1. Dejamos a la filosofía maltrecha en el tema anterior, y nos
interesa saber por qué vericuetos históricos acaba regresando
el espíritu del análisis científico a Europa, qué
resultará de la justicia social neotestamentaria, etc.. Pero se
nos queda atrás una cuestión influyente en los cambios ocurridos
a partir del siglo XIV, que es la idea del mundo visible -en el sentido
de qué sucede en el cielo-, forzándonos a retroceder un
momento.
Se dice que Filolao, un pitagórico del siglo V a.C., fue el primero
en sostener que la Tierra es una esfera y describe un movimiento circular
alrededor de un punto externo llamado «fuego central», aunque
Filolao no identificó ese fuego con el Sol precisamente,
sino con un astro invisible para nosotros. Décadas más tarde,
el también pitagórico Heráclides de Ponto, oyente
de Platón y Aristóteles, afirma que la tierra esférica
gira alrededor de su propio eje, causando así la sucesión
de los días y las noches. Los cinco planetas1 entonces conocidos
girarían en torno al Sol, conjunto que a su vez gira alrededor
de la Tierra. Se trata del sistema llamado egipcio, que adoptará
muchos siglos después Tycho Brahe.
El matemático Eudoxo de Cnido contemporáneo de Heráclides
propuso la teoría de los orbes, que ve en los planetas cuerpos
engastados sobre esferas concéntricas que encajan unas en otras.
Ya el milesio Anaxímenes hablaba de los planetas como «clavos
fijos en lo cristalino». Al igual que sus predecesores, Eudoxo no
hace física celeste (no se pregunta de qué material están
hechos esos orbes, qué impulsos los mueven ni a qué distancia
están unos de otros). Lo que pretende es cumplir el requisito formal
planteado por Platón: ¿qué movimientos ordenados
y uniformes han de suponerse para dar cuenta de los movimientos planetarios
aparentes? La cuestión no es la existencia real de tales orbes,
sino la eficacia de su teoría para mantener el principio de las
trayectorias circulares de todos los cuerpos celestes.
El mecanismo de Eudoxo fue ampliado en número de orbes por Calipo,
y vuelto a ampliar por Aristóteles. Su tratado Sobre el cielo
contiene el primer ensayo de medir la Tierra el resultado es una
cifra algo inferior al doble de su tamaño efectivo considerando
que no puede haber gran distancia entre el Estrecho de Gibraltar y la
India. Esta opinión, por cierto, fue el principal argumento aducido
por Colón para intentar su viaje, y la razón de llamar a
los territorios descubiertos «Indias occidentales». Ajeno
a la mística pitagórica del centro, Aristóteles pone
a la Tierra en el centro por lo contrario de conferirle esencialidad;
ese centro es la esfera «sublunar», la menos perfecta o etérea
(la más inmóvil). Más allá comienzan los orbes
planetarios incluido el del Sol y en último término
el de las «estrellas fijas». El resultado es un complicado
mecanismo de 55 orbes giradores y compensadores (para impedir la comunicación
del movimiento de unos orbes a otros), que simplemente no funciona.
1.1. El año en que muere Heráclides (310 a.C.) nace el también
pitagórico Aristarco. Su revolucionaria tesis es que la Tierra
posee un doble movimiento: alrededor de su eje y alrededor del Sol. La
construcción basada en orbes concéntricos presentaba varios
fallos palmarios. 1) Postulaba una misma distancia siempre entre los planetas
y la Tierra, cosa contraria a la variación ostensible de su respectiva
luminosidad; 2) no explicaba las trayectorias irregulares de los planetas;
3) tampoco explicaba el movimiento de los cometas el de Halley por
ejemplo, que se movía con su larga cola por nuestros cielos en
los siglos IV y III salvo suponiendo que fuesen fenómenos
«sublunares», pues en otro caso perforarían los orbes
cristalinos sin sufrir modificación alguna en sus trayectorias.
El sistema heliocéntrico permitía superar limpiamente todos
esos inconvenientes. Pero no tuvo éxito, falto de un discípulo
como lo fuera Platón para Pitágoras y, quizá, porque
obligaba a multiplicar cientos de veces las distancias, incurriendo en
lo descomunal. Un estoico llamado Cleantes, cuenta Plutarco, sostuvo que
«Aristarco de Samos debía ser acusado de impiedad, por mover
el corazón del mundo». Más sólida parecía
la objeción de que si la Tierra se moviese a la alta velocidad
requerida para completar anualmente su órbita en torno al Sol (unos
1.600 km/h) nada podría conservarse en su sitio, los mares se saldrían
de sus cuencas, vientos devastadores pulverizarían todo, etc. Sea
como fuere, es llamativo que ni este tema ni la perspectiva heliocéntrica
ocupasen a Euclides, Apolonio o Arquímedes los tres matemáticos
más geniales-, sugiriendo que quizá les pareció demasiado
material, y propenso por eso a soluciones irracionales en
vez de armoniosas en sentido pitagórico.
1.2. A salvare apparientias como pedía Platón, vino
Claudio Tolomeo -un peripatético que floreció en Alejandría
a mediados del siglo II- con la Sintaxis matemática o Almagesto,
el tratado de astronomía más completo y antiguo. La obra,
que trata los planetas como puros puntos matemáticos, quiere captar
regularidades en los erráticos arabescos descritos por ellos, para
mantener contra Aristarco-.la tesis geocéntrica y el principio
de la circularidad y uniformidad de todas las trayectorias.
