Junto a la des-animación del universo que sigue al desarrollo
de la física matemática y al proyecto baconiano, el Renacimiento
significa también lo inverso, esto es, el momento donde cesa la
oposición entre mente y materia. Frente al dogma de la trascendencia
divina se difunde desde el cardenal de Cusa la idea de que la única
presencia de Dios es la presencia del mundo. Esto supone la infinitud
del universo, tanto en el sentido de la ilimitación como en el
de la vitalidad.
El hombre constituye un ser natural, y la naturaleza un ser espiritual.
Lo divino ha descendido de los lejanos cielos y se derrama en todas las
cosas. Más o menos filosófico, este panteísmo hace
que lo antes considerado sobrenatural pase a ser estrictamente natural,
y que el conjunto de procedimientos cubiertos como magia alquímica
durante el medioevo se investigue a una nueva luz, buscando intuiciones
y datos concretos.
El médico Paracelso (1493-1541) retoma la filosofía de Anaxágoras
con su concepto de una interdependencia entre «macrocosmos»
y «microcosmos». Esa interdependencia, que conlleva la idea
de totalidad como principio básico de lo real, concibe, por ejemplo,
la enfermedad como independización de alguna parte. El remedio
será entonces un agresor o tóxico, que al invocar una reacción
general de defensa despierte la unidad del conjunto, y supere gracias
a ella la autonomización de un órgano o grupo de órganos
provocadora de la enfermedad. El uso de sulfamidas, antibióticos
y hasta venenos fulminantes en pequeñas dosis no parece haber hallado
aún mejor justificación para su eficacia. En una línea
más propiamente filosófica destaca la obra de Bernardino
Telesio (1509-1588), proseguida por Tomás Campanella (1568-1639),
donde el mundo se comprende como un viviente único e infinito.
1. Quemado vivo en 1600 por el Santo Oficio, tras siete años
de encarcelamiento, la muerte de Giordano Bruno abre el siglo XVII con
la bravura de alguien que renueva una milenaria tradición en
filosofía, y no cede al chantaje del verdugo. Temperamento semejante
en algunos puntos al de Kepler, aunque más impetuoso y rebelde,
el agudo contraste entre su actitud y la de Galileo ha hecho que suela
presentársele como un provocador fanático, olvidando detalles
precisos (su formación como geómetra, la precoz defensa
del heliocentrismo, la originalidad de su pensamiento, la primera intuición
del universo infinito), y olvidando también las circunstancias
del proceso mediante el cual le fue arrebatada la existencia.
Bruno se defendió durante tres años, alegando que no era
teólogo sino filósofo. Como la respuesta de los cardenales
inquisidores entre ellos San Roberto Belarmino, que intervino en
la causa contra Galileo fue exigir una retractación formal
y global, Bruno, que tenía cuarenta y cinco años y amaba
vivir, trató durante dos años más de demostrar la
compatibilidad de la filosofía y la teología, y se ofreció
a aclarar cualquier aspecto oscuro de sus tesis. La respuesta
de los inquisidores fue reiterar su exigencia de una retractación
«normal» (esto es, indiscriminada), y Bruno repuso: «No
tengo nada de qué retractarme, y ni siquiera sé de qué
se espera que me retracte». Clemente VIII, no tan clemente como
su nombre, le declaró entonces hereje pertinaz. Cuando el Santo
Oficio dictó el veredicto cuentan que el reo se puso en pie para
afirmar: «Quizá vuestro miedo a sentenciarme sea mayor que
el mío al conocer la sentencia». Añadió que
ni tuvo ni tenía el menor interés en provocar a ninguna
Iglesia (esto podemos ponerlo seriamente en duda), pero consideraba demasiado
monstruoso «abjurar de la libre razón en general»,
sintiéndose incapaz de admitir que «en nombre de lo sagrado
pudiera pedirse a un hombre tal cosa». Para impedir nuevas manifestaciones
verbales, se le clavó la lengua al paladar inferior con un cepo
de hierro. Algunos testigos dicen que sufrió con fortaleza ese
y otros tormentos, consumados por el espantoso final sobre un suelo de
brasas. Tenía a la sazón 52 años.
