PREFACIO - TEMA XIV - TEMA XV - TEMA XVI

 

TEMA XV. LA VISIÓN NEWTONIANA DEL MUNDO.

ESQUEMA-RESUMEN

1.EL ATOMISMO
1.1. El éter y la precariedad del orden cósmico.

2. LOS PRINCIPIOS MATEMÁTICOS DE LA FILOSOFÍA NATURAL
2.1. Las Definiciones.
2.2. El desarrollo.
2.3. Hipótesis e inducción.
2.3.1. El movimiento absoluto.
2.3.2. El tiempo absoluto.
2.3.3. El espacio absoluto.

3. FUERZA Y CAUSALIDAD
3.1. Causa y medida.

 

Al igual que sucede con Bruno y la mayoría de los renacentistas, en Newton hay un marcado interés por el ocultismo, la alquimia y la teología, si bien la gran mayoría de sus obras correspondientes a esas rúbricas sólo se conocieron y publicaron bastante después de su muerte. Poseía una de las bibliotecas más completas de «filosofía hermética» de su tiempo, y siempre estuvo convencido de que antes de las civilizaciones históricas hubo un periodo de conocimientos incomparablemente profundos, perdidos luego en su mayor parte pero diseminados aquí y allá, a través de claves que un intérprete astuto podría recomponer disponiendo de los adecuados materiales. Aristóteles creyó también algo parecido. Teológicamente, lo más señalable de Newton es el «unitarismo» (que comparte con su amigo Locke), caracterizado por negar el dogma trinitario.
Prescindiendo de abundantes escritos matemáticos, aparecidos también póstumamente en la mayoría de los casos, la celebridad de Newton se apoya en dos extensos tratados: Principios matemáticos de la filosofía natural (1686) y Optica (1704). Buena parte de los materiales de esta última estaban elaborados antes de comenzar los trabajos que desembocaron en los Principios, pero al ser comunicados algunos a la Royal Society, en 1672, suscitaron una polémica, entre otros con Hooke (éste consideraba que eran «mero desarrollo de ciertas cuestiones de detalle» de su Micrographia) y Newton prefirió esperar la muerte de su rival antes de dejar que la Optica viese la luz pública.


1. Al revés de lo que su título sugiere, la Óptica contiene la física newtoniana propiamente dicha. Su principio es una teoría atómica de la materia, que determina una teoría corpuscular de la luz. Un rayo es un chorro de átomos, de cuya naturaleza depende el color; en realidad, si los rayos individuales poseen propiedades inmutables, ha de haber otros tantos tipos de átomos inmutables. En la Cuestión XXXI de la Optica leemos:

«Dios creó la materia en forma de partículas sólidas, masivas, duras, impenetrables y móviles, con determinadas figuras y tamaños. Todos los fenómenos de la naturaleza consisten en las diversas formas de agruparse estas partículas. Además del principio de inercia, esas partículas están dotadas de principios activos que son cualidades manifiestas [«atracción, fermentación y consolidación»] y no han de confundirse con las cualidades ocultas de Aristóteles. Esos principios dependen de la Primera Causa Inteligente, necesaria para explicar el orden. Necesidad de una providencia que corrija el sistema».

