manufactura alguna sin desanimar al resto
de quienes producen [
] pues ese privilegio atraerá a trabajadores
de otras manufacturas87.
Quien proponga defender una industria naciente tendrá la bondad
de precisar cuántos años precisa para ponerse a la altura
de sus rivales. Si la respuesta es indefinidamente como sugieren
ingleses y franceses- incurre en un absurdo tiránico: priva a sus
ciudadanías de manufacturas dignas por permitirse un
derroche tan estéril como desmoralizador88.
Gervaise coincide con Petty en la inflexibilidad que se deriva
de tesaurizar oro y plata, al mismo tiempo que analiza la acción
de lo inverso en las crisis bursátiles89.
Sus palabras finales se distinguen poco de las conclusiones avanzadas
por Davenant tres décadas antes, aunque ha hecho más por
el acercamiento de práctica y teoría:
El comercio nunca estará mejor que siendo natural y libre.
Forzarlo con leyes o tasas es siempre peligroso, pues aunque sea aparente
un beneficio o ventaja es difícil percibir su contragolpe (contrecoup),
que como mínimo tendrá el tamaño del beneficio
pretendido, y normalmente lo sobrepasará [
] Las personas
buscan y encuentran los medios más sencillos y naturales para
alcanzar sus fines, y sólo la coacción les desviará
de ello.
Primeras intuiciones del equilibrio
El banquero irlandés Richard Cantillon, que murió asesinado
por sirvientes codiciosos, trasciende la estrechez de anteriores
cadenas de raciocinio90
y consuma el planteamiento científico de la economía política
al explicar las relaciones sin enjuiciarlas91.
Su Essai describe cómo dos factores productivos primarios
tierra y mano de obra- generan un flujo circular de rentas, cuyo
resultado es un ajuste entre valores de uso y valores de cambio, precios
normales y precios de mercado. El señor cede la feracidad
de sus dominios aspirando a disfrutar de una vida desahogada, el siervo
los explota para subsistir, y de esa interacción brotan cuatro
mercados (el inmobiliario, el laboral, el de necesidades y el de lujos)
con sus correspondientes valores monetarios, que van fijándose
conforme a la proporción de artículos ofrecidos y dinero
dispuesto a comprarlos.
Por lo demás, la tierra y el trabajo suscitan economías
políticas merced a la institución de la propiedad, que determina
también una irrefrenable tendencia del comercio a ser libre. Los
mercantilistas son por eso comerciantes ajenos a la naturaleza del comercio,
cuya propensión a confundir causas y efectos les impide
entender hasta procesos tan sencillos como la ruina española92,
una demostración palmaria de que el stock de metálico no
necesariamente una condición de la opulencia. En términos
comparativos, un país será tanto más rico cuanto
mayor sea la cantidad de trabajo disponible allí, pero
lo esencial es no dejarse desorientar sobre la prosperidad:
La tierra es la fuente de materia que produce toda suerte de
riqueza. El trabajo humano es la forma productora, y la riqueza en sí
nada es sino los alimentos, las conveniencias y las cosas superfluas
que hacen agradable la vida93.
La sociedad medieval adoctrinaba al señor y al siervo en un parejo
desprecio ante lo cómodo, mandando que el primero sólo derrochase
por deber y el segundo se ciñera por gusto a estrictos mínimos.
Contraponía lo necesario a lo agradable por el mismo motivo que
fundaba los títulos de propiedad en violencia y conquista94,
o vendía la salvación post mortem; pero ha llegado
un mundo donde posibilitar lo superfluo resulta más conducente
al bien común que la oración y el culto a una santa pobreza95.
Cuando las transmisiones pasan a ser contractuales libres y pacíficas
al tiempo- crece una oferta de bienes en su mayoría ficticios o
artificiosos para el espíritu del caballero, el religioso y el
siervo, pero ese mercado de cosas prescindibles es el modo más
eficaz de asegurar las imprescindibles.
Seres de tercer tipo
La dinámica descrita por Cantillon descubre resortes que desafían
cualquier voluntad apoyada sobre los medios conocidos de influencia. Los
mercados no reaccionan como una herramienta al mandato de su operario,
y tampoco responden a la intimidación con cosa distinta de parálisis.