En la suerte de este pensador y en la de contemporáneos como
Vanini, quemado vivo por dar explicaciones naturales de algunos
milagros vemos hasta qué punto el espíritu del Renacimiento
padece la acción combinada de la Reforma y la Contrarreforma, enemigas
una de otra pero aliadas por un común terror al pensamiento libre.
Giordano Bruno había nacido en 1548, hijo de un soldado profesional.
Siendo casi un niño ingresó en la Orden de Predicadores
(dominicos), por la cual fue procesado antes de cumplir los dieciocho
años en base a la acusación de leer libros prohibidos (entre
ellos Erasmo), y de cuyo tribunal logró huir. Colgados los hábitos,
emprendió una vida de azarosos viajes por toda Europa, disertando
y trabajando como corrector de imprenta. Tras un breve periodo inicial
de buenas relaciones, se concitó la enemistad de Calvino. De hecho,
en París, en Oxford y en Ginebra quienes se escandalizaron ante
sus enseñanzas fueron los reformistas, y de Ginebra a duras penas
retractándose ante el tribunal- evitó ser ajusticiado
como poco después lo sería Miguel Servet. La Inquisición
católica le prendió por denuncia de un falso amigo, cuando
había osado volver a Italia para optar a una cátedra de
matemáticas vacante en Padua, plaza que le fue denegada y concedida
algo después al joven Galileo. El motivo inmediato del procesamiento,
aparte de la vieja acusación de leer libros prohibidos, fueron
comentarios sobre la degradación de las órdenes eclesiásticas
y el dogma de la inmaculada concepción de María, aunque
toda su obra penetrada de panteísmo le hacía
insufrible tanto para los católicos como para los protestantes
y judíos. El conjunto de sus escritos rezuma un exaltado entusiasmo
ante la naturaleza, no menos que en palabras de Hegel «una
incapacidad para allanarse a lo finito, lo malo y lo vulgar».
Como a sus contemporáneos, le gustaban la magia, la alquimia y
el ocultismo; su impetuosidad le llevaba a escribir atropelladamente sobre
mil materias, bastantes de ellas afines a la charlatanería. Pero
Bruno es el renacentista donde se expresa con más hondura la reconciliación
de la inteligencia con lo natural, y el único filósofo especulativo
de su tiempo. El elemento místico en él no son cantos a
lo suprasensible y lamentos por la concupiscencia del mundo, sino visiones
de la naturaleza en su infinitud actual, raptos de alegría ante
la realidad sensible, que no excluyen una elaboración de conceptos
muy notables para la historia del pensamiento posterior.
1.2. La Naturaleza se le aparece como vitalidad y racionalidad, de la
cual brotan este mundo e infinitos otros. El concepto capital de Bruno
afirma que la forma es inmanente a la materia1
, que está desde y para siempre inscrita en ella, reflejando una
unidad substancial también llamada materia primera».
Es erróneo, por unilateral, postular un Alma separada del mundo
o una materia informe. Bruno no acepta ni el ser ni el pensamiento como
principios autónomos, y tampoco se aviene a tomar uno como dependiente
del otro. Sólo su absoluta compenetración explica el fenómeno
de la vida. Cada universo es un animal infinito en el que todo existe
y se mueve de ilimitadas maneras; la simiente se convierte en espiga,
pan, bolo alimenticio, sangre, semen, cadáver, tierra orgánica,
planta, roca, etc. A lo largo de esas transformaciones la Naturaleza permanece
idéntica a sí misma. Comprenderlo es para el hombre la más
alta intelección, no menos que fuente de un entusiasmo afín
a la ebriedad.
Aunque suele incluírsele en el «platonismo italiano»,
pocos pensadores fueron más ajenos a la contraposición idealista
entre inteligencia y sensibilidad. «Si hay participación
de la inteligencia en el sentido», dice Bruno, «éste
será la inteligencia misma». De hecho, pone la mayor atención
en que lo material no se conciba como algo anterior o posterior, y por
lo mismo separado del pensamiento. Lógicamente, lo intelectual
(reino de las formas) se concibe a su vez sin subjetivismo o voluntad
singular, inseparable del movimiento que produce todo en todo momento.
«Momentáneos» como son, los humanos no por eso dejan
de contener lo inmenso. Al contrario, son como todo
el resto de las cosas- modos de eso inmenso que suscita la
unidad substancial.