Ninguno de estos postulados es conforme al estado de cosas, y esto constituye
precisamente el mérito del Almagesto. Despliega un aparato
calculatorio de gran potencia para mantener premisas incorrectas, pero
ofrece a la vez un instrumento práctico válido, no inferior
en calidad predictiva superior quizá al sistema de
Copérnico. Partiendo de orbes excéntricos no concéntricos
el expediente concreto de que se sirve Tolomeo para hacer circulares todos
los movimientos planetarios es la técnica de los «epiciclos»
desarrollada varios siglos antes por Apolonio en su Tratado sobre las
secciones cónicas, al que añade un segundo artificio
llamado «punto ecuante» para conseguir la uniformidad del
movimiento. El ingenioso sistema permite trazar suavemente, mediante constelaciones
de epiciclos, incluso trayectorias cuadradas o triangulares si preciso
fuera.
El resultado de estos finos expedientes matemáticos fue una astronomía
que bastó para las necesidades prácticas (navegación,
agricultura, eclipses, calendarios, etc.). El anverso de las ventajas
era el divorcio de la astronomía y la física, y la preservación
de principios cosmológicos falsos.
2. En la alta Edad Media europea (entre los siglos VI y X) no encontramos
discusiones entre heliocentristas y geocentristas. Los bosques han crecido,
borrando caminos y vías empedradas; viajar resulta muy peligroso;
desaparecieron ferias y mercados por falta de movilidad y capacidad adquisitiva,
tanto en compradores como en vendedores; los antiguos municipios y provincias
romanas son enclaves feudales aislados; las únicas personas capaces
de leer y escribir están dispersas por algunas abadías;
médicos, farmacéuticos y otras profesiones liberales han
desaparecido, bien porque son rivales incómodos del clero o bien
porque sus conocimientos se olvidaron; la clase media no existe, y en
lugar de la estructura social grecorromana hallamos grupos compuestos
por un noble, sus clientes o servidores de primer rango y los siervos
de la gleba o campesinos, vinculados perpetuamente a una comarca.
Este estancamiento, sembrado de hambrunas, guerras y escaramuzas locales
acaba originando una alianza del establecimiento militar y el eclesiástico,
que será el Sacro Imperio Romano-Germánico. Sin embargo,
desde bastante antes y hasta bastante después del año 800
-cuando Carlomagno es coronado nuevo emperador de Occidente- la estabilidad
en el atraso se relaciona con un cuadro económico repetido, cuyo
rasgo común es la falta de comercio exterior, y la correlativa
falta de manufacturas. Lo que se produce es tosco, relacionado con la
mera supervivencia y muchas veces objeto de trueque en vez de vendido
o comprado.
Comarca a comarca, prácticamente todos son clientes o siervos de
un amo feudal y éste mantiene su autoridad sobre ellos conformándose
con un juramento de fidelidad, o recibiendo cosas como un cordero al año
de cada familia establecida en sus tierras. Conseguir docenas, cientos
o hasta miles de corderos nuevos regularmente no le proporciona acceso
a una existencia lujosa o siquiera cómoda. Esto se debe en parte
a que su clientela guarda proporción directa con su propio rango
nobiliario, con lo cual algunos duques y condes cuentan sus dependientes
en castillos y burgos por miles y hasta decenas de miles. Pero en parte
se debe a falta de comprador para sus propios bienes muebles, inmuebles
y semovientes. Si quiere pedir más tributo a sus siervos, o sostener
menos clientes, arriesga una alianza de estos inferiores con algún
otro amo de la vecindad. Y lo mismo les sucede a éstos si conspiran
contra su deber de obediencia incondicional, pues vendrá otro amo
(quizá más exigente). Como vio por primera vez Hume, ese
mundo se mantuvo inalterado hasta florecer las primeras ciudades mercantiles,
también llamadas libres, que surgen al amparo de una mejora en
las comunicaciones y demuestran como los municipios lombardos- capacidad
para resistir el ataque de la nobleza rural, en buena medida aliándose
con las monarquías de cada país.
2.1. Nos referimos a Venecia, Florencia, Brujas y Basilea, seguidas por
Ámsterdam, Amberes, Génova, Londres y algunas ciudades de
la Liga Hanseática (Bremen, Hamburgo, Lübeck, Colonia). Precedidas
por Venecia, que aprovecha los bienes y procedimientos traídos
de Oriente Medio por sucesivas Cruzadas, Milán y otras ciudades
del valle del Po albergan ya a un mercader que no sólo transporta,
almacena e intercambia objetos, sino que empieza a vislumbrar la posibilidad
de producirlos y transformarse así en industrial, amenazando con
ello el monopolio manufacturero de las asociaciones de artesanos que son
los gremios.