Segundo a segundo van ajustándose a una imprevisible pluralidad
de actores y hechos, tan superior por finura y entidad a órdenes
basados en toques rutinarios de campana o clarín como una lengua
a las reglas de ortografía y puntuación propuestas por su
Academia. Sólo una laboriosa y humilde observación permite
influir de algún modo útil en sus operaciones, y será
vana o incluso contraproducente cualquier medida unilateral de control96.
Si se prefiere, cada economía es un conjunto lo bastante tenso
como para que cualquier acción en algún sector induzca movimientos
compensatorios en el resto, y mirarlo así evita simplezas. Las
minas de carbón, por ejemplo, ahorran muchos millones
de hectáreas destinadas en otro caso a producir madera97.
Basando su existencia en un manejo de la incertidumbre, el empresariado
ahorra al resto de la sociedad asumir (directamente) el riesgo por
cambio en los precios98.
El dinero, aparentemente una abstracción impuesta al mundo concreto,
mantiene una paridad constante con él considerando que cualquier
magnitud de efectivo equivale a la renta de cierta tierra. Para
la determinación de su valor la velocidad de circulación
es tan importante como su cantidad, y eso explica los efectos devastadores
que tiene para un país atesorarlo simplemente. Basta analizar la
interpenetración de elementos y funciones para que el conjunto
deje de ser arbitrario.
El Essai de Cantillon anticipa así El espíritu
de las leyes de Montesquieu y los ensayos sobre política económica
de Hume, dos obras que aparecen en 1748 y quizá se sirven de alguna
versión suya inédita99.
Común a esas tres investigaciones es vulnerar la división
del mundo en sujetos conscientes y objetos inertes, voluntades y cosas,
poniendo de relieve entidades que no caben en el casillero de lo mental
ni en el de lo extramental pero despliegan una evidente capacidad para
autoorganizarse. Al analizar los usos jurídicos Molina había
percibido precozmente una obra humana ajena a humano designio,
y seguir esa precisa línea de investigación acaba inspirando
el tratado de Smith sobre las causas de riqueza (1776) y el de Kant sobre
la estructura del entendimiento (1781). El creacionismo, tan vigente hasta
entonces en todas las ramas del saber, no resulta ya satisfactorio para
unas ciencias del hombre (Hume) que descubren procesos evolutivos
a cada paso.
La nueva manera de ver e investigar deriva de la sagacidad y el estudio
de individuos concretos, que en vez de pontificar sobre extremos examinan
términos medios. Con todo, son hijos de sociedades menos acosadas
por la intemperie, cuya idea del más allá no se sobrepone
a un aquí/ahora de utilidades prosaicas. En tiempos de Cantillon
más de un tercio de los que nacen en Europa mueren durante
el primer año100,
cosa no tan terrible cuando solían morir más de la mitad
y se vislumbra un futuro halagüeño sin necesidad de milagros,
basado sencillamente en aprovechar los innumerables caballos de fuerza
ya añadidos al proceso productivo.
Con la opulencia ha llegado también un riesgo crónico de
sobreproducción, que desata quiebras y paro por exceso de manufacturas
tras milenios de sufrir básicamente por lo contrario, pero la productividad
mantiene un crecimiento sostenido en el ingreso per capita. Aunque a las
guerras de religión hayan seguido guerras nacionales, el comercio
ultramarino y la industrialización doméstica compensan sus
devastaciones, y hasta en Francia el país más problemático-
la ruina galopante es un asunto de la Corte que no afecta al crecimiento
económico de su clase media, tanto urbana como rural. Contemplado
a distancia, un mercantilismo a lo Colbert parece la ideología
espontánea de un país cuando empieza a desarrollar su industria.
Arbitra cinturones protectores para los derechos creados hasta alcanzar
cierto grado de madurez, a partir del cual empieza a inclinarse hacia
el librecambio101.
Dicha secuencia se observa en Francia y con singular claridad en Inglaterra,
que tras acoger como rey al duque de Orange inventa una monarquía
ni absoluta ni centralizada burocráticamente. No es una democracia
formal aunque sí un sistema político que se organiza equilibrando
el ejercicio de la coacción con una independencia del poder judicial,
el legislativo y el ejecutivo, definida por Montesquieu como moderación
del poder. Esto sigue el camino desaconsejado por Hobbes, pero en vez
de evocar la catástrofe anunciada por su Leviatán
inaugura el Estado europeo más inmune a la guerra civil. Decantarse
por un gobierno débil coincide con uno de los mayores progresos
registrados en el vigor y la prosperidad de un país102.
