“Las Utopías son una soberana estupidez”

El espiritu de la Comedia - Antonio Escohotado

Para alcanzar la gloria basta con tener a mano el volumen de la ‘Ética’ de Spinoza, una cerveza rebajada con Casera y una ‘china’ de hachís muy perfumada con sello de Ketama. Antonio Escohotado no necesita más aparejos para seguir huroneando por dentro de sí mismo, que al final es lo que importa. Hasta llegar a su guarida hemos sorteado servicios mínimos en día de huelga general, extravíos más allá de la parada de autobús prevista, cuestas y rugidos de perros tras las cancelas de los vecinos... Una excursión a pelo por la sierra de Madrid bajo un sol de muchos voltios. Y al final, Antonio Escohotado, que despliega una hospitalidad de mano fuerte, una sonrisa leve bajo el bigote color nieve, de ballenero o de mercenario.

Bajo la camisa y la primera capa de piel, este pensador, sociólogo y psiconauta viene impulsado por un riego sanguíneo muy permeable. Ha probado más de 100 tipos de droga diferentes y sigue en pie, con las neuronas en activo después de tantas travesías por el ‘jardín prohibido’. Hace 15 años que no pilla un resfriado. Todas las mañanas echa 10 minutos levantando pesas, hasta que el corazón galopa dentro de su jaula. Su biografía tiene ráfagas de erudición y temporadas de inquilino en el infierno.
Fue uno de los primeros pensadores españoles en estudiar a fondo a Hegel. Tenía un puesto de cierto tronío en el ICO y la vida lo iba meciendo como a un burgués bien proyectado. Pero se jodió el invento. Cuando la bajamar de los hippies, marchó a Ibiza con mujer y dos hijos a probar la vida sin dios ni amo. Vivió en una casa de campo que no tenía luz, tampoco agua corriente. Fundó la discoteca ‘Amnesia’ en una finca alquilada con otros colegas. Tradujo más de 30 libros y escribió otros tantos. Entonces el sexo era una necesidad que estaba dentro de su estética cerebral y los hábitos de la clase media le provocaban una repulsión irrefrenable. Investigó con sustancias psicotrópicas sin darse tregua. Y sobrevivió a sí mismo. Regresó a Madrid, se amarró a la universidad (UNED) como profesor de filosofía, continuó escribiendo, investigando, desarrollando su propia obra. Y se convirtió en un gurú del antiprohibicionismo y en el autor de Historia general de las drogas, algo así como la ‘Encyclopedie’ del asunto. Ahora, a los 70 palos, Escohotado es un señor de dulce mala vida que fuma un tabaco con boquilla chiquita y nunca mira atrás. Tiene algo de lobo estepario que observa con distancia lo que sucede afuera. No está exactamente retirado, sino al margen. Voluntariamente al margen...
– De la huelga general me he enterado por los periódicos... Dudo de que tenga mucha repercusión, la verdad. No sabía nada sobre el movimiento obrero hasta que me puse con ‘Los enemigos del comercio’, y me abrió los ojos el gran trabajo histórico del fabiano Sidney Webb, donde volví a comprobar el abismo entre lo imaginado y lo vivido. El sindicalismo fue fruto de una aristocracia laboral –esto es, de profesionales expertos- que no querían saber nada de mezclar sus reivindicaciones con una u otra ideología política. El sindicato politizado llegó un siglo después, apoyado sobre la masa de mano de obra inespecífica. Los creadores de esa institución coincidían en aspirar a ser autónomos, sus gestores actuales coinciden en aspirar a lo contrario: ser empleados vitalicios.
– ¿Y cómo ves los movimientos sociales del último año?
– Si te refieres al 15M y demás debo reconocer que lo contemplo con cierta distancia. Cada tiempo tiene su charlatanería, y la verdad es que echo de menos algo más de estudio. Esa carencia provoca resultados vagos y reiterativos. Los jóvenes están descontentos, y su paro es muy alarmante, pero no son conscientes de que nunca estuvimos mejor. Las generaciones anteriores vivieron, como mínimo, una guerra. Hay mucha amnesia todavía, aunque Internet permita a cualquiera informarse con fantástica precisión sobre el pasado.
– Las utopías...
– Son una soberana estupidez. Decía Ortega que el utopismo no ha tenido la crítica que merece. No sólo es inactual, sino impreciso y absolutista. Quiere hablar de todo desde ningún sitio. Quien ama la verdad ama la cosa determinada, lo concreto. Es decir: aceptas el mundo como es.
– ¿No llegas así al pesimismo?
