PREFACIO - TEMA XIII - TEMA XIV - TEMA XV

 

TEMA XIV. FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA.

ESQUEMA-RESUMEN

1. GIORDANO BRUNO
1.1. El universo viviente.

2. LA COSMOLOGÍA CARTESIANA
2.1. Inercia y física del choque.
2.2. Negación del vacío y los vórtices.

3. UNA GRAVITACIÓN UNIVERSAL
3.1.El sistema perfeccionado del mundo

 

Junto a la des-animación del universo que sigue al desarrollo de la física matemática y al proyecto baconiano, el Renacimiento significa también lo inverso, esto es, el momento donde cesa la oposición entre mente y materia. Frente al dogma de la trascendencia divina se difunde desde el cardenal de Cusa la idea de que la única presencia de Dios es la presencia del mundo. Esto supone la infinitud del universo, tanto en el sentido de la ilimitación como en el de la vitalidad.
El hombre constituye un ser natural, y la naturaleza un ser espiritual. Lo divino ha descendido de los lejanos cielos y se derrama en todas las cosas. Más o menos filosófico, este panteísmo hace que lo antes considerado sobrenatural pase a ser estrictamente natural, y que el conjunto de procedimientos cubiertos como magia alquímica durante el medioevo se investigue a una nueva luz, buscando intuiciones y datos concretos.
El médico Paracelso (1493-1541) retoma la filosofía de Anaxágoras con su concepto de una interdependencia entre «macrocosmos» y «microcosmos». Esa interdependencia, que conlleva la idea de totalidad como principio básico de lo real, concibe, por ejemplo, la enfermedad como independización de alguna parte. El remedio será entonces un agresor o tóxico, que al invocar una reacción general de defensa despierte la unidad del conjunto, y supere gracias a ella la autonomización de un órgano o grupo de órganos provocadora de la enfermedad. El uso de sulfamidas, antibióticos y hasta venenos fulminantes en pequeñas dosis no parece haber hallado aún mejor justificación para su eficacia. En una línea más propiamente filosófica destaca la obra de Bernardino Telesio (1509-1588), proseguida por Tomás Campanella (1568-1639), donde el mundo se comprende como un viviente único e infinito.