Se trata, pues, de volver a Demócrito —algo preconizado por Galileo y Bacon—, pero con la diferencia de que el atomismo postulaba sólo los indivisibles y el vacío, mientras ahora hay algo más: la «necesidad de una Providencia». Como aclara el resto de la Cuestión mencionada, «no es filosófico pretender que el mundo podría haber surgido del caos por las meras leyes de la naturaleza y continuar durante muchas eras gracias a esas leyes». Para Newton los límites del «ciego destino» son evidentes, y el propio atomismo —la filosofía atea por excelencia— postula «la sabiduría y habilidad de un agente poderoso y siempre vivo».
Al mismo tiempo, la Optica insiste –con ortodoxia baconiana- en que «las hipótesis no han de ser tenidas en cuenta en la filosofía experimental». El método para la filosofía natural ha de ser el análisis, «Aunque los argumentos a partir de observaciones y experimentos por inducción no demuestren las conclusiones generales, es con todo el mejor modo de argumentar que admite la naturaleza de las cosas». Un silogismo subyace a todos los hallazgos experimentales: si la materia no puede moverse a sí misma (principio de inercia), y si hay un inmenso universo regido por la regularidad (resultado de la observación), se sigue de ello el gobierno de un demiurgo «espiritual».
Las últimas líneas de la Optica mencionan la «corrupción de las doctrinas de Noé y sus hijos» como causa de que la filosofía natural haya olvidado «al verdadero Autor y Benefactor».

1.1. La concepción corpuscular de la luz se opone a la teoría ondulatoria que algunos años antes había expuesto Huyghens, y el éxito arrollador del newtonianismo será la causa de que quede arrinconada durante dos siglos. Laa Optica postula otra vez un medio etéreo (un éter «sutil» contrapuesto al éter «denso» de Descartes), no tanto porque Newton tenga intuiciones u observaciones sobre ello como porque sin un medio general como el éter sencillamente parece imposible fundar la física en el principio mecánico (por presiones, choques, fricción), contrapuesto al principio finalista de la física aristotélica. Es este éter el que se sugiere como «causa de la gravedad», aunque a la hora de explicar dicha tesis Newton se reconozca incapaz de “poder demostrar experimentalmente nada”.
Lo que sí está claro para él es que —debido a la tenacidad de los fluidos y a la débil elasticidad de los cuerpos— en el universo «el movimiento es mucho más proclive a perderse que a ganarse, y siempre está extinguiéndose». De no ser por «principios activos», como la causa de la gravedad o de la fermentación, los cuerpos de la Tierra, de los planetas, de los cometas, del Sol y de todas las cosas que en ellos se encuentran se enfriarían y congelarían, tornándose masas inactivas». Queda así prefigurada la entropía o muerte térmica como destino del mundo, allí donde el Autor no intervenga «conservándolo y reclutando el movimiento». En realidad, Newton oscila constantemente entre un éter que de alguna forma «desconocida» suscite la gravedad, y «la primerísima causa, ciertamente no mecánica».
Para esta idea cíclica y cataclísmica del universo, sólo un milagro continuo del Autor evita colisiones astrales que, a la larga, son inevitables. Según Newton, los satélites de Júpiter y Saturno bien podrían ser «la reserva para una nueva creación» en el caso de que la Tierra, Venus y Marte resultasen destruidos por una u otra causa. Este aspecto fue, de hecho, el mayor inconveniente que presentaba el esquema newtoniano comparado con el cartesiano, donde cualquier caos era reconducido por las solas leyes del movimiento a una dinámica ordenada. Newton legaba con ello un sistema del mundo casual en vez de causal, apoyado sobre el Agente, que sus sucesores se esforzarán por estabilizar. Lagrange primero, demostrando que todos los cambios orbitales son periódicos, y Laplace después, pretendiendo demostrar que las irregularidades periódicas están sometidas a una ley eterna que les impide exceder cierta cantidad, trataron de suprimir las funciones del agente divino y edificar una física sin recurso a la teología.
En este sentido, el paso fundamental de los herederos de Newton fue el concepto de campo (gravitatorio, magnético, eléctrico), que aún sin solventar el problema «mecánico» básico omite la dinámica «impulsiva». Newton quiso acallar el prejuicio de su época contra la acción a distancia (sin intervenir medio alguno) identificando —de modo sólo retórico— las atracciones con “impulsos”, y usando indistintamente attractio y tractio (tracción, arrastre) en sus exposiciones. Pero el simple transcurso del tiempo hará que los científicos y el público ilustrado en general no vean nada extraño en fuerzas que operan a través del vacío. De ahí que para él fuese un problema insoluble la causa de la gravedad, mientras para sus herederos todo problema en ese sentido desaparece tras haber formulado matemáticamente su operación.
El esfuerzo más serio por superar las paradojas de una actio distans será la mecánica relativista einsteiniana, que rechaza a la vez un medio etéreo y la gravitación como «fuerza». Gracias a la geometría no euclidiana de Riemann, la gravedad se presentará como una incurvación del continuo espacio-temporal motivada por la presencia de agregados materiales, y proporcional a éstos.