3. Un amigo del comercio
David Hume (1711-1776), cuya teoría del conocimiento despertaría
a Kant del sueño dogmático, cifró la
honradez intelectual en argumentar con sentido común y un par de
buenos ejemplos, dando muestras de gran capacidad para captar las excepciones
a cada regla. La filosofía nunca recobró su autocomplacencia
después de que él explicara por un engranaje de ventajas
sociales lo derivado hasta entonces de una razón metafísica,
disolviendo todo lo general en hábitos e inclinaciones103.
Pero su escepticismo en materia de fe no le llevó a dudar del mejoramiento
humano, sino a fundarlo sobre la industria. Como observó su pupilo
más célebre:
El comercio y la fabricación de manufacturas han ido introduciendo
gradualmente el orden y el buen gobierno y, con éstos, libertad
y seguridad para poblaciones que habían vivido hasta entonces
en un estado de guerra casi continua con sus vecinos, y de servil dependencia
respecto a sus superiores. Aunque estos efectos han sido los menos observados,
son con mucho los más importantes de todos. El señor Hume
es, al menos de cuantos yo conozco, el único escritor que se
ha dado cuenta de ello104.
El novedoso punto de vista se expone en obras muy vastas105
tanto como en ensayos breves sobre temas de economía106,
que coinciden en una crítica de la mezquina y torcida opinión
según la cual nadie puede prosperar sino a expensas de los demás107.
Esa idea de la compraventa como acto lesivo necesariamente para alguno
de los contratantes es el fundamento de que Inglaterra y otros países
pretendan vender sin comprar, o comprar sin vender, apoyándose
al efecto sobre cañonazos y chantajes. A Hume semejante política
no sólo le parece inhumana sino contraproducente y anacrónica
en Estados ya comerciales, que han sustituido el culto a la fuerza militar
y la magia clerical por una producción abundante de commodities,
encaminándose gracias a ello a una prosperidad casi inevitable.
Pero la inercia de aquella mezquina y torcida opinión es una ceguera
de la cual manan equívocos en cascada, empezando por los vigentes
sobre el dinero, la tasa de interés o la balanza de pagos. Como
el dinero no es ninguna de las ruedas del comercio, sino el aceite
que suaviza su movimiento108,
la afluencia masiva de oro y plata en países sin tejido industrial
ni hábitos inversores dispara una inflación que acaba por
despoblarlos, como muestran Portugal y España. De hecho, cada nivel
de laboriosidad supone cierto nivel de efectivo. En cuanto
al interés, nada parece un signo más seguro del estado
floreciente de una nación que no padecer tipos altos; pero
esto no se logra con decretos y ni siquiera depende del metálico
atesorado, porque nace de una situación donde abundan al tiempo
el lujo, la frugalidad, las manufacturas, las artes y la industria109.
Lo inseparable del lujo y la frugalidad es el resultado de que haya llegado
a surgir un grupo donde el amor por las ganancias prevalece sobre
el amor al placer, cuya existencia promueve enérgicamente
la acumulación y favorece en esa medida al resto.
La balanza de pagos, por último, puede ser un estado de cuentas
-siempre parcial, desde luego- o mantenerse como disparate ideológico.
En este caso imita a naciones ignorantes en materia de comercio,
que intentan guardar para sí lo que consideran valioso y útil
sin comprender que obran de un modo directamente opuesto a su intención,
pues cuanto más se exporte de algún bien más se producirá
en casa110.
El otro extremo de esta incoherencia es importar sólo oro y plata
-como propone el dogma mercantilista-, prohibiendo su salida a cambio
de manufacturas extranjeras. Dicha política sería un modo
unilateral de enriquecerse si no pasara por alto la realidad efectiva,
que es un restablecimiento permanente y automático del equilibrio111.
Las manufacturas se desplazan de modo gradual, abandonando aquellos
países a los que ya han enriquecido y volando hacia otros, a
los que son atraídas por la baratura de las provisiones y del
trabajo. Cuando hayan enriquecido también a estos países
serán deportadas de nuevo, y por las mismas causas112.
La rivalidad comercial
Automático no significa instantáneo, y la tendencia a estados
de equilibrio convive con una elasticidad que acorta o acelera cada efecto113.