1. Quemado vivo en 1600 por el Santo Oficio, tras siete años de encarcelamiento, la muerte de Giordano Bruno abre el siglo XVII con la bravura de alguien que renueva una milenaria tradición en filosofía, y no cede al chantaje del verdugo. Temperamento semejante en algunos puntos al de Kepler, aunque más impetuoso y rebelde, el agudo contraste entre su actitud y la de Galileo ha hecho que suela presentársele como un provocador fanático, olvidando detalles precisos (su formación como geómetra, la precoz defensa del heliocentrismo, la originalidad de su pensamiento, la primera intuición del universo infinito), y olvidando también las circunstancias del proceso mediante el cual le fue arrebatada la existencia.
Bruno se defendió durante tres años, alegando que no era teólogo sino filósofo. Como la respuesta de los cardenales inquisidores —entre ellos San Roberto Belarmino, que intervino en la causa contra Galileo— fue exigir una retractación formal y global, Bruno, que tenía cuarenta y cinco años y amaba vivir, trató durante dos años más de demostrar la compatibilidad de la filosofía y la teología, y se ofreció a aclarar cualquier aspecto “oscuro” de sus tesis. La respuesta de los inquisidores fue reiterar su exigencia de una retractación «normal» (esto es, indiscriminada), y Bruno repuso: «No tengo nada de qué retractarme, y ni siquiera sé de qué se espera que me retracte». Clemente VIII, no tan clemente como su nombre, le declaró entonces hereje pertinaz. Cuando el Santo Oficio dictó el veredicto cuentan que el reo se puso en pie para afirmar: «Quizá vuestro miedo a sentenciarme sea mayor que el mío al conocer la sentencia». Añadió que ni tuvo ni tenía el menor interés en provocar a ninguna Iglesia (esto podemos ponerlo seriamente en duda), pero consideraba demasiado monstruoso «abjurar de la libre razón en general», sintiéndose incapaz de admitir que «en nombre de lo sagrado pudiera pedirse a un hombre tal cosa». Para impedir nuevas manifestaciones verbales, se le clavó la lengua al paladar inferior con un cepo de hierro. Algunos testigos dicen que sufrió con fortaleza ese y otros tormentos, consumados por el espantoso final sobre un suelo de brasas. Tenía a la sazón 52 años.
En la suerte de este pensador —y en la de contemporáneos como Vanini, quemado vivo por dar “explicaciones naturales” de algunos milagros— vemos hasta qué punto el espíritu del Renacimiento padece la acción combinada de la Reforma y la Contrarreforma, enemigas una de otra pero aliadas por un común terror al pensamiento libre. Giordano Bruno había nacido en 1548, hijo de un soldado profesional. Siendo casi un niño ingresó en la Orden de Predicadores (dominicos), por la cual fue procesado antes de cumplir los dieciocho años en base a la acusación de leer libros prohibidos (entre ellos Erasmo), y de cuyo tribunal logró huir. Colgados los hábitos, emprendió una vida de azarosos viajes por toda Europa, disertando y trabajando como corrector de imprenta. Tras un breve periodo inicial de buenas relaciones, se concitó la enemistad de Calvino. De hecho, en París, en Oxford y en Ginebra quienes se escandalizaron ante sus enseñanzas fueron los reformistas, y de Ginebra a duras penas –retractándose ante el tribunal- evitó ser ajusticiado como poco después lo sería Miguel Servet. La Inquisición católica le prendió por denuncia de un falso amigo, cuando había osado volver a Italia para optar a una cátedra de matemáticas vacante en Padua, plaza que le fue denegada y concedida algo después al joven Galileo. El motivo inmediato del procesamiento, aparte de la vieja acusación de leer libros prohibidos, fueron comentarios sobre la degradación de las órdenes eclesiásticas y el dogma de la inmaculada concepción de María, aunque toda su obra —penetrada de panteísmo— le hacía insufrible tanto para los católicos como para los protestantes y judíos. El conjunto de sus escritos rezuma un exaltado entusiasmo ante la naturaleza, no menos que —en palabras de Hegel— «una incapacidad para allanarse a lo finito, lo malo y lo vulgar».
Como a sus contemporáneos, le gustaban la magia, la alquimia y el ocultismo; su impetuosidad le llevaba a escribir atropelladamente sobre mil materias, bastantes de ellas afines a la charlatanería. Pero Bruno es el renacentista donde se expresa con más hondura la reconciliación de la inteligencia con lo natural, y el único filósofo especulativo de su tiempo. El elemento místico en él no son cantos a lo suprasensible y lamentos por la concupiscencia del mundo, sino visiones de la naturaleza en su infinitud actual, raptos de alegría ante la realidad sensible, que no excluyen una elaboración de conceptos muy notables para la historia del pensamiento posterior.

1.2. La Naturaleza se le aparece como vitalidad y racionalidad, de la cual brotan este mundo e infinitos otros. El concepto capital de Bruno afirma que la forma es inmanente a la materia1 , que está desde y para siempre inscrita en ella, reflejando una unidad substancial también llamada “materia primera». Es erróneo, por unilateral, postular un Alma separada del mundo o una materia informe. Bruno no acepta ni el ser ni el pensamiento como principios autónomos, y tampoco se aviene a tomar uno como dependiente del otro. Sólo su absoluta compenetración explica el fenómeno de la vida. Cada universo es un animal infinito en el que todo existe y se mueve de ilimitadas maneras; la simiente se convierte en espiga, pan, bolo alimenticio, sangre, semen, cadáver, tierra orgánica, planta, roca, etc. A lo largo de esas transformaciones la Naturaleza permanece idéntica a sí misma. Comprenderlo es para el hombre la más alta intelección, no menos que fuente de un entusiasmo afín a la ebriedad.
Aunque suele incluírsele en el «platonismo italiano», pocos pensadores fueron más ajenos a la contraposición idealista entre inteligencia y sensibilidad. «Si hay participación de la inteligencia en el sentido», dice Bruno, «éste será la inteligencia misma». De hecho, pone la mayor atención en que lo material no se conciba como algo anterior o posterior, y por lo mismo separado del pensamiento. Lógicamente, lo intelectual (reino de las formas) se concibe a su vez sin subjetivismo o voluntad singular, inseparable del movimiento que produce todo en todo momento. «Momentáneos» como son, los humanos no por eso dejan de contener “lo inmenso”. Al contrario, son –como todo el resto de las cosas- “modos” de eso inmenso que suscita la unidad substancial.
Estructurado y sistematizado, el concepto de unidad substancial informa medio siglo después la filosofía de Spinoza, donde —como veremos— toda cosa es un “modo” de lo “absolutamente infinito”. Bruno está así en la raíz del panteísmo filosófico, que tiene fundadas aspiraciones a considerarse un modelo de construcción analítica o racional. Ya desde joven sostuvo que la religión sólo casaba bien con “ignorantes”, reservándose la filosofía a quienes son “aptos para gobernarse a sí mismos, y por extensión para gobernar”. Sin embargo, Bruno entra también en la historia del pensamiento como primera conciencia de la infinitud más concreta, la del cielo, porque antes de él lo que se considera gigantesco es el sistema solar. Con él pasamos del imaginario orbe donde se engastan las estrellas –algo indiscutido por Copérnico- al espacio sideral, ilimitadamente profundo en todas direcciones, sembrado de cuerpos ilimitadamente numerosos y diversos. Bruno no tiene instrumentos para observarlo, como tampoco los tiene ningún otro hombre de su época, pero a él le es conferida –en forma de pura intuición- esa realidad inmensa que a nosotros nos enseñan ya de niños, donde los años se convierten en años-luz y siguen midiéndose por centenares o millares.