Lo absolutamente fundamental de estas ciudades es que proporcionan un
mercado amplio e inmediato para los productos del campo, que hacen surgir
oficios y profesiones para la clientela del noble y ofrecen bienes tentadores
para el noble mismo y su familia. Adquirir dichos bienes fuerza la venta
de tierras a comerciantes, que mejoran esos predios para elevar su rentabilidad,
creando así mejores cultivadores. Hacia 1400 la Lombardía
y la Toscana, por ejemplo, son los territorios agrícolamente más
prósperos de Europa, mientras siglos antes padecían el mismo
estancamiento miserable que otras partes de Italia y Francia. De este
modo, la más grande de las revoluciones conocidas (Hume)
se produce sin asomo de batalla, inconscientemente, por una mezcla de
conveniencia del campesino y vanidad adquisitiva del amo. El vínculo
servil queda herido de muerte, porque el cambio promueve división
del trabajo. Muchos dependientes no serviles del noble se orientan al
aprendizaje de profesiones civiles, trocando con gusto su condición
de hijos-dalgo o caballeros por un ejercicio de la medicina, el derecho,
etc. Del mercader dedicado a almacenar o trasladar pasamos al empresario,
que inventa la producción de algo nuevo o nuevas maneras para producir
lo antiguo, exponiéndose con denuedo al posible fracaso.
2.2. Al amparo de esta revolución silenciosa e insondablemente
profunda, la sociedad gobernada por clérigos y nobles, así
como sus tradiciones más veneradas, empiezan a parecer anacronismos
tan analfabetos como crueles. El énfasis antes puesto sobre heroísmo
militar, milagros y revelaciones mágicas ahora empacha insufriblemente,
y oímos despreciar fábulas tiránicas y estúpidas
del rey Arturo. Quien dice esto en particular es un clérigo
filólogo, Erasmo de Rótterdam (1469-1536), mucho más
filólogo que clérigo, a quien incumbe algo tan imposible
como evitar la guerra entre reformistas y católicos. Holandés,
como buena parte de los hombres decisivos desde aquí hasta mediados
del XVIII, Erasmo es el campeón septentrional del Renacimiento,
que aprende con trabajo a dominar literariamente el latín, y luego
el griego, para leer sin descanso lo que a él le preocupa el
Nuevo Testamento-, pues el tránsito de la sociedad jerárquica
a la comercial coincide con una sublevación religiosa encabezada
por el Norte de Europa Él representa al humanista, extrayendo de
ello consejos infalibles; a saber: que somos lo que leemos, que todo aprendizaje
sensato será secular, que la educación resulta infinitamente
económica comparada con cualquier otro sistema de control social.
Respeto consiguió Erasmo, desde luego, para poder traducir y publicar
en latín el Nuevo Testamento sin problema alguno. Aunque fue varias
veces a Inglaterra, donde intimó con Tomás Moro, y a Italia,
su vida discurre entre Basilea y los Países Bajos, en esa gran
curva del Rin que concentraba ya a los grandes ingenieros y proyectistas,
cuyo propio desarrollo económico fulgurante corre paralelo con
reformas de la religión, proseguidas de manera inmediata por reformas
políticas. Percibimos la magnitud de desgarramiento sentimental
e institucional- que la época vive por el título de su libro
más célebre Elogio de la locura-, al que acompaña
un texto inequívocamente orientado a sugerir que cualquiera llamado
al conocimiento se finja loco. Cuerdamente, en efecto, no
se entiende ni admite que Europa vaya a entrar en las cadenas de una doble
Inquisición.
Cuando el prestigioso erudito Erasmo Desiderio de Rótterdam se
sienta a departir con el monje agustino Martín Lutero (1483-1546),
en una sola pero memorable ocasión, hablan de San Pablo -el apóstol
por definición exigente-, y de qué peso podrían tener
en la Salvación el azar y el merecimiento. Quince años más
joven, Lutero propone una predestinación que nada cambia en nuestros
deberes, como dando voz a esa novedad absoluta que es el buscarse la vida
día a día, propio de profesionales y clase media, en su
oscilación continua del éxito al fracaso. Erasmo replica
que el merecimiento terrenal el éxito con honestidad- no
puede ser indiferente a ojos de Dios, poniendo en duda que su propia omnipotencia
le haya forzado a escribir desde el origen de los tiempos los nombres
de quienes serán salvados. Cuando León X le pregunta por
ese fraile energuménico, Erasmo responde que la
tradición evangélica ha encontrado en él una
poderosa trompeta. Ni León X ni Lutero saben lo que él
sabe la formidable extensión del anticlericalismo en todas
partes-, y Roma tampoco puede acceder a lo que Erasmo sugiere como mínimo
para apaciguar aquellos tumultuosos ánimos: conceder el cáliz
a los laicos (permitiéndoles volver a beber la sangre de
Cristo simbolizada por el vino de la misa, reservada desde muchos tiempo
atrás al oficiante), y liberar los clérigos del celibato.
En realidad hace falta mucho más, porque el tránsito del
capitalismo feudal al industrial promueve también estallidos de
radicalidad fanática apoyados formalmente sobre la Escritura que
se inician con la Guerra de los Campesinos capitaneada por T.Muntzer,
antiguo seguidor y ahora enemigo acérrimo del pusilánime,
fornicario y borracho Lutero. En el mismo año de 1524 los
fanáticos son derrotados en la batalla de Frankenhausen,
y aparece una invitación a la concordia teórica representada
por el De libero arbitrio de Erasmo. Lutero responde con su De servo arbitrio,
y no se hace esperar la Guerra de los Ochenta Años entre católicos
y protestantes, que compromete de un modo u otro a toda Europa.