Además, la renta nacional depende de mecanismos puntuales o momentáneos,
pero es función ante todo de sus instituciones y costumbres. La
holandesa e inglesa supera de largo a la de España, Francia y otros
territorios con mejor suelo y clima, sin duda porque allí
el Estado no ha aprendido aún a repartir más equitativamente
la carga tributaria y proteger los derechos individuales de propiedad.
Allí donde hay gobiernos autolimitados hay prosperidad y civismo,
pues desarrollo económico y progreso social son fenómenos
indisociables. Una vez emancipadas del yugo clerical-militar, todo cuanto
necesitan las sociedades para despertarse al deseo de una vida más
espléndida114
es renunciar a la creencia de que algún país debe o puede
mantenerse hegemónico.
El ensayo de Hume dedicado a la rivalidad comercial anticipa la guerra
anglofrancesa de los Siete Años, y termina haciendo votos por la
prosperidad de Alemania, España, Italia e incluso Francia115,
los adversarios del momento. Aclara allí que no habla sólo
como hombre sino como súbdito de Gran Bretaña,
orgulloso de pertenecer a la superpotencia del momento; pero eso refuerza
-si cabe- la convicción de que el bien ajeno y el propio coinciden:
Nada tan corriente entre Estados que han hecho algún
progreso en el comercio como mirar con recelo a sus vecinos, considerarlos
rivales suyos y suponer que ninguno puede prosperar sino a expensas
de los demás. Frente a opinión tan mezquina y torcida,
me atrevo a afirmar que el aumento de la riqueza y el comercio de una
nación no sólo no perjudica sino que de ordinario fomenta
los de sus vecinos, y que es difícil que un país pueda
hacer grandes progresos si los que le rodean se hallan hundidos en la
ignorancia, la indolencia y la barbarie [
] Si se mantiene la libre
comunicación entre naciones, es imposible que la industria de
cada una deje de mejorar con los progresos de las demás. Compárese
la situación de Gran Bretaña con la de hace dos siglos.
Todas las artes, tanto agrícolas como manufactureras, eran entonces
muy rudas e imperfectas; y cuantos progresos hemos hecho se deben a
nuestra imitación de los extranjeros116.
La reciprocidad parte de ventajas mutuas117, y el tópico de los
bienes conflictivos aquellos donde la posesión
de uno veda la de otro- se refuta desarrollando pericia productiva. Bienes
reputadamente no conflictivos por infinitos, como la verdad religiosa,
la identidad nacional o los valores de casta parecerían fundar
un mayor acuerdo entre el bien general y el particular, pero son vínculos
excluyentes que en realidad promueven guerras internas y externas, cuando
no estancamiento. El supuesto foco primario de divergencia las actividades
ligadas al lucro- construye un nexo tan local como cosmopolita, que asegura
de modo más seguro y constante el interés común.
Fundar la política económica sobre principios distinto de
la libertad y el rendimiento fomenta vaguedades melifluas, que serán
interrumpidas aquí y allá por gruñidos mesiánicos.
Terrenal y falible, la justicia instaurada por el desarrollo del comercio
alterna con la venalidad y la corrupción, rasgos muy bien conocidos
también en el mundo precomercial, aunque añade a ellos un
progreso en artes y ciencias. Ante todo, invita a dejar atrás la
compartimentación del mundo en bueno o malo, verdadero o falso,
positivo o negativo, oponiendo al dualismo en general algo que ha llegado
a realizarse merced al trabajo y la paciencia. Exigir a la nueva sociedad
algo más que un equilibrio siempre inestable, sostenido sobre progresos
graduales, supone retroceder a rudezas maniqueas. La experiencia aconseja
no atribuir a ninguna obra humana la inmortalidad que el Todopoderoso
parece haber negado a las suyas118.
Antonio Escohotado
Julio, 2007
NOTAS
63
Hobbes (1651) 1979, p. 417.
64
Anticipados por el Discurso sobre la prosperidad pública
que publica John Hale en 1581. La expresión economía
política no se emplea hasta 1615, en el Traité
de Économie Politique que publica Antoine de Montchrétien.
65
Schumpeter 1955, p. 412.
66
En algunos casos funcionarios de la Inquisición, como Pedro Fernández
de Navarrete (Discursos, 1621) o Francisco Martínez de
la Mata (Memorial sobre la despoblación, pobreza y esterilidad
de España, 1650).