Estructurado y sistematizado, el concepto de unidad substancial informa
medio siglo después la filosofía de Spinoza, donde como
veremos toda cosa es un modo de lo absolutamente
infinito. Bruno está así en la raíz del panteísmo
filosófico, que tiene fundadas aspiraciones a considerarse un modelo
de construcción analítica o racional. Ya desde joven sostuvo
que la religión sólo casaba bien con ignorantes,
reservándose la filosofía a quienes son aptos para
gobernarse a sí mismos, y por extensión para gobernar.
Sin embargo, Bruno entra también en la historia del pensamiento
como primera conciencia de la infinitud más concreta, la del cielo,
porque antes de él lo que se considera gigantesco es el sistema
solar. Con él pasamos del imaginario orbe donde se engastan las
estrellas algo indiscutido por Copérnico- al espacio sideral,
ilimitadamente profundo en todas direcciones, sembrado de cuerpos ilimitadamente
numerosos y diversos. Bruno no tiene instrumentos para observarlo, como
tampoco los tiene ningún otro hombre de su época, pero a
él le es conferida en forma de pura intuición- esa
realidad inmensa que a nosotros nos enseñan ya de niños,
donde los años se convierten en años-luz y siguen midiéndose
por centenares o millares.
2. La antítesis perfecta del énfasis en el experimento y
la inducción que representa Francis Bacon fue el francés
Renato Descartes (1596-1650), de quien como metafísico hablaremos
en otro tema. Usando un símil del propio Bacon, Descartes no pertenece
a la categoría de las acumuladoras hormigas sino a la de las arañas,
que extraen del propio vientre el material para sus sutiles telas, y,
en efecto, llevó el deductivismo a extremos inigualados en la historia
del pensamiento. Tras Kepler y Galileo, le parece que sólo queda
construir una teoría general válida para cualquier universo
posible, toda ella «clara y nítida», ordenada de «lo
simple a lo complejo». Esa teoría general constituye la mejor
expresión de la realidad idealizada a que nos referimos hablando
de Galileo, y lo más opuesto que cabe concebir al universo viviente
de Bruno.
La realidad física se reduce a extensión y movimiento local
(traslación). La materia, en particular, es pura extensión
(y, por tanto, puro espacio) infinita en magnitud y divisibilidad. Lo
único que distingue a los cuerpos es «figura y posición»2
. No hay modo alguno, pues, de distinguir entre un sólido geométrico
y un sólido natural; como hay tampoco modo de distinguir esencialmente
a unos cuerpos de otros, pues toda distinción allí resulta
exterior a ellos mismos. De hecho, al suprimirse incluso la diferencia
entre materia y extensión, corporeidad y espacio, desaparece la
diferencia entre continente y contenido. Lo físico queda sujeto
a una uniformidad sin excepciones, presentándose al fin de modo
rigurosamente abstracto e inanimado.
2.1. Tan pronto como Descartes ha realizado esta operación puede
ya contemplar de modo puramente geométrico lo visible, y lo que
en Galileo eran todavía intuiciones vacilantes del principio inercial
pasa a ser una idea completamente definida. En el tratado Del Mundo
(que dejó sin publicar, temiendo sufrir una condena como la de
Galileo) expresa ese principio en dos leyes:
1. «Cada parte de la materia, en particular, continúa
siempre en el mismo estado, mientras el encuentro con otras no la obligue
a cambiar».
2. «Mientras un cuerpo se mueve, aunque su movimiento se haga
generalmente en línea curva, y aunque no pueda haber jamás
ninguno que no sea de alguna manera circular, cada una de sus partes
en particular tiende siempre a continuar el suyo en línea recta.
Y, así, la acción o su inclinación a moverse es
diferente de su movimiento».
Como el movimiento se reduce a movimiento local, la primera de estas
leyes (llamada de «persistencia») lo plantea como un estado
-no como un cambio-, que como tal estado resulta indiscernible del reposo.
Se ha dado así el decisivo paso de ampliar la inertia de
Kepler a una conservación del estado (ya sea reposo o de movimiento),
cuando en éste se refería sólo a lo primero.
La segunda de las leyes corrige a Galileo en su convicción de que
todo cuerpo tiende hacia «abajo» en virtud de un peso absoluto,
afirmando que si un cuerpo se mueve su tendencia («inclinación»)
no será la curva de caída sino proseguir en línea
recta. Para ello recurre al eficaz ejemplo de la piedra en la honda, cuya
tensión en la mano revela una tendencia a escapar por la tangente
aún antes de salir despedida.