2.3. Comprendido como resultado de esta convergencia de factores un
retorno a la pureza evangélica a través de San
Pablo, un rescate del humanismo y el ideal científico, y una nueva
estructura económica-, el fenómeno ha sido analizado con
singular exhaustividad por M.Weber, y se examina en la segunda parte de
este manual Aquí, donde sólo nos interesa un desarrollo
histórico del concepto analítico, basta completar el perfil
de Erasmo con el Lutero, que si bien no hizo análisis distintos
de comentarios a la Escritura (finalmente, sermones) tuvo la fortuna o
desgracia de convertir en conceptos cada uno de sus personales actos,
como Buda, Moisés o Mahoma.
Muerto donde nació, en la villa de Eisleben (Sajonia,), que hoy
sigue siendo una pequeña ciudad de Alemania central, su padre fue
un minero convertido en empresario del cobre gracias a su propio esfuerzo.
Tras atravesar brillantemente los estudios secundarios, y para satisfacción
de sus progenitores, Martín Lutero había resuelto estudiar
leyes cuando cierto día una tormenta eléctrica le llevó
a hacer votos monásticos, pues había prometido renunciar
a toda vida mundana si los rayos no le mataban. A consecuencia de ello,
y cargando con el amargo reproche de su padre, se hizo agustino una
orden mendicante que tenía entonces unas 2.000 centrales
en Europa, algunas formadas por varios conventos-, y progresó rápidamente
hasta ocupar puestos de responsabilidad. En el ínterin tuvo tiempo
para hacerse nominalista (una perspectiva nacida con Occam,
a quien estudiaremos en el epígrafe siguiente), lo cual significa
en buena medida realista. La franqueza de Lutero, que no le
abandonará jamás, pone el ataque juvenil de pavor como justificación
para un periodo de intensas tentaciones carnales y sociales-,
que le llevaron a la idea de Dios como alguien que añade
penas al penar, una blasfemia en la cual se mantuvo
hasta que -releyendo sin pausa a San Pablo- obtuvo una revelación
sobre la justicia divina.
Injustificable e incomprensible como obra de una Inteligencia todopoderosa
que busca el bien de todos y cada uno, el mundo permite a pesar de todo
vivir por la fe, justificarse merced a ella, que
así mirada es el divino regalo de querer creer, concebido como
una gracia sobremanera exigente a su vez, pues exige recta
intención en todo instante. Hay que ponerse en el lugar de Cristo
durante la Pasión, cuando está abrumado por el tormento
y en vano suplica alivio (Padre, padre ¿por qué me
has abandonado?). Vista como responsabilidad personal e intransferible,
la gracia de una fe no asegura que el fiel forme parte de los elegidos
(para el Cielo), pero sí vertebra una conciencia capaz de resistir
los embates de la vacilación, el desaliento y la deshonestidad
para con cualesquiera otros, consolidando una actitud de respeto social
adaptada a la vida en común. A partir de esta revelación,
que se produce hacia 1515, la vida de Lutero parece una especie de institución
impersonal subjetivizada, que va haciendo puntualmente lo demandado por
el espíritu del tiempo.
En 1517 fulmina abusos en la política fiscal del Papado las
indulgencias o promesas de evitar el Infierno o acortar el
Purgatorio a cambio de dinero- con 95 tesis que clava en la puerta de
su iglesia. En 1520, ya con un enorme respaldo popular, y mientras el
Papado vacila entre hoguera o simple excomunión para él,
publica lo que será el origen de la unidad germánica (Apelación
a la nobleza cristiana de la nación alemana), así como
un atestado de defunción para el Papado tradicional (Sobre la
cautividad de la Iglesia en Babilonia). En 1521, convocado como reo
a la solemne Dieta de Worms que preside el joven Carlos V, no sólo
no abjura de sus proposiciones sino que en realidad evita un linchamiento
de éste por los luteranos del pueblo y la nobleza, dejando en el
aire un Aquí me planto, sin alternativa. En 1522 publica
la primera versión no latina del Nuevo Testamento, convirtiendo
el Deutsche Sprache en lengua escrita y poniendo en manos de cualquiera
la Escritura y su interpretación, a la vez que define derechos
de la conciencia individual (algo inconcebible desde los griegos)
como consecuencia de la libertad cristiana. En 1523 reduce
los sacramentos católicos a menos de la mitad, y preconiza el matrimonio
de los clérigos. En 1524 desautoriza las rebeliones campesinas
y otras iniciativas fanáticas, en Contra los profetas
celestiales, que reclama calma y firmeza, no improvisaciones, en la
construcción de la Reforma. Desde 1530 a 1530 persigue -y en gran
medida logra- que en los territorios alemanes se practique una escolarización
general de niños y jóvenes, cuyo resultado será una
reducción drástica del analfabetismo.
3. Mucho antes de aparecer este Moisés de los tiempos modernos,
el proceso que desemboca en las ciudades comerciales tiene su reflejo
intelectual en el desarrollo de la Escolástica, que nace con Anselmo
(1033-1109) y prosigue una línea teológico-canónica
hasta Juan Duns Escoto y Tomás de Aquino (1224-1274), pero que
envereda luego por líneas más afines al análisis
científico, hasta acabar constituyendo una especie de Internacional
del pensamiento donde no influyen ni la cuna ni el país de origen,
y los clérigos llamados a reflexionar e investigar son mantenidos
dignamente como profesores, sin otra interferencia de la autoridad que
el propio dogma cristiano.