2. Los Principios matemáticos de la filosofía natural son la obra cumbre de la física clásica, que construye su mecánica sobre un espacio vacío y tres leyes del movimiento:
I. «Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme en línea recta, salvo que se vea compelido a cambiar de estado por fuerzas impresas».
II. «El cambio de movimiento es proporcional a las fuerzas motrices impresas, y se hace según la línea recta en la cual se imprime dicha fuerza».
III. «La acción es siempre contraria e igual a la reacción, como las acciones mutuas de dos cuerpos son siempre iguales y dirigidas a partes contrarias”.
Esta tercera ley permite presentar la dinámica gravitacional como un sistema de atracciones recíprocas (en los términos ya enunciados por Roberval y Hooke), donde no hay cuerpos atrayentes y cuerpos atraídos sino cuerpos que se atraen todos a todos. Con un argumento muy elegante dice Newton: «si un cuerpo atrajese a otro cuerpo contiguo, y no fuese objeto de una atracción recíproca por parte del segundo, el cuerpo atraído arrastraría al segundo y ambos se alejarían hasta el infinito con un movimiento acelerado, como por efecto de un motor propio, en contra de la primera ley del movimiento».

2.1. Las Leyes están precedidas en los Principios por ocho Definiciones. La primera presenta la masa como «cantidad de materia». La segunda define la cantidad de movimiento como producto de masa por velocidad. La tercera define la fuerza inercial como «fuerza de inactividad». Y la cuarta define la fuerza impresa o ímpetu como aquella que «no permanece en el cuerpo cuando la acción concluye», ejemplificada por fenómenos como la percusión o la presión. Las cuatro últimas definiciones versan sobre la fuerza centrípeta.
Huyghens, Leibniz y otros contemporáneos de Newton negaron la existencia de semejante fuerza «centrípeta», considerando que además de violar los principios mecánicos constituía una suposición “inútil”. Para acallar esas críticas, en los Principios dicha fuerza se presenta como un caso de «fuerza impresa», análogo a la percusión o la presión (a la vez que como fundamento de la gravedad terrestre, el magnetismo y «aquella fuerza por la cual los planetas son continuamente apartados del movimiento rectilíneo»). En definitiva, fuerza centrípeta es lo mismo que atracción, pero si Newton hubiese prescindido de las atracciones no habría escrito una sola línea de su tratado. Para evitar polémicas lo que presenta un tratamiento exclusivamente matemático de tales fuerzas centrípetas.