La consecuencia que se impone tras formular el principio de inercia es
una física del choque, pues sólo las colisiones (acción
por contacto) cumplen el requisito «mecánico» de explicar
los movimientos sin recurso a naturaleza o «causa oculta»
alguna. A su vez, esta física del choque se enuncia en siete leyes,
basadas en el axioma de que la cantidad de movimiento no varía
ni antes ni después del mismo. Aunque dichas leyes son un logro
deductivo, Descartes pretende aplicarlas a un mundo, y aquí surge
un obstáculo insuperable. Las figuras geométricas pueden
considerarse tan rígidas como convenga, pero ningún cuerpo
mundano puede considerarse perfectamente duro. Como esa dureza resulta
algo puramente ideal, sólo imaginado, el rigor deductivo no excluye
que sean groseramente inexactas, y que el axioma inicial pierda toda condición
de evidencia.
2.2. Sin embargo, a Descartes nada podría importarle menos que
ese tipo de precisión realista, considerando el proyecto de construir
una teoría puramente deductiva «válida para cualquier
universo posible». Además, si se aceptase la elasticidad
de los cuerpos podría con el mismo título sugerirse la elasticidad
de los patrones de medida (como mucho más tarde sugerirá
Einstein), y cualquier camino semejante menoscaba lo «claro y nítido»
de la construcción geométrica.
A despecho de la escandalosa falla empírica en su monolito,
Descartes completó una cosmología que tendría inmenso
predicamento en su época. Una vez lanzadas por Dios infinitas partes
extensas, agitadas por una cantidad constante de movimiento, el resultado
comprende tres tipos de elementos: a) cuerpos de forma angulosa e irregular;
b) cuerpos redondeados o restos de los anteriores, pulidos por innumerables
choques; c) corpúsculos mínimos, raspaduras causadas por
el desgaste de los precedentes, que constituyen la materia sutil o «primer
elemento», capaz por su tenuidad de llenar todos los intersticios
y adoptar todas las formas. Siendo materia y extensión lo mismo
no hay vacío, y en este universo «lleno» el único
movimiento posible es el torbellino o vórtice. Cuando un cuerpo
deja su puesto al que lo empuja debe tomar el de otro, éste el
de un tercero y así sucesivamente hasta el último, que habrá
de ocupar el lugar dejado por el primero. Tal como la piedra tiende a
un movimiento rectilíneo, pero está sujeta por la funda
de la honda, así también es preciso que el cuerpo que se
encuentra en un vórtice se encuentre constantemente presionado
hacia el centro por los cuerpos vecinos que se oponen a su movimiento
de huida siguiendo la tangente.
Gracias a su desconcertante materia etérea, Descartes presume de
construir mecánicas que explican la gravedad, la luz, el calor,
las mareas, el imán, etc. Su física sólo admite la
acción instantánea, descartando toda fuerza cuyos efectos
requieran una duración, y el reflejo de esto es que la luz deba
difundirse instantáneamente también, transmitiéndose
del cuerpo luminoso al ojo como un impulso se transmite de un extremo
a otro de una barra rígida. Esta extraña opinión
era tan importante para su cosmología que, según Descartes,
«si la experiencia mostrase un retraso cualquiera, toda su filosofía
caería por la base».
Eso fue, en efecto, lo que aconteció. Tras una dura polémica
inicial, la mayoría de las universidades adoptaron como modelo
la cosmología newtoniana.
3. En sus rasgos generales, la dinámica gravitacional se encuentra
ya definida por Kepler, en quien parecen haber influido decisivamente
el abandono de la idea de los orbes gracias a Tycho Brahe, y la teoría
de los planetas como imanes sostenida por el magnetólogo Gilbert.
Dos lustros después de morir Kepler y a pesar de oponerse
al principio de la «atracción» por fidelidad al principio
«mecánico» Descartes dice en sus Principios
de la filosofía algo indicativo de que comprende lo básico
del fenómeno:
«Niego la existencia de la gravedad en cualquier cuerpo mientras
es considerado por sí mismo, pues se trata de una cualidad dependiente
de la relación de situación y movimiento que los cuerpos
guardan entre sí».