67
Tras morir el tirano ateniense Pisístrato (VI a.C.), los ciudadanos
pensaron que a despecho de su odiosa autocracia- había
traído a la ciudad una época de prosperidad excepcional
(áurea); cf. Aristóteles, Constitución
de Atenas, 13-17.
68
Metamorfosis 89-91.
69
Hobbes alega también el derecho inalienable del súbdito
a vida y bienes, algo insólito en buena parte de
una Europa septentrional que combina profesionalismo y barbarie. El
influjo positivo y negativo de Hobbes en el debate sobre derechos civiles
haría de él una especie de aliado malgré soi
de los demócratas.
70
Tocqueville 1982, vol. I, p. 129.
71
Ibíd., p. 128.
72
Ibíd, p. 127.
73
Cf. Heckscher 1955, vol. II, p. 26.
74
Thomas Gresham (1519-1579), un financiero formado en Amberes que crea
la Bolsa de Londres, ya ha advertido a Isabel I que la moneda mala expulsa
a la buena, estimulando su reconversión en lingotes.
75
Child, en Schumpeter 1995, p. 399.
76
Véase supra, p.
77
Cf. Schumpeter 1995, p 395.
78
Cf. Spiegel 1967, p. 188-189.
79
Por ejemplo, no tanto la relación entre efectivo circulante e
interés como la de este último y la tasa habitual de beneficio
para las empresas de cada país o territorio. Hasta Hume no se
observa que si hay pocas industrias, y organizadas a partir de superbeneficios,
el interés será más alto que si compiten muchas
que viven de beneficios pequeños y economías de escala.
80
Schumpeter 1995, p. 412. Trasladado al presente, Norteamérica
sería muy pobre e Irán muy rico.
81
Smith 1982, p. 440.
82
Secretario de Hobbes en su juventud, luego consejero de Cromwell y también
de Carlos II (hijo del rey decapitado por aquél), sentó
las bases de la estadística moderna y se adelantó a todos
en comprender la economía política como un sistema de
equilibrio basado sobre factores primarios, concretamente la tierra
y el trabajo. Fue también el primero en hablar de renta
nacional, y calcularla por años (unos 40.000.000 millones
de libras en 1664). Su proyección hecha a partir de los
rudimentarios datos disponibles- le llevó a sugerir que Londres
tendría unos diez millones de habitantes a finales del XIX, cuando
por entonces no llegaba al medio millón.
83
Petty 1899, p. 113.
84
El Leviatán parte de que la igualdad impositiva
no depende de la igualdad de riquezas, sino de la deuda idéntica
que todos tienen con la República (Commonwealth).
Pero esto sólo se asegura cuando las imposiciones se establecen
sobre aquellas cosas que los hombres consumen. En otro
caso los trabajadores y ahorrativos pagarán más que los
ociosos y derrochadores; Hobbes 1979, p.416-417.
85
Petty, en Spiegel 1967, p. 165.
86
En Spiegel 1977, p. 172.
87
El texto está colgado en varias páginas web, entre ellas
el Avalon Fund de la Universidad de Yale y los onlinebooks@pobox.upenn.edu
89
El crédito tiene consecuencias perniciosas para la nación
que lo usa o estimula excesivamente, porque sólo existe entonces
al precio de hacer que la moneda (coin) desaparezca.
90
Schumpeter (1914) en Hayek 1995, p. 269. Esas luctuosas circunstancias
explican que el manuscrito de su Ensayo sobre la naturaleza del comercio,
escrito probablemente en inglés hacia 1734, sólo se publicase
dos décadas más tarde y en francés. Uso ese texto
de 1755 en una versión online no paginada, y numero los párrafos
de cada capítulo para identificarlos.
91
Hayek 1995, p. 270.
92
La descripción que hace Cantillon del proceso es dinámicamente
ejemplar: Si sigue extrayéndose oro y plata de las minas
todos los precios crecerán hasta el punto de que no sólo
los terratenientes elevarán considerablemente los sueldos de
sus criados y el precio de sus arrendamientos rústicos al expirar
los plazos [
] sino que mecánicos y trabajadores elevarán
tanto los de sus artículos que habrá un beneficio considerable
comprándolos más baratos al forastero [
] con la
consiguiente ruina gradual para los fabricantes locales, incapaces de
hacer frente a la carestía de la vida en su tierra.