2.2. En efecto, el Libro I de los Principios no pretende demostrar que los planetas sean afectados por tales o cuales fuerzas «físicas» (de hecho, trata los cuerpos celestes como meros «puntos matemáticos»), sino tan sólo que —en caso de haber fuerzas y aceptado el principio de inercia— éstas serán «centrípetas» y variarán como los cuadrados de las distancias. Dicho Libro I, con mucho el más extenso de la obra, constituye una demostración deslumbrante de sagacidad matemática, como no se había visto en este terreno desde Ptolomeo. La primera Proposición establece que si un cuerpo gira en torno a un centro de fuerza inmóvil, las áreas descritas por él serán proporcionales a los tiempos de su descripción. Sabemos que esto es la ley kepleriana de las áreas, pero el mérito de Newton consiste en demostrarlo por medios geométricos para «cualquier cuerpo».
La segunda Proposición demuestra, a su vez, que toda curva descrita por un cuerpo cumpliendo la ley de las áreas «es urgida por una fuerza centrípeta». El ingenioso modo de lograrlo consiste en presentar la acción de dicha fuerza como impulsos parciales que van transformando la trayectoria del cuerpo en un polígono, con tantos lados como impulsos o cadencias, que al multiplicarse in infinitum acaban constituyendo una curva donde cada lado del polígono se convierte en un punto. Así, gradualmente, Newton va verificando en términos geométricos las leyes de Kepler, exponiendo su significado dinámico y analizando problemas matemáticos relativos a las fuerzas centrípetas (en caso de varios cuerpos, siendo esféricos y no esféricos, etc.). Y poco a poco va alejándose de la construcción ideal -donde se supone fijo y único el centro de fuerza- para aproximarse a la estructura concreta del sistema solar. Allí ningún cuerpo puede considerarse sólo atraído o sólo atrayente, y es preciso tomar en consideración distintas masas para los cuerpos (al principio meros puntos matemáticos).
Sin embargo, antes de pasar al «sistema del mundo» Newton desarrolla el Libro II, mucho más «experimental», cuyo objeto sigue siendo el movimiento de los cuerpos pero , al revés que en Libro I, suponiendo que los medios son resistentes. Allí ataca la teoría cartesiana de los vórtices, alegando que no permiten explicar las leyes de Kepler (a las que llama, como antes dijimos, «fenómenos» e «hipótesis» copernicanas). Como la idea de los vórtices sólo sirve, según él, para enturbiar el movimiento de los cielos, corresponde volver a los hallazgos puramente geométricos del Libro I, aunque ahora el esquema se aplicará a astros concretos o a hechos como las mareas o los cometas.
Este será el objeto del Libro III, que comienza con las «Reglas para filosofar». La primera enuncia el principio aristotélico de que la naturaleza no hace nada en vano y «se complace en la simplicidad». La segunda deduce de la previa que «a los mismos efectos hemos de asignar, en lo posible, las mismas causas». La tercera, conocida también como «principio de transducción» mantiene que «las cualidades pertenecientes a todos los cuerpos al alcance de nuestros experimentos deben estimarse cualidades universales de todos ellos». La cuarta y última Regla opone a la argumentación hipotética la inductiva, como propuso Bacon.
Dentro del Libro III el momento decisivo es el llamado test lunar, gracias al cual la fuerza en cuya virtud la Luna resulta retenida en su órbita se presenta como igual a la fuerza «que solemos llamar gravedad». Esa fuerza de gravedad, inversamente proporcional al cuadrado de las distancias, es directamente proporcional a las cantidades de materia o masas, y —amparada en el aparato matemático del Libro I— explica todos los fenómenos celestes con pasmosa sencillez. Lo fundamental ya no es la figura (elíptica o circular) de las órbitas, sino la ecuación de masas y distancias presidida por el principio de la atracción recíproca.
Tras monumentos analíticos como la lógica de Aristóteles, el conocimiento no había logrado una construcción tan acabada de cierto fenómeno singular –en este caso la cosmología- como la que expone Newton con un conjunto de razones y datos tan cuidadosamente concatenado. Repasemos la secuencia argumental, ahora que la tenemos ante los ojos, y será manifiesto que una línea antes tortuosa de filosofar –Platón, Galileo, Bacon, Descartes y sus muchas estaciones intermedias- logra ahora combinar lo más abstracto (la matemática) con lo más puntual (la observación). Este es el mérito de los Principia, que terminan con un análisis de las mareas y los cometas, donde Newton muestra que ambos fenómenos pueden explicarse por los mismos criterios que inspiran la dinámica planetaria .
Logrado dicho propósito, y para evitar malos entendidos teológicos, las líneas finales del tratado contienen un famoso Escolio General. «No conocemos” –dice allí-“ en lo más mínimo la substancia real de cosa alguna», sino tan sólo sus atributos y accidentes. Eso no obsta para estar seguros de que «la ciega necesidad metafísica de ningún modo podría generar la variedad de las cosas». Consumando una tradición medieval franciscana, ya analizada a propósito de Occam, la hipótesis newtoniana es lo divino como un ser subjetivo, cuya esencia consiste en la voluntad. Todo lo corpóreo se encuentra gobernado, regido, «forzado» por una voluntad absolutamente eficaz. Es ese rasgo lo que delata un ser divino, y en el ser divino dicho rasgo ha de considerarse lo fundamental:

«Este ser gobierna todas las cosas no como alma del mundo sino como amo de todas ellas. Y debido a su dominio suele llamársele señor Dios, pantocrátor («todo-fuerza»), porque Dios es un término relativo y se refiere a los siervos; y deidad es el dominio de Dios no sobre su propio cuerpo —como imaginan aquellos para quienes Dios es alma del mundo— sino sobre siervos».

De acuerdo con Newton, la naturaleza de ese Amo «pertenece desde luego a la filosofía natural» —tesis reiterada en la Optica— y no tiene nada de hipotético. Si el final de los Principia alude al “pantocrátor”, la conclusión de la Optica versa precisamente sobre gravedad e hipótesis:

«Hasta el presente no he sido capaz de descubrir la causa de las propiedades de la gravedad partiendo de los fenómenos, y no propongo hipótesis; pues todo cuanto no es deducido a partir de los fenómenos debe llamarse hipótesis, y las hipótesis, metafísicas o físicas, no tienen lugar en la filosofía experimental [...] Basta que la gravedad exista realmente, y actúe con arreglo a las leyes que hemos explicado, y dé cuenta de todos los movimientos de los cuerpos celestes y de nuestros mares».


2.3. El rechazo de las hipótesis llegó a ser una obsesión para el Newton ya célebre, que quiso presentar su filosofía natural como una analítica empírica, aligerada de cualesquiera suposiciones teóricas. Eso le permitía aparecer como un «filósofo natural» sin contacto alguno con pensadores como Kepler, Descartes o Leibnitz, que de un modo u otro albergaban algo «no deducido a partir de los fenómenos».
Sin embargo, no sólo hay dudas sobre la posibilidad, en abstracto, de una ciencia puramente experimental, sino razones irrefutables para detectar un fuerte componente hipotético en Newton. Hipótesis debe considerarse la asimilación de atracciones e impulsos (fuerzas centrípetas y fuerzas impresas); e hipótesis es el Autor (todo voluntad y trascendencia) propuesto como «primerísima causa», pues si bien —y muy discutiblemente—puede considerarse que de los fenómenos se deduce algún tipo de ser divino, no hay manera de sostener en términos «científicos» que sea precisamente un Amo trascendente en vez de un Alma del mundo, en la línea de Bruno y muchos renacentistas.
Pero aun aceptando esas referencias como algún tipo de componenda teológica, ajena al sistema físico- matemático del mundo propiamente dicho, lo cierto es que el cultivo de hipótesis resulta mucho más nuclear aún, y afecta a los propios conceptos de movimiento, espacio y tiempo.