Parte importante de este cambio se debe a los árabes, y al espíritu
ilustrado de Federico Barbarroja y Alfonso X financiando escuelas de traductores
en Sicilia y Toledo, gracias a las cuales retorna la obra de Aristóteles.
En 1211 el Concilio de París prohíbe leer libros del Estagirita,
porque contradicen los temas principales de la fe. Se alega al efecto
que la Topographica christiana del monje Cosmas, inspirada en el
apologeta Lactancio, ha establecido que la Tierra tiene la forma del Tabernáculo
descrito en el Pentateuco (plana y dos veces más larga que
ancha). Si fuese esférica, los situados en las antípodas
estarían cabeza abajo y llovería al revés.
Más tarde, los esfuerzos adaptadores de Tomás de Aquino
permitirán que el Corpus aristotélico se emplee para
demostrar la existencia de Dios, de los ángeles y de la providencia
divina. Lo que se condena es «deducir de Aristóteles doctrinas
contrarias a la ortodoxia». Sin embargo, el Aristóteles canónico
se hace pronto tan opresivo e insuficiente como los antiguos Padres, y
comienza a gestarse una oposición «platónica».
3.1. No se puede considerar pensamiento todavía, por ejemplo, preguntar
si los muertos recobrarán al resucitar los dientes de leche o los
definitivos, si el Mesías habría podido revelarse en forma
de calabaza, o si los ángeles tienen uñas. En sus difundidas
Sentencias, Pedro Lombardo -que fue obispo de París- consideraba
con la mayor seriedad gran número de dilemas semejantes («¿puede
Dios saber más de lo que sabe?», «¿qué
edad tenía Adán al ser creado?», «¿cómo
se habrían reproducido los humanos de no haber pecado?»).
El franciscano Guillermo de Occam (circa 1285-1349) elige precisamente
este libro para unos Comentarios que fechan el resurgimiento de
una actitud más filosófica, y representan una ráfaga
de aire fresco.2
Vive el momento culminante de las luchas entre la tendencia conciliar
y el papado -que desemboca en el Gran Cisma, (del cual derivan dos Papas
o anti-Papas)-, y sufre excomunión por defender la
doctrina franciscana de la pobreza absoluta de Cristo y los apóstoles.
He ahí lo que resulta en el medioevo de la justicia social reivindicada
por el Nuevo testamento.
Hasta Occam es dogma la doctrina de que la razón constituye una
«sierva» (ancilla) de la fe. Sin embargo, él
mantiene que se trata de fuentes distintas, con contenidos distintos
también. El saber racional parte de la observación, y
la observación no permite probar la existencia del específico
Creador revelado por la Escritura. En ciencia sólo es aceptable
lo que sea objeto de un conocimiento «intuitivo» o se deduzca
necesariamente de ello. Argumentador legendario, Occam propuso un sano
principio de economía conceptualla llamada «navaja
de Occam», basado en la idea de que no deben multiplicarse
los entes sin necesidad. Esto era singularmente oportuno ante el tipo
de elucubración derivada del periodo helenístico (neoplatónicos,
herméticos, etc.), donde como vimos en el tema previo-
entre Creador y criatura proliferaban toda suerte de seres intermedios.
Pero ahora no sólo se aplica a demoler esas supersticiones sino
a usos filosóficos propiamente dichos, cuestionando distinciones
fundamentales como esencia y existencia, substancia y accidentes, intelecto
agente y paciente. Adelantándose a Hume, este escolástico
no sólo pone en duda la causa final sino la eficiente.
3.1.1. En un texto justamente celebrado, Occam contrapone lo «abstractivo»
a lo «intuitivo».
«Digo, pues, que de lo incomplejo puede darse una doble noticia,
una que puede llamarse abstractiva y la otra intuitiva [...] Lo mismo
totalmente, y según razón totalmente idéntica,
se conoce por una y otra noticia. Pero se distinguen en cuanto que la
noticia intuitiva de la cosa es un conocimiento tal que en virtud suya
puede saberse si la cosa existe o no [...], es distante o no es distante,
y así respecto de las demás verdades contingentes».
El conocimiento abstractivo, en cambio, presupone el principio de individuación
una identidad ideal o de esencia entre grupos de individuos
y la realidad de los universales. Pero lo único real son los individuos,
y hay tantas esencias ideales como individuos. En vez de principio de
individuación hay individuos, pura y simplemente. Lo más
curioso, con todo, es que esta conclusión tiene en Occam raíces
teológicas. Si los géneros «ideas ejemplares»
decía Tomás de Aquino tuviesen un ser separado y eterno,
serían un límite para la acción divina, pues en Platón
el demiurgo no crea tanto como contempla las ideas, guiándose por
ellas. Resulta así que el nominalismo más coherente (la
consideración de los universales como meros signos lingüísticos)
tiene raíces teológicas anti-intelectualistas, basadas en
lo divino como ser omnipotente antes que como pensamiento del pensamiento
(nous griego). Más adelante tendremos ocasión de
ver el problema llevado a sus límites en Newton.
Hay dos conceptos dominantes en Occam:
a) El conocimiento abstractivo está compuesto por meros signos.
Los signos son términos «proferidos», «escritos»
y «concebidos» mentalmente. Es propio del signo en general
hacer las veces de lo significado, suplantar a los individuos, confundiendo
meras semejanzas de hecho entre ellos con la vigencia de universales.