Cuando esa abundancia de oro y plata haya disminuido la población
e impuesto gastos excesivos a sus habitantes [
] el Estado se verá
obligado a enviar cada año fuera el producto obtenido de sus
minas, haciéndose cada vez más dependiente de aquellos
a quienes paga sus importaciones. Cesa la gran circulación de
dinero que caracterizaba a los comienzos, llegan en su lugar pobreza
y miseria, y el trabajo en las minas sólo resulta ventajoso para
sus empleados y para los extranjeros que se benefician de ellas. Esto
es aproximadamente lo que le sucedió a España desde el
descubrimiento de las Indias (II, 6, 1-3).
93
I, 1, 1.
94
I, 11, 1.
95
Los monjes no son de utilidad alguna, ni implican ornamento en
paz o en guerra, salvo en el Paraíso [
] Los Estados que
abrazaron el protestantismo, y no tienen monjes ni mendigos, se han
convertido visiblemente en los más poderosos (II, 16, 11).
96
Cantillon destaca como caso de reforma contraproducente la tarifa prohibitiva
que Isaac Newton por entonces director de la Casa de la Moneda
inglesa- impuso a la plata acuñada en 1717.
97
Ibíd I, 16, 2.
98
II, 13.
99
Sabemos que Montesquieu era buen amigo de la familia Cantillon, y que
Hume dispuso de varias oportunidades -en Francia y en Inglaterra- para
conocer el texto antes de aparecer publicado; cf. Cannan 1929, p. 20
y ss.
100
II, 15, 5. Gran parte de la población, añade, come
ajo, pan y tubérculos, va vestida de cáñamo, usa
ropa interior muy burda y no bebe más que agua.
101
Es la tesis, ampliamente argumentada, de Heckscher 1955.
102
Hayek 1995, p. 101.
103
Hegel 1955, vol. 3, p. 383. Hume creó el tipo moral del
egoísta amable, sereno y humano, que ama sobriamente el placer
(Schumpeter 1995, p. 168).
104
Smith, en Spiegel 1973, p. 285.
105
A los 26 años terminó su monumental Tratado sobre la
naturaleza humana (1740). La Historia de Inglaterra, publicada
póstumamente (1778), ocupa seis gruesos volúmenes.
106
Agrupados en los Political Discourses (1748).
107
Of the Jealousy of Trade, II, 6, 6.
108
Of Money II, 3, 1.
109
Of the Jealousy of Trade II, 6, 20
110
Of the Balance of Trade II, 5, 1.
111
Cuando un país vende a otro más de lo que compra, su efectivo
crece en la misma proporción que merma el del otro. Con todo,
esa afluencia de dinero acaba elevando los precios en el vendedor, que
a partir de cierto momento son demasiado altos para mantener inalteradas
las exportaciones, cuya reducción atrae por su parte importaciones.
El país comprador, en cambio, ha perdido liquidez y resulta más
barato, lo cual induce una inversión en el flujo de efectivo.
112
Of Commerce II, 3, 3.
113
Por ejemplo, aunque la balanza comercial positiva de un país
suponga automáticamente una elevación de sus precios (comparados
con los del país que asume la balanza negativa), el encarecimiento
no resulta inmediato ni homogéneo, y empieza multiplicando su
industria (con las consiguientes mejoras en empleo e ingresos). Keynes
se servirá de este análisis para apoyar su modelo de welfare.
114
Ibid, II, 1, 12.
115
Hume 1994, p. 146.
116
Of the Jealousy of Trade, II, 6, 6. La gentileza de Hume le lleva
a exagerar, desde luego, cuando niega a Inglaterra un puesto de honor
en la historia del desarrollo industrial.
117
Si nuestras estrechas y malignas políticas tuviesen éxito
reduciríamos todas las naciones vecinas al estado de desidia
e ignorancia que prevalece en Marruecos y en la costa de Berbería.
Pero ¿cuál sería el resultado? No podrían
enviarnos bienes, tampoco podrían recibirlos de nosotros. Nuestro
comercio doméstico languidecería por falta de competencia,
ejemplo e instrucción. Y pronto caeríamos nosotros mismos
en una condición tan abyecta como aquella que les impusimos
(II, 6, 7).
118
Hume 1994, p. 142.
©
Copyfreedom Antonio Escohotado 2007
LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO
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