2.3.1. En el largo Escolio que sigue en el Libro I a las Definiciones se distingue un movimiento absoluto («traslación de un cuerpo desde un lugar absoluto a otro») del movimiento relativo, único aceptado por la física cartesiana. Y la autoridad de Newton mantuvo el concepto hasta que la teoría electromagnética condujo a resultados sólo explicables suponiendo movimiento relativo. A finales del XIX, G. F. Fitzgerald y H. A. Lorentz hicieron por separado la suposición de que un cuerpo en movimiento se contrae siguiendo la línea de dicho movimiento. Una década más tarde Einstein expuso su teoría de la relatividad especial, donde descarta como noción sin base el movimiento rectilíneo absoluto y toda simultaneidad deviene relativa, asumiendo un papel central la velocidad de la luz. El movimiento absoluto de Newton apareció entonces como resultado de descartar esa condición básica. Actualmente se considera por ello que si los Principios pudieron presentar con un alto grado de aproximación los movimientos planetarios no es debido a la exactitud del esquema matemático del cual parten, sino porque cuando los sistemas de coordenadas tienen velocidades (v) muy pequeñas comparadas con la velocidad de la luz c, el esquema relativista y el newtoniano llegan a confundirse. Si en vez de aplicarse a nuestro sistema solar se hubiese aplicado a cualquier otro de los hoy conocidos, caracterizado por distancias superiores o muy superiores, sus cálculos habrían sido palmariamente imprecisos.

2.3.2. En el Escolio recién mencionado habla Newton del «tiempo absoluto, verdadero y matemático, en sí y por su naturaleza, que fluye igualmente sin relación con nada externo». Nuevamente se trata de una hipótesis, derivada por lo demás de consideraciones teológicas. I. Barrow, el antecesor de Newton en Cambridge, definía el tiempo como «capacidad o posibilidad de existencia permanente», completamente ajena a cualquier movimiento y a la materia en general. Por su parte, el más destacado entre los «platónicos de Cambridge» en esa época, Henry More, había escrito a Descartes unos años antes que «si Dios aniquilase el universo y crease otro de la nada mucho después, ese intermundo o privación de mundo tendría su duración [...] Hay por eso la duración de una cosa que no existe». Naturalmente, Descartes se hallaba en el más total de los desacuerdos, al igual que Aristóteles o la moderna teoría de la relatividad. En este concepto del tiempo absoluto, como en el del movimiento absoluto, Newton prescinde pura y simplemente de la velocidad de la luz, y de las consecuencias a ello aparejadas.

2.3.3. En los Principios se expone también la creencia en «un espacio absoluto, por su naturaleza y sin relación con nada externo, que permanece siempre semejante e inmóvil». El mencionado I. Barrow consideraba impío ver en el espacio una existencia real, independiente de la divinidad. Dios debía extenderse más allá de la materia, y es precisamente esa sobreabundancia o exceso de la presencia divina lo que —según él— llamamos espacio. De hecho, Barrow y More, junto con el químico Boyle, fueron quienes popularizaron la idea de que espacio y tiempo absolutos eran sencillamente la omnipresencia y eternidad del Autor. Newton adoptará la postura prácticamente sin modificaciones, llegando en la Optica a llamar al espacio «sensorio divino». Por esas mismas fechas (1705) el teólogo Cheyne consideraba que «con justo título podemos llamar sensorio de la divinidad al espacio universal, pues es el lugar donde las cosas naturales son presentadas a la omnisciencia divina». Naturalmente, la crítica que puede hacerse de este espacio absoluto es análoga a la que cabe hacer del tiempo absoluto.
Un siglo antes de los Principia a nadie se le ocurre postular un espacio y un tiempo independientes de cualquier mundo. Y no se le ocurre porque el universo parece vivo o animado por un alma diseminada en él. Si en vez de esto hay un Agente incorpóreo contrapuesto a cuerpos inertes, la mediación entre reinos heterogéneos ha de recaer sobre algo que en cierto aspecto sea tan incorpóreo como el agente y en otro tan inerte como los cuerpos para la matemática. Pero no hay ningún «universal» que cumpla esas condiciones con una exactitud comparable al espacio y el tiempo. Gracias a esos seres puramente abstractos —«sin relación con nada externo»— puede el Señor (y la mente humana, hecha según la Escritura a su imagen y semejanza) ordenar lo externo y, en general, sentirlo. Se ha producido, podemos decir, un gran cambio en la intuición y el sentimiento del mundo.