Este hacer las veces de lo otro es llamado por Occam «suposición».
No obstante, las palabras son signos convencionales, y los conceptos
son signos naturales, que se emparentan con otros signos no lingüísticos
como el llanto o la risa. De ahí que la palabra «lluvia»
sea distinta en las diversas lenguas y posea indefinidos sinónimos,
mientras el concepto de la lluvia es algo ligado necesariamente a cierto
fenómeno.
b) Puesto que sólo hay individuos y signos, el orden del universo
constituye algo meramente fáctico, «contingente». Hay
un individuo Dios que manda, y que podría decretar
en cualquier momento cualquier cosa (una inversión del Decálogo,
el reino del odio entre todos los vivientes, la tendencia del fuego hacia
abajo y la de la tierra hacia arriba, etc.). No es posible entonces investigar
las causas a priori, porque toda «deducción»
parte de lo abstractivo, y todo cuanto está en manos del hombre
es observar atentamente los hechos. Precisamente esto desligado
de su fondo teológico ha fomentado la consideración
de Occam como un precursor de la investigación empírica
de los fenómenos naturales.
3. 2. Para entonces las Universidades se han convertido en centros de
fuerza no sólo intelectual sino política, con un grado notable
de libertad, y la simple amenaza de suspender cursos bastaba para intimidar
a monarcas y legados pontificios. Anticipando o siguiendo la línea
de Occam, algunos escolásticos enveredan por caminos próximos
a la ciencia experimental y se vuelven hacia el patrimonio de técnicas
desarrolladas por las artes y oficios. Cunde la idea de que es preciso
cambiar radicalmente la orientación de las investigaciones. No
sólo conviene saber matemáticas, sino disponer de técnicas
instrumentales que permitan interrogar a la naturaleza mediante «experimentos»,
y a través del platonismo resurge con fuerza la tendencia pitagórica.
En Oxford y tengamos en cuenta que para Inglaterra es la época
de la Carta Magna, primer reconocimiento de la particularidad política
y de los derechos civiles el obispo Grosseteste (1175-1253) trabaja
con fruto en metodología de las ciencias, compone tratados de óptica,
acústica, astronomía y meteorología, profesa una
metafísica de signo neoplatónico y reconoce los límites
la provisionalidad de cualquier teoría científica.
Su principal discípulo es Rogerio Bacon (circa 1210-1292),
que exhibe una desconcertante mezcla de astronomía, astrología,
experimentación y ocultismo. Defendió la matematización
del conocimiento y el valor de la experiencia inmediata. Su crítica
de la ignorancia clerical le valió pasarse quince años en
mazmorras, enviado allí por San Buenaventura, General de los franciscanos
entonces.
El movimiento equivalente a Oxford se produce en París un siglo
después aproximadamente. Sobre los caminos indirectos o mediaciones
que recorre el conocimiento nos informa el origen de la dinámica
nueva que desarrollarán los escolásticos parisinos. El primero
en mencionar una «fuerza impresa» concepto nuclear en
Galileo y Newton, como veremos es un discípulo de Duns Escoto,
Francesco de Marchia, en 1320, al exponer el poder de la gracia santificante
aparejado a los sacramentos; Marchia compara la fuerza residual que deja
el sacramento en el fiel con la que conservan los proyectiles tras abandonar
la mano del lanzador. En la Física Aristóteles dijo
que el movimiento de los proyectiles -un caso de movimiento «forzado»,
y no «natural» (como el ascenso de la llama o el descenso
del agua, por ejemplo)- sólo podía explicarse por un fenómeno
como de propulsión a chorro, pues en todos esos casos la fuerza
motriz no se encuentra en la cosa movida y debería cesar cuando
cesa el contacto con el propulsor; si no es así, y los proyectiles
no caen perpendicularmente tan pronto como resultaban despedidos del lanzador,
es porque se forma tras de ellos una corriente de aire más enrarecido
que los impulsa durante algún tiempo. Esta ingeniosa inexactitud
de la teoría aristotélica en su aplicación a la balística
será el caballo de batalla de los antiperipatéticos. Veamos
su génesis.
3.2.1. En 1348 Juan Buridán un nominalista es nombrado
rector en la universidad de París. Retomando (a través del
árabe Avicena) la noción del ímpetu sugerida ya a
mediados del siglo vi por el bizantino Juan Filopón, Buridán
ataca la dinámica aristotélica desde dos puntos: a)
el medio no explica la continuación del movimiento, sino su progresiva
desaparición; b) una fuerza constante aplicada a un cuerpo
no produce una velocidad uniforme, como pensaba Aristóteles, sino
un movimiento «uniformemente acelerado». La conservación
del movimiento sólo puede explicarse por una fuerza impresa (impetus)
en lo movido, que para cada cuerpo resulta ser la cantidad de materia
multiplicada por la velocidad. El logro científico de Buridán
es brillante, y casi definitivo. Sin embargo, para fundar una auténtica
física matemática no bastaba un principio de conservación
del movimiento, sino un principio de conservación del estado (de
reposo o movimiento). En otro caso el ímpetu no será fuerza
inercial, sino una cualidad más o menos oculta de los cuerpos movidos,
ni matematizable ni universalizable.