Desde mediados del XVII puede decirse que el esquema gravitatorio flota
en diversos círculos de estudiosos. El matemático G. P.
de Roberval lee ante la Academia de Ciencias francesa, en 1669, una memoria
sobre la causa del peso, donde lo presenta como «una atracción
mutua o un deseo natural que los cuerpos tienen de unirse», empleando
la expresión sese reciproce attrahunt que Newton usará
luego textualmente en sus Principios. Algunos años antes,
un galileano, G. A. Borelli, ha postulado ya partiendo de Kepler
fuerzas centrífugas engendradas por los movimientos planetarios.
Las órbitas aparecen como curvas descritas por composición
de la fuerza centrípeta solar y una fuerza centrífuga en
cada planeta. De singular importancia en estos precedentes de Newton será
el holandés Christiaan Huyghens, uno de los científicos
más destacados de una época tan fértil para la ciencia
físicomatemática, descubridor de la teoría ondulatoria
de la luz y origen de progresos en casi todos los campos de investigación.
A él se deben el teorema de las fuerzas centrífugas, y la
fórmula sobre la duración de las oscilaciones del péndulo,
que ofreció un método muy preciso para medir la aceleración
gravitacional en la superficie de la Tierra. Gracias a esa fórmula
Newton pudo comparar la acción de la gravedad terrestre con la
atracción cósmica y afirmar su identidad. Es significativo
que a pesar de ello mantuviera siempre un concepto de la gravedad afín
al cartesiano, basado en un espacio lleno. Nos explicamos esto considerando
que para Huyghens lo importante en términos cosmológicos-
no es tanto saber qué pasa en concreto como salvare apparientias
con una construcción elegante y sencilla.
Se puede decir que la teoría gravitacional se encuentra completamente
desarrollada ya en otro gran científico, Robert Hooke, secretario
de la Royal Society y sin duda el «baconiano» puro más
fecundo de todos los tiempos. En 1672, doce años antes de aparecer
los Principios newtonianos, Hooke anuncia un sistema del mundo apoyado
sobre tres suposiciones:
«En primer lugar, admitimos que todos los cuerpos celestes, sean
cuales fueren, poseen una fuerza de atracción o de gravitación
hacia su propio centro por la cual no sólo atraen a las diferentes
partes de su cuerpo sino también a todos los otros cuerpos celestes,
y que, por consiguiente, no sólo el Sol y la Luna tienen una
influencia sobre el cuerpo y el movimiento de la Tierra, y la Tierra
sobre ellos, sino que Mercurio, Marte, Saturno y Júpiter, por
su fuerza atractiva, tienen una influencia considerable sobre sus movimientos.
La segunda suposición es que todos los cuerpos, sean los que
fueren, una vez llevados a un movimiento directo y simple, continuarán
moviéndose en línea recta, hasta que otras fuerzas eficaces
los desvíen y obliguen a describir un movimiento que traza un
círculo, una elipse o cualquier otra curva más compleja.
La tercera suposición es que esas fuerzas de atracción
son tanto más poderosas cuanto que el cuerpo sobre el cual actúan
esté más próximo a sus propios centros».
Algo más tarde, en carta dirigida a Newton, Hooke aclara lo único
no explicitado en el esquema anterior, afirmando que «la atracción
es siempre inversamente proporcional al cuadrado de la distancia».
Puede decirse que Newton no añade una letra a esto, y se comprende
la feroz polémica desatada en el interior de la Royal Society entre
el secretario y uno de sus más jóvenes miembros. Cuando
en 1686 aparecen los Principios matemáticos de la filosofía
natural, Hooke exige aparecer mencionado allí como inspirador,
pero Newton elude toda mención a él (o a cualquier otro)
en tal sentido, y sugiere que es Hooke quien ha plagiado a Borelli. En
realidad, Newton tendrá la audacia de citar las leyes de Kepler
como «fenómenos copernicanos», presentándose
así como principio, medio y culminación de todo el sistema
del mundo basado en la dinámica gravitacional. Ha comprendido que
le basta ser capaz de demostrar matemáticamente las proposiciones
de Kepler y Hooke para poder presentarse con toda legitimidad como su
descubridor y, en consecuencia, como el más grande cosmólogo
de la historia.
