HISTORIA GENERAL DE LAS DROGAS

 

FENOMENOLOG√ćA DE LAS DROGAS

Tranquilizantes «menores»
Posología
Efectos subjetivos
Principales usos

 

Si las drogas recién examinadas se emplean para las formas de conducta y pensamiento llamadas «psicóticas», este segundo tipo de tranquilizantes se considera indicado para las formas de conducta y pensamiento llamadas «neuróticas». Entiendo que la angustia es el denominador común del ánimo neurótico, y que son eficaces para combatirla, se denominan ansiolíticos (liquidadores de la ansiedad, etimológicamente).

Hay al menos seis grupos de sustancias incluidas dentro de esta categoría, vendidas con miles de nombres distintos por el mundo. En el mercado español, por ejemplo, muchas denominaciones resultan sugestivas: Psicoblocan, Pertranquil, Sedatermin, Serenade, Templax, Psicopax, Sedotime, Duna, Tensotil, Atarax, Harmonín, Calmirán, Aplakil, Neurofrén, Ansiowas, Oasil relax, Tranxilium, Trankimazín, Oblivón, Dominal, Ansiocor, Calmavén, Loramed, Pacium, Relaxedam, .... Otras -como Valium, Rohipnol, Halción o Dormodor- no llevan tan directamente la propaganda en el nombre.

Descubiertas a partir de los años cincuenta, y normalmente extraídas del aceite pesado, con costes radicalmente inferiores a los de opiáceos naturales, estas drogas se producen hoy en cantidades portentosas. En 1977, por ejemplo, en Estados Unidos se sintetizaron 800 toneladas de benzodiacepinas -una de sus subvariantes-, lo cual equivale a 400 dosis medias (de 10 miligramos, considerando que bastantes son psicoactivas ya desde un miligramo) por cabeza/año. En 1985, Naciones Unidas calculaba que unos 600 millones de personas en el mundo tomaban todos los días uno o varios ansiolíticos.

Vale la pena saber que los países del Tercer Mundo han propuesto varias veces controlar su dispensación, y que los desarrollados -fabricantes de las mismas- han tendido y tienden a considerarlas sin potencial de abuso. Concretamente Estados Unidos ha propuesto, repetidas veces, convertirlos en mercancías de venta libre. Hoy se aproximan a la mitad de todos los psicofármacos recetados en el planeta.

Las sustancias más antiguas de este grupo son el clordiacepóxido (Librium) y el meprobamato o procalmadiol (Dapaz, Alginina, Oasil, Artrodesmol, etc.). Este último fue comercializado a bombo y platillo por laboratorios norteamericanos como the happy pill («la píldora feliz»), mientras en Europa era denominado tratamiento inocuo para la neurosis. A ambos lados del océano se insistió en que no era para nada un narcótico adictivo, si bien hoy es de dominio público que produce síndrome abstinencial muy superior en gravedad al de la heroína; a los síntomas del malestar intenso se añade un delirio del tipo alcohólico-barbitúrico, con convulsiones como de gran mal epiléptico que pueden ser mortales en una considerable proporción de los casos. Orgánicamente, es también de dominio público -hoy, no durante las dos décadas largas de uso masivo- que produce letargia, estupor y coma con relativa facilidad, y que a esos riesgos añade -en caso de adicción- perspectivas de anemia y hasta de leucemia. Añadido a bebidas alcohólicas, y a antidepresivos tricíclicos, induce estados de gran confusión e interrumpe el movimiento coordinado. De hecho, el meprobamato constituye uno de los psicofármacos con menos margen de seguridad; su dosis activa mínima es de 400 miligramos, y bastan 4 gramos para producir un coma, lo cual significa un margen de 1 a 10. Sin embargo, crean tolerancia, y se conocen sujetos capaces de consumir hasta 10 gramos diarios, aunque vivan prácticamente idiotizados. Cuatro comprimidos producen una embriaguez de tipo alcohólico.

a. Las benzodiacepinas en particular.

La herencia de la «píldora feliz» ha correspondido a otra familia de drogas, que hoy domina de modo indiscutido la psicofarmacología legal.

 

Posología

Los treinta y tantos compuestos de este grupo pueden ser detectados a menudo por la terminación lam o lan (triazolam, oxazolam, estazolam, etc) y por la terminación pam o pan (diazepam, lorazepam, lormetazepam, flurazepam, flunitrazepam, clonazepam, etc.) si bien hay bastantes excepciones como, por ejemplo, el clorazepato (Tranxilium, Naius, Dorken, etc.) o el clordiacepóxido (Librium, Mormide, Paliatín, Eufilina, etc.).