– En absoluto. El pesimismo es una frivolidad. Una forma de confundir los males propios con los del conjunto. Soy hegeliano y aristotélico, técnico-científico. Y creo que el arte solo alcanza pleno sentido como celebración de la Naturaleza.
Antonio Escohotado enlaza un pitillo con otro. Habla con una cierta elegancia de cansado. Como si tuviera la cabeza puesta en una isla perdida y en el sumario de la vida sólo importasen ya los viejos maestros y sus locos cacharros: el ’Parménides’ de Platón; la ‘Física’ de Aristóteles; Spinoza, la crítica primera de Kant; la ‘Fenomenología del espíritu’ de Hegel... “Esa es la caja de herramientas del filósofo, Quienes aún con el diploma de tales no la han abierto siquiera terminan desarrollando un mal gusto que desemboca en Schopenhauer, Nietzsche y demás segundones”, ataja. Tiene delante una reproducción en bronce de su cabeza a los 12 años. Entonces vivía en Brasil. Su padre era agregado de prensa en la embajada de España. Era hijo único con cierta morbidez de niño de escolanía. Un pimpollo que ya se dopaba leyendo la Enciclopedia Británica. La edad le dio pasión y aventura. Y en ello continúa.
– Más que un pensador que va de comando autónomo he querido ser profesor. Aunque mi gremio me quiere poco. La única vez que me presenté a cátedras, en 2006, me pusieron siete ceros... Quizá por el gusto de seguir estudiando, y no pertenecer a una capilla u otra... Quien ama la libertad propia ama también la ajena, en vez de consentirse la perversión controlista. Quizá la gran crisis de la ciencia contemporánea deriva de arrinconar la razón observante, y lanzarse a epatar al lego con una razón legislativa o anticipadora. Si te fijas, eso lleva a captar cada vez menos lo complejo y a hacer profecías cada vez más gaseosas.
– Algo tendrá que ver tu concepto de la vida y la defensa de las sustancias...
– No lo dudo...
– ¿Cómo fue tu primera experiencia?
– Tuvo que ver con unos ataques epilépticos que sufría de adolescente. Para comprobar el alcance un psiquiatra decidió hacerme un encefalograma y me inyectó pentotal, un barbitúrico de acción ultrarrápida, quizá el fármaco con menos margen de seguridad, que es por cierto la droga empleada por los norteamericanos para su inyección letal. Y así, a los 16 años, descubrí un nuevo estado de conciencia, una nueva ventana desde la que mirar el mundo. Como una década más tarde llegaron los ácidos... He acabado teniendo unas ideas ciertamente chocantes en esta materia, pero me voy a abstener de comunicarlas hasta que se publique póstumamente mi diario de bitácora, donde preciso posología y certezas… Será una cartografía de la intimidad.
– ¿Qué temes?
– Que vengan a quemarme la casa... La humanidad gestiona con tanta dificultad su placer, le tiene tanto miedo... Tras componer una historia de las drogas comprendí que había documentado una parte considerable del miedo a nosotros mismos, y ahora que termino una historia del comunismo comprendo que he documentado una parte no menos considerable del miedo a los demás... De la piel para dentro empieza mi exclusiva jurisdicción, y no merece llamarse sociedad civil aquella donde no cunda el derecho a la extravagancia. Pienso en aquello que decía Spinoza: “Un cuerpo capaz de muchas cosas tiene un alma fundamentalmente eterna”.
– El miedo.
– Con la ingenuidad del niño me propuse ser valiente e inteligente ante todo, costase lo que costase, y no acabó de irme mal en ese sentido. Por lo que respecta al miedo relacionado con drogas, observa cómo con la Prohibición dejaron de ser instrumentos para trabajar más (como usaban opio y morfina Goethe, Goya, Wagner o Bismark) y se convirtieron en coartadas para no hacerse frente a sí mismo, para declararse pelele.
– ¿Uno vive ya de memoria?
– Mirar hacia atrás nos convierte en estatuas de sal. Hace poco recibí el golpe más brutal: la muerte de uno de mis hijos. Por lo demás, ningún tiempo pasado fue mejor. Huyo del resentimiento como del demonio. Aunque la historia sea mi pasión intelectual, y la memoria (Hegel dixit) la forma superior de la substancia, nuestra vida particular está para vivirla, no para consentirnos nostalgias. Aceptemos estoicamente su canibalismo, el hecho de no poder alimentarse sino de ella misma. Para compensar ese cuanto de truculencia inventó el amor y su denuedo.

 

NOTA

1 - Entrevista realizada por Antonio Lucas
de Diario El Mundo 2/04/2012


© Antonio Escohotado
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