3. Poco después de publicar los Principios Newton dice en una célebre carta al clérigo y humanista Bentley:

«Una gravedad innata, inherente y esencial a la materia, por la cual un cuerpo pueda actuar sobre otro a distancia a través de un vacio [...], me parece un absurdo tan grande que no creo que pueda incurrir en él nadie con una facultad competente de pensamiento en temas filosóficos. La gravedad debe ser causada por un agente que actúa de modo constante según ciertas leyes, pero dejo a la consideración de mis lectores si es material o inmaterial».

Lo que Newton deja al lector decidir es si prefiere una causa material como el éter (cuyo inconveniente es no saberse mediante qué mecanismo opera), o una causa inmaterial como el pantocrátor (cuyo inconveniente es la desvinculación de lo físico o causado). Sin embargo, pocos años después de morir apenas hay alguien para quien la gravedad no sea “esencial e inherente a la materia”, y menos aún quien vea en ella un fenómeno que requiera alguna causa. Al contrario, la gravedad se ha convertido en causa universal indiscutible, y hasta Einstein nadie buscará un fundamento científico para ese paradigma o marco del fundamento científico. Esto acontece al amparo de la explicación mediante «fuerzas», ligada muy directamente a la búsqueda de leyes antes que de causas para el acontecer. Desde la suposición galileana de que todo cambio es el resultado de una forza, el «cómo» de un fenómeno —no su «por qué»— se convierte en factor causal.
Supongamos que salto desde la ventana de mi casa y caigo hasta el suelo, situado unos pisos más abajo. ¿Cuál es la causa de que caiga? La causa eficiente es que he saltado, pero si preguntamos por qué —tras saltar— precisamente caigo al suelo, la respuesta lógica –en términos de causa material- será el peso: todos los graves (y yo soy un grave) caen en la Tierra cuando algo denso no los sustenta. Puedo entonces decir que esa caída tiene por causa una fuerza pesante (gravedad). Pero puedo preguntarme también si ese factor es algo distinto del fenómeno mismo que explica. En otras palabras ¿qué distingue a esa causa de su efecto?
Pensemos un momento en otros campos. La causa, por ejemplo, de que un niño nazca daltónico reside en que uno de los genes incluidos en su dotación presenta cierta anormalidad específica, que transmiten las hijas de daltónicos y padecen algunos de sus hijos. El factor causal es esa anomalía en el abuelo, y el efecto es un nieto con el cuadro típico del daltonismo. Busquemos otro ejemplo, como las agresiones verbales o físicas que se infligen ciertas parejas cuando descubre alguno la presencia de un rival; la causa de la agresión son celos, y el efecto unos actos de hostilidad que pueden llevar a la mutilación y el homicidio.
¿Qué distingue el nexo causal en el caso de la caída y en los otros dos? Evidentemente, que el daltonismo no se atribuye a una fuerza daltónica, ni la agresión a una fuerza agresiva, sino que en ambos casos hay un proceso causal propiamente dicho, una genealogía concreta del efecto que desde Aristóteles llamamos mediación. Sin embargo, Newton habla en sus Principios, por ejemplo, de una «fuerza centrípeta», a la que unas veces llama «atracción» y otras veces «impulso» (los impulsos, recordémoslo, se transmiten siempre por contacto). La justificación de ello, aclara, es que no se trata de fuerzas «físicas» sino exclusivamente «matemáticas», vectores. No me limito entonces a caer debido a la acción de una «fuerza atractiva» desde mi ventana, porque un observador añade a ese fenómeno una medida exacta: caigo con una aceleración de 9,8 metros por segundo, y caigo con esa aceleración precisamente porque estoy en el planeta Tierra, cuya masa total —complementada por las perturbaciones que provocan la Luna y los demás cuerpos del sistema solar— así lo determina. ¿Qué significa este añadido? Si nos atenemos al criterio de Newton, la medida lo cambia todo. Atribuir la lluvia a una fuerza pluvial y el oro a una fuerza aurífera es mera palabrería; pero si logramos definir matemáticamente un cómo estaremos legitimados para considerar a alguno de sus factores causa del movimiento. ¿Por qué?