Básicamente, se distinguen de otros narcóticos y sedantes sintéticos porque no deprimen de modo generalizado el sistema nervioso, sino sólo partes del mismo (el sistema límbico ante todo). En dosis pequeñas o medias son sedantes, y en dosis mayores funcionan como hipnóticos o inductores del sueño, aunque algunos (debido a sus específicas propiedades) se emplean como sedantes y otros como hipnóticos. Son también relajantes musculares, que producen distintos grados de amnesia al bloquear la transferencia de información desde la memoria inmediata a la memoria a largo plazo. Recientemente se ha descubierto un receptor benzodiacepínico en diversos animales, y en el hombre, lo cual demuestra su naturaleza de neurotransmisor innato, análoga a la de las endorfinas y encefalinas.

Como las demás drogas de paz, poseen un alto factor de tolerancia y pueden producir dependencia física, con un peligroso síndrome abstinencial, que a los síntomas comunes en el producido por opiáceos añade temblor y convulsiones intensas. Naturalmente, para ello es preciso emplearlos con prodigalidad, si bien incluso dosis medias crean dependencia orgánica cuando se administran algunos meses. Para desencadenar un síndrome intenso con clordiacepóxido, o 30 miligramos al día varios meses; si se tiene en cuenta que los prospectos de esta droga preconizaban de 5 a 50 miligramos diarios, sin mencionar el síndrome abstinencial, cabe formarse una idea de su probidad científica.

Más indeseables todavía que el síndrome de carencia pueden resultar otros efectos de la habituación, como sucede con las demás drogas adictivas. Entre ellos destacan episodios depresivos más o menos graves, desasosiego y un insomnio duradero, así como trastornos en la administración del tiempo o la capacidad de concentración. Los efectos secundarios incluyen somnolencia, confusión, movimientos involuntarios, mareos, dolor de cabeza y estómago, diarrea, estreñimiento, sequedad de boca y depresión.

Otro inconveniente de las benzodiacepinas es su larga permanencia en los tejidos. Por poco que el hígado no simile perfectamente, el diazepam (Valium, Aneurol, etc.) por ejemplo puede alcanzar vidas medias superiores a las cien horas. Incluso en caso de perfecto funcionamiento visceral, muchas benzodiacepinas se transforman en DMD (dimetildiacepina), que posee una vida media de 70 horas. Por consiguiente, para alcanzar el estado que se llama de equilibrio -a cuyos efectos son necesarias 5 vidas medias- es preciso, ya de entrada, esperar dos semanas. Esta alta impregnación hace difícil, cuando no imposible, combatir la aparición de efectos indeseados como hiperexcitabilidad, depresión respiratoria, vértigos, amnesia y reducción genérica de las funciones ideativas. Un caso singularmente dramático puede producirse con los embarazos, pues las benzodiacepinas alteran la génesis del embrión en los primeros meses, y -aunque la madre haya interrumpido el uso de dichas drogas antes de concebir- es posible que la concentración en plasma siga siendo elevada.

Por contrapartida, la principal ventaja de estas drogas es su gran margen de seguridad. Activas ya desde los 5 miligramos e incluso bastante menos - el lorazepam (Orfidal, Idalprem, etc.) lo es desde 1 miligramo-, suelen requerirse dosis entre 200 y 500 miligramos para inducir un coma. Con todo, se han producido intoxicaciones muy graves con lorazepam, y casos de muerte con otras benzodiacepinas ya a partir de 250 miligramos en una sola toma. Dependiendo de cuál se trate, el margen de seguridad puede fijarse entre 1 a 60 y 1 a 100, aunque si alguien no habituado alcanza esas dosis requerirá serios cuidados médicos.

 

Efectos secundarios

Como todos los demás sedantes, las benzodiacepinas moderan la ansiedad y la tensión, induciendo un estado anímico descrito a veces como «tranquilidad emocional». Experiencias con diversos tipos me sugieren llamar a esa tranquilidad amortiguación de la vida psíquica. Especímenes perfectos de drogas evasivas, la analgesia corporal del opio o la heroína se convierte allí en analgesia mental, desprovista de fantasías y reflexividad. No crean una corriente de ensoñación que comunique conciencia y subconsciente.

Son drogas productoras de conformidad, que inicialmente sortearon los controles legales por revelarse muy útiles para la domesticación. Amansan a monos y gatos, inhiben reacciones de lucha en ratas y ratones, apaciguan a tigres y leones. Lo mismo sucede con el opio, por ejemplo, pero a nivel humano el opio tiene poco de conformista, ya que la sedación no implica reducir ideación, mientras aquí se basa precisamente en una ideación reducida o asfixiada.