2. La antítesis perfecta del énfasis en el experimento y la inducción que representa Francis Bacon fue el francés Renato Descartes (1596-1650), de quien como metafísico hablaremos en otro tema. Usando un símil del propio Bacon, Descartes no pertenece a la categoría de las acumuladoras hormigas sino a la de las arañas, que extraen del propio vientre el material para sus sutiles telas, y, en efecto, llevó el deductivismo a extremos inigualados en la historia del pensamiento. Tras Kepler y Galileo, le parece que sólo queda construir una teoría general válida para cualquier universo posible, toda ella «clara y nítida», ordenada de «lo simple a lo complejo». Esa teoría general constituye la mejor expresión de la realidad idealizada a que nos referimos hablando de Galileo, y lo más opuesto que cabe concebir al universo viviente de Bruno.
La realidad física se reduce a extensión y movimiento local (traslación). La materia, en particular, es pura extensión (y, por tanto, puro espacio) infinita en magnitud y divisibilidad. Lo único que distingue a los cuerpos es «figura y posición»2 . No hay modo alguno, pues, de distinguir entre un sólido geométrico y un sólido natural; como hay tampoco modo de distinguir esencialmente a unos cuerpos de otros, pues toda distinción allí resulta exterior a ellos mismos. De hecho, al suprimirse incluso la diferencia entre materia y extensión, corporeidad y espacio, desaparece la diferencia entre continente y contenido. Lo físico queda sujeto a una uniformidad sin excepciones, presentándose al fin de modo rigurosamente abstracto e inanimado.

2.1. Tan pronto como Descartes ha realizado esta operación puede ya contemplar de modo puramente geométrico lo visible, y lo que en Galileo eran todavía intuiciones vacilantes del principio inercial pasa a ser una idea completamente definida. En el tratado Del Mundo (que dejó sin publicar, temiendo sufrir una condena como la de Galileo) expresa ese principio en dos leyes:

1. «Cada parte de la materia, en particular, continúa siempre en el mismo estado, mientras el encuentro con otras no la obligue a cambiar».
2. «Mientras un cuerpo se mueve, aunque su movimiento se haga generalmente en línea curva, y aunque no pueda haber jamás ninguno que no sea de alguna manera circular, cada una de sus partes en particular tiende siempre a continuar el suyo en línea recta. Y, así, la acción o su inclinación a moverse es diferente de su movimiento».