3.1. La respuesta es que la medida rigurosa de un fenómeno («sistema») suministra un nexo de necesidad que solicita una fuerza. Más concretamente, la aproximación infinitesimal permite prever cualquier momento del sistema a partir del actual, medido en posición y cantidad de movimiento. Dado que esa aproximación se obtiene desarrollando en forma de serie una función (cierta dependencia concreta de magnitudes) la función define una fuerza que ha de ser la causa del movimiento. ¿Cómo, si no, podríamos «preverlo» exactamente?
Prescindiendo de que el principio de indeterminación formulado por Heisenberg niega semejante exactitud, podemos contestar que la «previsibilidad» no tiene nada que ver con la causalidad, y depende tan sólo de la regularidad de la naturaleza. La explicación mediante fuerzas, que sigue figurando en todos los manuales escolares -aunque ya en el XVIII d’Alembert la considerase «oscura y metafísica»- es un paralogismo cuando no se utiliza con extrema cautela. Como concepto, la fuerza resulta ser una noción muy débil, que suplanta lo sensible por un suprasensible vacío. Es el inmediato fenómeno presentado como fundamento, el simple hecho convertido en factor activo. Primero se pone la cosa como forzada, pasiva, y de ella se extrae la tautológica fuerza. De ahí que, llevada a su verdad, la famosa fuerza impresa sea pura y simplemente el acontecer de la cosa inerte como algo ajustado a cierto número (la ecuación diferencial), que luego se supone —originando así el lado «metafísico» aludido por d’Alembert— impulso real y agente incorpóreo al mismo tiempo.
Observemos, con todo, que ciertos fenómenos no sólo se prestan a una aplicación de los sistemas inerciales, sino que sólo nos son accesibles de ese modo. Es como si —viendo a los esposos agredirse, según el ejemplo anterior— no fuésemos humanos y no pudiésemos reconocer en nosotros mismos emociones y conductas análogas, ni entender la aclaración de terceros. En tal caso procedería medir como fuera los gestos de todos los intervinientes; si por observación llegásemos a percibir funciones uniformes en algún movimiento podríamos considerarlo forzado, y en esa misma medida causal. Si un marciano nos viese repetidamente comprar un periódico, siendo él ajeno por completo al significado de la compraventa y al del periódico, quizá dedujera que la secuencia se explica causalmente como gimnasia, pleitesía o danza, y si calculase con precisión los movimientos externos podría acabar atribuyendo el evento a una fuerza traslativa, operante con el mismo grado de necesidad física en comprador y vendedor. Pero si alguna vez bajase el marciano a la Tierra, y aprendiese dinámicas como la curiosidad humana o la prensa, dejaría de postular fuerzas traslativas como causas..
Desde luego, al hablar de planetas, cometas y mareas no alcanzamos esa visión desde dentro que obtendría al extraterrestre familiarizándose sencillamente con nuestra cultura. Tiene, pues, sentido medir algo inanimado (real o presuntamente) para –a falta de explicación mejor- presentar esas medidas como causas de su conducta. Lo que no se sostiene en la misma manera es, sin más reflexión, exportar al hombre y al pensamiento (como intentarán pronto los llamados ideólogos y los utilitaristas) criterios sólo aptos para considerar lo inanimado y ajeno a intuición.

 

 


BIBLIOGRAFÍA

BUTTERFIELD, H., Los orígenes de la ciencia moderna, Taurus, Madrid, 1971.
KOYRÉ, A., Etudes galileénnes, Gallimard, París, 1972. Hay traducción castellana.
I. NEWTON, Principios matemáticos de la filosofía natural, Tecnos, Madrid, 1995. La Introducción del editor amplía considerablemente precendentes y otros datos oportunos.

 

© Antonio Escohotado
http://www.escohotado.org



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