El sucesor de Buridán en el rectorado de París, Alberto
de Sajonia, será el primer europeo en afirmar que la Tierra se
mueve y el cielo está en reposo. Trata de hacer la gravedad «numerable»,
aunque fracasa a la hora de calcular con precisión la velocidad,
el tiempo y el espacio recorrido por los cuerpos en caída. El obispo
Nicolás de Oresme, discípulo de Buridán, precursor
de la geometría analítica y notable economista teórico
(uno de los fundadores del monetarismo), piensa el universo físico
como un reloj puesto en marcha por Dios en el inicio de los tiempos, y
librado luego por completo a sí mismo. Esta metáfora resulta
hegemónica hasta finales del siglo XX, con la teoría del
caos, cuando en vez de concebirse como sistema de relojes el universo
deje de parecer un a priori y pase a concebirse como resultado de mecanismos
adaptativos (termostato, timones, pilotos automáticos, etc.) basados
sobre el principio de una realimentación.
4. Lo que en estos momentos empieza a cundir es una combinación
de ciencia experimental y platonismo, que por una parte redescubre la
teoría atómica de Demócrito (y en esa medida presenta
perfiles materialistas) y por otra exalta lo contrario de
la materia, descubriendo por todas partes un nuevo espíritu (el
humanismo).
4.1. El pitagórico Nicolás Krebs, cardenal de Cusa (1401-1464),
es quizá el mayor pensador de su tiempo y parte de la idea nada
pitagórica en principio de un universo infinito. Pero esta
infinitud -el concepto de un cosmos abierto- va a ser el núcleo
de muchos desarrollos.
Para el Cusano, la Tierra no es mejor ni peor en substancia que los otros
astros, y se encuentra desde luego en movimiento. Como el cosmos es ilimitado
(lo que llamaban los griegos apeiron, algo abominable para el pitagorismo
griego), «la máquina del mundo tendrá su centro en
cualquier lugar y la circunferencia en ninguno». Lo asombroso en
la estructura del mundo es que no se base en la uniformidad ni en la pura
exactitud y, sin embargo, funcione armoniosamente. En eso radica, según
Krebs, la inmensidad de la inteligencia divina, y de ello deriva el camino
abierto ante las ciencias. El tratado Sobre la docta ignorancia
resume lo que estaba gestándose desde Grosseteste y Rogerio Bacon:
«Pitágoras, primer filósofo tanto por el nombre
como por los hechos, puso en los números toda la investigación
de la verdad. Como seguidores suyos, los platónicos y nuestros
filósofos más destacados afirmaron indubitablemente que
el número había sido en el ánimo del Creador el
primer modelo de las cosas que habían de crearse [...] Dado que
la vía de acceso a las cosas divinas solo se nos manifiesta mediante
símbolos, podemos usar con ventaja los signos matemáticos
debido a su incorruptible certeza».
4.2. La Universidad de Padua hereda por entonces la orientación
de Oxford y París. Dependiente desde 1405 de la república
veneciana, nombra y despide a sus profesores sin intervención del
poder religioso, convirtiéndose durante más de dos siglos
en un núcleo de tolerancia e intensa investigación teórica.
En contraste con Oxford y París, que siguen gobernadas de un modo
u otro por la ortodoxia, depender de una república independiente
como Venecia genera en Padua una recuperación del Aristóteles
griego sin decantar ni deformar que produce de inmediato convencimientos
inadmisibles para la fe. Cremonini y Zabarella enseñan la eternidad
del cielo, llegando incluso a prescindir del motor inmóvil como
cosa distinta del firmamento. Pietro Pomponazzi enseña la muerte
del alma con su cuerpo .Se le acusa de minar la «moralidad»
al excluir los premios y castigos de la vida futura, y responde en
línea con Sócrates, Aristóteles y los estoicos
que la virtud se recompensa a sí misma (o no es virtud). Sólo
el apoyo de algunos cardenales evitó que la Inquisición
llevara hasta sus últimas consecuencias el proceso. En realidad,
la alta Curia romana se ha convertido en un estamento defensor de la cultura
y la tolerancia, absolutamente «corrompido» desde una perspectiva
purista como la que harán valer los protestantes, pero refinado
y proclive al mecenazgo de artistas y pensadores.
4.2. En Florencia, la Academia patrocinada por los Médici una
dinastía de banqueros- difunde los diálogos más pitagóricos
de Platón (Timeo y Fedón) como la verdadera
filosofía y, por tanto, la única religión digna de
obediencia, prefiguradora de la «religión intelectual»
de la Ilustración en el siglo XVIII. En esta restauración
de la Academia ejerce un influjo capital la caída del Imperio romano
de Oriente, con la consecuente emigración de eruditos griegos a
Italia (como Plethón y el cardenal Besarión, patriarca de
Constantinopla) y un conocimiento directo de las fuentes. Sin embargo,
Ficino, Patrizzi, Pico de la Mirándola y los demás eruditos
difunden un platonismo acorde con los nuevos tiempos, no inclinado a la
severidad dualista; Pico de la Mirándola intenta una síntesis
de platonismo y aristotelismo, difundiendo el ideal humanista. En su Discurso
sobre la dignidad del hombre (1452) hace pronunciar al «supremo
Hacedor» un significativo discurso dirigido a los humanos, que contrasta
agudamente con las palabras de Yahvéh a Adán en el Génesis:
«Tú, que no estás restringido por estrechos lazos,
según tu propia y libre voluntad, en cuyo poder te he colocado,
definirás tu naturaleza por ti mismo. Te he puesto en el centro
del Universo para que así puedas contemplar del modo más
conveniente todo lo que existe en el mundo. Tampoco te he hecho celeste
o terrestre, mortal o inmortal, para que tú seas, por así
decirlo, tu propio y libre creador y te des la forma que creas óptima.
