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TOM PAINE
Howard Fast
El ciudadano Tom Paine
Seix Barral, Barcelona, 1999.
Conocido sobre todo por Espartaco, que Kubrick adaptó al
cine, Howard Fast (Nueva York, 1914) ha publicado muchos libros interesantes,
y entre ellos varias novelas sobre la independencia norteamericana. Una
de éstas, El ciudadano Tom Paine, publicada originalmente
en 1943, acaba de aparecer en castellano y es de muy recomendable lectura.
Escrita con agilidad y pasión, combina retratos psicológicos
con visión histórica y valiosos datos, tanto más
oportunos cuanto que los europeos solemos desconocer la obra de Paine
y Jefferson, padres fundadores del radicalismo democrático.
Thomas Paine (1737-1809) fue hijo de un humilde corsetero inglés,
entregado desde los trece años a ese oficio y a otros, sin éxito
alguno, hasta que un cúmulo de circunstancias le llevaron a Norteamérica,
algo antes de cumplir los cuarenta. Para susbistir, allí se convertiría
en redactor (único, aunque utilizando innumerables seudónimos)
de una gaceta en Filadelfia, mientras sedaba con ron y ginebra las melancolías
acumuladas en su vida previa. Sin embargo, el primer estallido de hostilidades
entre los colonos y la metrópoli despertó en él una
elocuencia homérica, vehículo para su ardiente respeto a
la libertad y la dignidad humana.
Su resultado inicial fue Sentido Común, un panfleto que
expresaba en términos asequibles a cualquiera la idea subyacente:
el asunto no era rechazar algunos aranceles e impuestos, sino conseguir
una plena soberanía que sustituyese en esas tierras el milenario
guante de hierro por una república democrática.
Meses después, cuando unos 500.000 ejemplares habían sido
vendidos, y sus compatriotas ingleses se esforzaban por ahorcarle, los
delegados de las trece colonias ratificaban unanimemente la Declaración
de Independencia (1776).
Siguieron cinco años de guerra, al principio marcados por invariables
derrotas, donde Paine volvió a ser providencial. Luchaba en el
campo de batalla, arengaba a tropas o mandos desmoralizados, y sacaba
tiempo para ir redactando La crisis americana, publicada por entregas
a partir de 1776. Como Washington reconocería más tarde,
sin esos llamamientos a la bravura, a la paciencia y al sostén
económico de su ejército-, la lucha no se habría
prolongado más allá del primer año. Para cuando la
guerra terminó, Paine era el hombre más leído de
Occidente y seguía sin un penique. Siempre le pareció incorrecto
cobrar derechos de autor, que encareciesen siquiera algo el precio de
los folletos y entorpecieran así la difusión del pensamiento.
El segundo acto decisivo de Paine fue volver a Inglaterra, donde publicó
otro panfleto todavía más famoso Los derechos del
hombre (1791)-, que conmocionó de inmediato a toda Europa.
Escapando de milagro al verdugo inglés, fue elegido miembro de
la Convención, se esforzó por evitar la ejecución
de Luis XVI y acabó encarcelado por Robespierre, que le hubiese
deportado si el embajador norteamericano -y el propio Washington- no hubiesen
preferido mantenerle a distancia. Indignado por la trivialidad del recién
nacido culto a la diosa Razón, Paine escribió en la cárcel
un incendiario alegato a favor del deismo La edad de la razón
(1794)-, que no sólo le granjearía el odio de los jacobinos,
sino el de todas las religiones positivas.
En 1801 volvió a jugarse la vida, rechazando la oferta de un ferviente
admirador -el general Bonaparte, que le pedía ayuda para derrocar
la monarquía inglesa- y regresó a Norteamérica, donde
su gran amigo Jefferson había sido nombrado presidente. Pero ni
siquiera eso evitó que siguiese padeciendo atentados, y ningún
cementerio quiso acoger su maltrecho cadáver. Era el Traidor por
excelencia, que había minado la autoridad sagrada de autócratas
y sectas.
Por lo demás, el futuro seguiría haciéndole caso.
El fruto más ambicioso de su verbo -Los derechos del hombre- propone
superar el gobierno arbitrario, y lo propone precisamente
con una entronización de la libertad personal que por su propio
interés asegure educación gratuita, pensiones de jubilación
y obras públicas para el parado, todo ello con cargo a un impuesto
progresivo sobre la renta. Estos sediciosos e inviables planes los expuso
a principios de 1791.
Antonio
Escohotado
Artículos publicados 2003
http://www.escohotado.org
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