Puede decirse que desde Galileo y Baton, con el énfasis en la experimentación,
la ciencia se plantea como la tarea de crear un saber sin sujeto, del
que quedan excluidos cualesquiera aspectos personales y cualquier historicidad
particular de sus constructores. Por una dialéctica previsible,
este saber sin sujeto desata una inmediata lucha por el reconocimiento
antes desconocida por completo cuyo caballo de batalla es
la propiedad intelectual. Galileo inaugura la costumbre (continuada hasta
el día de hoy) de anunciar con jeroglíficos los hallazgos
para no ceder prioridad, y a partir de él, la mayoría de
las polémicas entre científicos contendrán como elemento
imputaciones de plagio.
3.1. Isaac Newton (1642-1727) fue hijo póstumo de un pequeño
propietario rural analfabeto, y cuidado durante su infancia por su abuela,
debido al rápido matrimonio de su madre con el reverendo de un
pueblo próximo. Los biógrafos, y algunos comentarios del
propio Newton -en un cuaderno escrito a los veinte años-, permiten
atribuir traumas psicológicos profundos y precoces a esa separación
de la madre, combinada con la falta de padre. En el cuaderno recién
mencionado confiesa su propósito de incendiar la casa del reverendo
con la madre y hermanastras dentro; haber hecho una ratonera y una pluma
en domingo, poner un alfiler en el sombrero de un compañero para
pincharle, falsificar una corona, robar a su madre una caja de golosinas,
usar la toalla de otro y, fundamentalmente, «poner el corazón
en el dinero». Nunca volverá a dar muestras de franqueza
e ingenuidad semejante. Puritano de corazón, receloso y pusilánime,
probará con creces ese interés por el dinero abandonando
pronto la docencia y la investigación para dirigir hasta su muerte
la Casa de la Moneda inglesa, desde donde instará y obtendrá
la horca para diecinueve falsificadores. Su amanuense dijo de él
que nunca reía, pero se dejaba llevar cortésmente
a la sonrisa.
Antes de cumplir los quince años había inventado varios
artefactos muy ingeniosos, uno de ellos un pequeño molino de grano
movido por una rata que se alimentaba en proporción a su propio
trabajo. Profesor de matemáticas en el Trinity College de Cambridge,
sus principales influencias son Bacon, el platónico Henry More,
su predecesor en la cátedra, Isaac Barrow, y el físico Robert
Boyle, hombres todos exceptuando al primero donde se combina
un profundo fervor religioso con el empirismo característico de
los pensadores ingleses ya desde la Edad Media. Su tendencia a borrar
las huellas de quienes le precedieron promovió varias amargas polémicas,
donde inventó el sistema de atacar y defenderse a través
de recensiones sin firma o redactando textos firmados por algunos de sus
pupilos. Hooke le acusó de plagio en sus trabajos de óptica
y mecánica gravitatoria; Leibniz le discutió la paternidad
en el invento del cálculo infinitesimal. Con el astrónomo
real Flamsteed, cuyos cálculos sobre movimientos lunares le eran
imprescindibles, sostuvo un combate que acabó en los tribunales.
Célibe toda su vida, aunque Leibnitz aludió a «relaciones
muy particulares» con el joven matemático Fatio de Douiller,
Voltaire asegura apoyándose en el médico y el cirujano
en cuyos brazos murió que nunca pudo conocer mujer (probablemente
por una fimosis muy estrangulada). En dos ocasiones atravesó profundas
crisis emocionales, que le llevaron a un completo aislamiento con síntomas
de demencia aguda, pero de ambas logró reponerse.
Newton constituye un hito absoluto en la historia de la ciencia desde
el punto de vista sociológico también. Puede decirse que
con él se dignifica y establece de modo definitivo la profesión
de «investigador experimental», para la cual crea con gusto
la sociedad un lugar preferente. Es el primer científico convertido
en caballero por la realeza, y durante los últimos veinte años
de su vida presidente de la Casa de la Moneda y de la Royal Society
será un foco de admiración y orgullo tanto para Inglaterra
como para toda clase de investigadores, definiendo el tipo de perspectiva
y métodos a seguir en los siglos venideros. Por eso mismo, aunque
desde el punto de vista estrictamente filosófico su pensamiento
adolezca de límites e inconsecuencias (Hegel decía de él
que «en vez de tratar las cosas como conceptos, trataba los conceptos
como cosas»), convendrá dedicar un tema al análisis
de sus criterios.