Tendrás poder para descender hasta las bestias o criaturas inferiores.
Tendrás poder para renacer entre las superiores y las divinas,
según la sentencia de tu intelecto».
De los humanistas partirá, con todo, la escisión entre
lo que hoy llamamos Ciencias y Letras, motivada por una actitud de menosprecio
hacia la investigación empírica, cuya peor consecuencia
por infundada fue excluir el estudio de la filosofía
entre los matemáticos y físicos teóricos (y a la
inversa), cosa impensable entre los griegos.
5. Paralelo a la reclamación luterana de unos derechos de
la conciencia individual, en Europa del Sur se consolida el sentimiento
de una legitimidad del individuo libre, evidentemente vinculada a las
responsabilidades que se derivan de ello. El hombre deja de soñar
con la conquista de una remota Tierra Santa donde sólo hay un sepulcro
vacío, y vuelve los ojos hacia el universo concreto. El universo
concreto es el interior del hombre, no menos que la realidad exterior,
y en todas partes aparece la certeza de haber dejado atrás una
barbarie inhumana, sostenida a partes iguales por la autoridad religiosa
y la autoridad feudal.
La descomposición del Sacro Imperio y la crisis del Papado desembocan
en el surgimiento de los Estados nacionales y la transformación
de las lenguas «vulgares» en lenguas escritas, cosa que contribuye
en gran medida a popularizar el patrimonio cultural antiguo. El desarrollo
de clases medias ligado estructuralmente a la aparición de
los bancos, la letra de cambio, las grandes casas comerciales de los Médici
y los Fugger, el intenso intercambio de materias primas y manufacturas,
las nuevas concentraciones urbanas, etc, que agilizan y aseguran el intercambio
de muchos más bienes y servicios. coincide con un espíritu
mercantil que es una forma de individualismo basada en la posesión
de bienes materiales, pero que admite la movilidad social y trata de consolidar
libertades civiles. Las transformaciones demográficas y económicas
suscitan, como era previsible, multitud de luchas sociales que se reprimen
con singular crueldad, a menudo porque los brotes igualitaristas se vinculan
a reivindicaciones prematuras, difusas o poco realistas, cuyo vínculo
de unión es algún demagogo exaltado como Savonarola.
Un vigoroso florecimiento de las artes coincide con el desarrollo e invención
de nuevas técnicas (uso militar de la pólvora, cartografía,
brújula, fundiciones, imprenta) y el hallazgo de nuevas rutas marítimas,
coronado por el descubrimiento de América y Extremo Oriente. La
esperanza del hombre no es ya el fin de la historia, sino el desarrollo
de la ciencia, el cultivo de la belleza, el respeto por la particularidad.
La vida parece merecedora de ser vivida, y en el desarrollo del conocimiento
se cifran expectativas de un futuro mejor para la especie.
La situación global guarda como vemos importantes paralelos
con el despliegue de la civilización griega, y se origina sin duda
a partir de los mismos presupuestos: la libertad individual transformándose
en autonomía de la razón.
Sin embargo, el retorno de la obra de arte y la ciencia encuentra en Europa
dificultades más ásperas que en Atenas y las colonias jónicas.
Desde el comienzo hay una tenaza que oprime el despliegue del Renacimiento:
uno de los mangos es esgrimido por los reformistas, que en principio reclaman
libertad de conciencia pero defienden en realidad un puritanismo salvaje,
heredero de los primeros siglos cristianos, cuyos principios son la salvación
por la gracia y la inmundicia del corazón humano; el otro mango
de la tenaza lo esgrime el Santo Oficio de la Inquisición católica,
que tras perder posiciones se reorganiza en el Concilio de Trento (1545-1563)
como Contrarreforma. A principios del siglo XIII la Orden de Predicadores
(dominicos) había recibido como incumbencia combatir la herejía,
convertir a los incrédulos y someterlos a la jerarquía.
Dos siglos más tarde, en 1540, entra en liza una Compañía
de Jesús regida por estatutos militares y destinada a la conversión
de herejes y paganos, previéndose que sus «soldados de elite»
actúen en las cortes como confesores y educadores de las familias
reinantes.
A ambos lados del hombre renacentista hay, pues, una fila de inquisidores
adiestrados en la aniquilación del nuevo espíritu. A ello
se añade que la aparición de las nacionalidades y las
lenguas europeas no desemboque en el establecimiento de politeias
o repúblicas democráticas, sino en la consolidación
de monarquías absolutas cuyo funcionamiento obedecerá
a los principios de la razón de Estado, expuestos por Maquiavelo
como inexcusable lógica del poder «moderno». Hay
una diferencia con Grecia, que es la falta de esclavos en sentido formal
(ahora son siervos de la gleba, con menos intervención en el
proceso manufacturero), y de ella deriva que el vasto reino de los pobres
deba ser mantenido en su lugar sin conflictos. Desde aquí hasta
finales del siglo XVIII se entabla, como veremos, una lucha sin cuartel
entre el espíritu del libre examen y sus enemigos.