Como el movimiento se reduce a movimiento local, la primera de estas leyes (llamada de «persistencia») lo plantea como un “estado” -no como un cambio-, que como tal estado resulta indiscernible del reposo. Se ha dado así el decisivo paso de ampliar la inertia de Kepler a una conservación del estado (ya sea reposo o de movimiento), cuando en éste se refería sólo a lo primero.
La segunda de las leyes corrige a Galileo en su convicción de que todo cuerpo tiende hacia «abajo» en virtud de un peso absoluto, afirmando que si un cuerpo se mueve su tendencia («inclinación») no será la curva de caída sino proseguir en línea recta. Para ello recurre al eficaz ejemplo de la piedra en la honda, cuya tensión en la mano revela una tendencia a escapar por la tangente aún antes de salir despedida.
La consecuencia que se impone tras formular el principio de inercia es una física del choque, pues sólo las colisiones (acción por contacto) cumplen el requisito «mecánico» de explicar los movimientos sin recurso a naturaleza o «causa oculta» alguna. A su vez, esta física del choque se enuncia en siete leyes, basadas en el axioma de que la cantidad de movimiento no varía ni antes ni después del mismo. Aunque dichas leyes son un logro deductivo, Descartes pretende aplicarlas a un mundo, y aquí surge un obstáculo insuperable. Las figuras geométricas pueden considerarse tan rígidas como convenga, pero ningún cuerpo mundano puede considerarse perfectamente duro. Como esa dureza resulta algo puramente ideal, sólo imaginado, el rigor deductivo no excluye que sean groseramente inexactas, y que el axioma inicial pierda toda condición de evidencia.

2.2. Sin embargo, a Descartes nada podría importarle menos que ese tipo de precisión realista, considerando el proyecto de construir una teoría puramente deductiva «válida para cualquier universo posible». Además, si se aceptase la elasticidad de los cuerpos podría con el mismo título sugerirse la elasticidad de los patrones de medida (como mucho más tarde sugerirá Einstein), y cualquier camino semejante menoscaba lo «claro y nítido» de la construcción geométrica.
A despecho de la escandalosa falla “empírica” en su monolito, Descartes completó una cosmología que tendría inmenso predicamento en su época. Una vez lanzadas por Dios infinitas partes extensas, agitadas por una cantidad constante de movimiento, el resultado comprende tres tipos de elementos: a) cuerpos de forma angulosa e irregular; b) cuerpos redondeados o restos de los anteriores, pulidos por innumerables choques; c) corpúsculos mínimos, raspaduras causadas por el desgaste de los precedentes, que constituyen la materia sutil o «primer elemento», capaz por su tenuidad de llenar todos los intersticios y adoptar todas las formas. Siendo materia y extensión lo mismo no hay vacío, y en este universo «lleno» el único movimiento posible es el torbellino o vórtice. Cuando un cuerpo deja su puesto al que lo empuja debe tomar el de otro, éste el de un tercero y así sucesivamente hasta el último, que habrá de ocupar el lugar dejado por el primero. Tal como la piedra tiende a un movimiento rectilíneo, pero está sujeta por la funda de la honda, así también es preciso que el cuerpo que se encuentra en un vórtice se encuentre constantemente presionado hacia el centro por los cuerpos vecinos que se oponen a su movimiento de huida siguiendo la tangente.
Gracias a su desconcertante materia etérea, Descartes presume de construir mecánicas que explican la gravedad, la luz, el calor, las mareas, el imán, etc. Su física sólo admite la acción instantánea, descartando toda fuerza cuyos efectos requieran una duración, y el reflejo de esto es que la luz deba difundirse instantáneamente también, transmitiéndose del cuerpo luminoso al ojo como un impulso se transmite de un extremo a otro de una barra rígida. Esta extraña opinión era tan importante para su cosmología que, según Descartes, «si la experiencia mostrase un retraso cualquiera, toda su filosofía caería por la base».
Eso fue, en efecto, lo que aconteció. Tras una dura polémica inicial, la mayoría de las universidades adoptaron como modelo la cosmología newtoniana.

3. En sus rasgos generales, la dinámica gravitacional se encuentra ya definida por Kepler, en quien parecen haber influido decisivamente el abandono de la idea de los orbes gracias a Tycho Brahe, y la teoría de los planetas como imanes sostenida por el magnetólogo Gilbert. Dos lustros después de morir Kepler —y a pesar de oponerse al principio de la «atracción» por fidelidad al principio «mecánico»— Descartes dice en sus Principios de la filosofía algo indicativo de que comprende lo básico del fenómeno:

«Niego la existencia de la gravedad en cualquier cuerpo mientras es considerado por sí mismo, pues se trata de una cualidad dependiente de la relación de situación y movimiento que los cuerpos guardan entre sí».