Los prospectos de benzodiacepinas suelen mantener que «estabilizan el estado psíquico sin influir sobre las actividades normales del individuo». Esto no es cierto. Ya en dosis leves provocan aturdimiento, dificultades para hablar y coordinar la actividad motriz, estupor y resultados afines. Bastan 2,5 miligramos de diazepam (las grageas suelen ser de 5 a 10 miligramos) para crear confusión intelectual a un neófito. De ahí que estén contraindicadas para conducir vehículos y manejar maquinaria en general. Por otra parte, no es posible reducir la ansiedad sin modificar el estado de ánimo, y quien pretenda lo contrario está alimentando una mentira.

Varios conocidos -de muy distintas edades, condición social y cultura- padecieron trastornos serios por suspender un uso regular de estos tranquilizantes. En realidad, creo que más allá de los cuarenta años como una tercera parte de los occidentales usa benzodiacepinas para combatir estrés o insomnio, siendo por ello importante que sus riesgos sean de dominio público. Otra cosa es que puedan hacer frente sin ayuda química a las circunstancias de la vida actual, pues quien se somete al conjunto de condiciones imperantes en nuestras ciudades tiende de modo espontáneo a padecer ansiedad y problemas de sueño.

Debe tomarse en cuenta, por último, que las benzodiacepinas producen efectos muy distintos en dosis leves y dosis altas. Por ejemplo, el flunitrazepam (Rohipnol, etc.) es narcótico en una banda que abarca desde 0,25 a 2 miligramos, pero por encima de ella crea cuadros de desinhibición y gran actividad, casi siempre muy agresivos, acompañados por amnesia y ausencia de cualquier sentido crítico. Comprado o detraído de las farmacias por toneladas, este específico es el fármaco por excelencia en reformatorios y penitenciarias españolas, donde causa la mayoría de los conflictos atribuidos a la droga.

 

Principales usos

El empleo sensato es ocasional, para tensiones debidas a causas externas o internas, y siempre calculando que las benzodiacepinas no ayudarán jamás a alcanzar la claridad. Por ejemplo, serán contraproducentes si la ansiedad se relaciona con un examen, o cualquier prueba donde sea preciso ejercitar coordinación mental o corporal.

Sin embargo, las causas de tensión no suelen ser transitorias sino duraderas, como relajarse todos los días antes de dormir o no padecer angustia cotidianamente. Quien use drogas con esa finalidad está maduro para contraer hábito, y sólo una cuidadosa planificación podría defenderle de las consecuencias indeseables aparejadas a ello, que se hacen patéticas al alcanzar niveles de insensibilidad y dependencia física a la vez. La planificación implica hacer el mayor número posible de pausas en el consumo, y -cuando eso no resulte posible- ir cambiando de tipo cada mes o dos. También es del mayor interés empezar usando las mínimas dosis activas, pues a menudo basta una cuarta o la mitad de un comprimido para obtener efectos.

Cuando se trate de inducir sueño, las mejores benzodiacepinas son las de vida media corta (triazolam, medazepam, clorazepato, prazepam), pues reducen al mínimo la impregnación del organismo por el fármaco. Sin embargo, esto sólo es posible cuando los problemas de insomnio conciernen a la inducción inicial; muchas personas caen dormidas con facilidad, y si algo necesitan es mantener una larga sedación que les evite despertarse en mitad de la noche. Naturalmente, en estos casos no se puede evitar el empleo de benzodiacepinas con vida media más prolongada.

Dosis medias o altas de esta drogas pueden combinarse con bebidas alcohólicas, para producir un efecto potenciado. Pero la ebriedad derivada de la mezcla resulta tosca, no pocas veces agresiva, con una desinhibición semejante a la del borracho perdido. La coordinación muscular resulta tan desastrosa que suelen producirse tropiezos y caídas, aunque el intoxicado rara vez sienta los golpes hasta el día siguiente. Mi experiencia sugiere que las reuniones con pastillas y alcohol pueden ser alguna vez amenas -como un circo donde todos compiten al nivel de los despropósitos-, pero que se consiguen efectos mucho mejores empleando hipnóticos como la metacualona (Torinal, Dormidina, Pallidan, Quaalude, Mandrax, etc.), aunque esta droga sea más tóxica, y las sobredosis maten por hemorragias internas. En cualquier caso, quien intervenga en ceremonias tales arriesga romperse la crisma, hacer increíbles tonterías y hasta intoxicarse de modo irreparable.

El valor de las benzodiacepinas para la introspección es nulo, me parecen igualmente inútiles para que alguien entre en alguna relación de tipo espiritual o carnal con otros.

 

BIBLIOGRAFÍA

ESCOHOTADO, A. Historia General de las Drogas. Pág. 1235-1242. Ed. Espasa, 2005

 

© Antonio Escohotado
http://www.escohotado.org



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