Desde mediados del XVII puede decirse que el esquema gravitatorio flota en diversos círculos de estudiosos. El matemático G. P. de Roberval lee ante la Academia de Ciencias francesa, en 1669, una memoria sobre la causa del peso, donde lo presenta como «una atracción mutua o un deseo natural que los cuerpos tienen de unirse», empleando la expresión sese reciproce attrahunt que Newton usará luego textualmente en sus Principios. Algunos años antes, un galileano, G. A. Borelli, ha postulado ya —partiendo de Kepler— fuerzas centrífugas engendradas por los movimientos planetarios. Las órbitas aparecen como curvas descritas por composición de la fuerza centrípeta solar y una fuerza centrífuga en cada planeta. De singular importancia en estos precedentes de Newton será el holandés Christiaan Huyghens, uno de los científicos más destacados de una época tan fértil para la ciencia físicomatemática, descubridor de la teoría ondulatoria de la luz y origen de progresos en casi todos los campos de investigación. A él se deben el teorema de las fuerzas centrífugas, y la fórmula sobre la duración de las oscilaciones del péndulo, que ofreció un método muy preciso para medir la aceleración gravitacional en la superficie de la Tierra. Gracias a esa fórmula Newton pudo comparar la acción de la gravedad terrestre con la atracción cósmica y afirmar su identidad. Es significativo que a pesar de ello mantuviera siempre un concepto de la gravedad afín al cartesiano, basado en un espacio lleno. Nos explicamos esto considerando que para Huyghens lo importante –en términos cosmológicos- no es tanto saber qué pasa en concreto como salvare apparientias con una construcción “elegante y sencilla”.
Se puede decir que la teoría gravitacional se encuentra completamente desarrollada ya en otro gran científico, Robert Hooke, secretario de la Royal Society y sin duda el «baconiano» puro más fecundo de todos los tiempos. En 1672, doce años antes de aparecer los Principios newtonianos, Hooke anuncia un sistema del mundo apoyado sobre tres suposiciones:

«En primer lugar, admitimos que todos los cuerpos celestes, sean cuales fueren, poseen una fuerza de atracción o de gravitación hacia su propio centro por la cual no sólo atraen a las diferentes partes de su cuerpo sino también a todos los otros cuerpos celestes, y que, por consiguiente, no sólo el Sol y la Luna tienen una influencia sobre el cuerpo y el movimiento de la Tierra, y la Tierra sobre ellos, sino que Mercurio, Marte, Saturno y Júpiter, por su fuerza atractiva, tienen una influencia considerable sobre sus movimientos.
La segunda suposición es que todos los cuerpos, sean los que fueren, una vez llevados a un movimiento directo y simple, continuarán moviéndose en línea recta, hasta que otras fuerzas eficaces los desvíen y obliguen a describir un movimiento que traza un círculo, una elipse o cualquier otra curva más compleja.
La tercera suposición es que esas fuerzas de atracción son tanto más poderosas cuanto que el cuerpo sobre el cual actúan esté más próximo a sus propios centros».

Algo más tarde, en carta dirigida a Newton, Hooke aclara lo único no explicitado en el esquema anterior, afirmando que «la atracción es siempre inversamente proporcional al cuadrado de la distancia».
Puede decirse que Newton no añade una letra a esto, y se comprende la feroz polémica desatada en el interior de la Royal Society entre el secretario y uno de sus más jóvenes miembros. Cuando en 1686 aparecen los Principios matemáticos de la filosofía natural, Hooke exige aparecer mencionado allí como inspirador, pero Newton elude toda mención a él (o a cualquier otro) en tal sentido, y sugiere que es Hooke quien ha plagiado a Borelli. En realidad, Newton tendrá la audacia de citar las leyes de Kepler como «fenómenos copernicanos», presentándose así como principio, medio y culminación de todo el sistema del mundo basado en la dinámica gravitacional. Ha comprendido que le basta ser capaz de demostrar matemáticamente las proposiciones de Kepler y Hooke para poder presentarse con toda legitimidad como su descubridor y, en consecuencia, como el más grande cosmólogo de la historia.
Puede decirse que desde Galileo y Baton, con el énfasis en la experimentación, la ciencia se plantea como la tarea de crear un saber sin sujeto, del que quedan excluidos cualesquiera aspectos personales y cualquier historicidad particular de sus constructores. Por una dialéctica previsible, este saber sin sujeto desata una inmediata lucha por el reconocimiento —antes desconocida por completo— cuyo caballo de batalla es la propiedad intelectual. Galileo inaugura la costumbre (continuada hasta el día de hoy) de anunciar con jeroglíficos los hallazgos para no ceder prioridad, y a partir de él, la mayoría de las polémicas entre científicos contendrán como elemento imputaciones de plagio.

3.1. Isaac Newton (1642-1727) fue hijo póstumo de un pequeño propietario rural analfabeto, y cuidado durante su infancia por su abuela, debido al rápido matrimonio de su madre con el reverendo de un pueblo próximo. Los biógrafos, y algunos comentarios del propio Newton -en un cuaderno escrito a los veinte años-, permiten atribuir traumas psicológicos profundos y precoces a esa separación de la madre, combinada con la falta de padre. En el cuaderno recién mencionado confiesa su propósito de incendiar la casa del reverendo con la madre y hermanastras dentro; haber hecho una ratonera y una pluma en domingo, poner un alfiler en el sombrero de un compañero para pincharle, falsificar una corona, robar a su madre una caja de golosinas, usar la toalla de otro y, fundamentalmente, «poner el corazón en el dinero». Nunca volverá a dar muestras de franqueza e ingenuidad semejante. Puritano de corazón, receloso y pusilánime, probará con creces ese interés por el dinero abandonando pronto la docencia y la investigación para dirigir hasta su muerte la Casa de la Moneda inglesa, desde donde instará y obtendrá la horca para diecinueve falsificadores. Su amanuense dijo de él que nunca reía, pero se dejaba llevar “cortésmente” a la sonrisa.
Antes de cumplir los quince años había inventado varios artefactos muy ingeniosos, uno de ellos un pequeño molino de grano movido por una rata que se alimentaba en proporción a su propio trabajo. Profesor de matemáticas en el Trinity College de Cambridge, sus principales influencias son Bacon, el platónico Henry More, su predecesor en la cátedra, Isaac Barrow, y el físico Robert Boyle, hombres todos —exceptuando al primero— donde se combina un profundo fervor religioso con el empirismo característico de los pensadores ingleses ya desde la Edad Media. Su tendencia a borrar las huellas de quienes le precedieron promovió varias amargas polémicas, donde inventó el sistema de atacar y defenderse a través de recensiones sin firma o redactando textos firmados por algunos de sus pupilos. Hooke le acusó de plagio en sus trabajos de óptica y mecánica gravitatoria; Leibniz le discutió la paternidad en el invento del cálculo infinitesimal. Con el astrónomo real Flamsteed, cuyos cálculos sobre movimientos lunares le eran imprescindibles, sostuvo un combate que acabó en los tribunales. Célibe toda su vida, aunque Leibnitz aludió a «relaciones muy particulares» con el joven matemático Fatio de Douiller, Voltaire asegura —apoyándose en el médico y el cirujano en cuyos brazos murió— que nunca pudo conocer mujer (probablemente por una fimosis muy estrangulada). En dos ocasiones atravesó profundas crisis emocionales, que le llevaron a un completo aislamiento con síntomas de demencia aguda, pero de ambas logró reponerse.
Newton constituye un hito absoluto en la historia de la ciencia desde el punto de vista sociológico también. Puede decirse que con él se dignifica y establece de modo definitivo la profesión de «investigador experimental», para la cual crea con gusto la sociedad un lugar preferente. Es el primer científico convertido en caballero por la realeza, y durante los últimos veinte años de su vida —presidente de la Casa de la Moneda y de la Royal Society— será un foco de admiración y orgullo tanto para Inglaterra como para toda clase de investigadores, definiendo el tipo de perspectiva y métodos a seguir en los siglos venideros. Por eso mismo, aunque desde el punto de vista estrictamente filosófico su pensamiento adolezca de límites e inconsecuencias (Hegel decía de él que «en vez de tratar las cosas como conceptos, trataba los conceptos como cosas»), convendrá dedicar un tema al análisis de sus criterios.

 

 

REFERENCES

1 Aristóteles mantenía, en cambio, que la historia de cualquier objeto es el proceso de penetración gradual de una materia por alguna forma, que “actualizaba” o cumplía su “meta” o fin.

2 Demócrito sólo postulaba esto de los átomos.

 


BIBLIOGRAFÍA

BUTTERFIELD, H., Los orígenes de la ciencia moderna, Taurus, Madrid, 1971.
KOYRÉ, A., Etudes galileénnes, Gallimard, París, 1972. Hay traducción castellana.
I. NEWTON, Principios matemáticos de la filosofía natural, Tecnos, Madrid, 1995. La Introducción del editor amplía considerablemente precendentes y otros datos oportunos.

 

© Antonio Escohotado
http://www.escohotado.org



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