INTERESES DEL CONSUMIDOR

Preferir los azares de la libertad a las seguridades de la servidumbre, en la conocida expresión de Jefferson, dista mucho de ser unánime. Prácticamente todas las culturas asiáticas carecen incluso de palabra para aquello que la nuestra llama “libertad”, pues algo que a fin de cuentas ni se come ni da de comer sólo representa a su juicio necedad, mala crianza o sedición.

Además, la libertad hemos de ganarla día a día, en contraste con bienes que se compran una vez y son vendibles para siempre. Podríamos incluso encontrarle más inconvenientes, como tantas sociedades que ni siquiera esperan de sus soberanos una vaga rectitud moral o de intención. A despecho de ello nuestra cultura preconiza el tiranicidio hace milenios, lo cual significa también confiar en que los azares de querer ser libre producen dignidad, y satisfacciones menos minadas por la dependencia. . Por ejemplo, podría parecer que la televisión cerrada o de pago sólo se distingue de la abierta númerica o cuantitativamente.

Pero no se trata de seis canales contra sesenta sino de mutación, pues ninguno de los sesenta otorga un tercio de su tiempo a publicidad y autopropaganda; ninguno ofrece galas, chismorreo, concursos o culebrones. Pasamos de menú a carta por menos de dos euros diarios, cantidad que se gasta casi cualquiera en una copa, un heladito para el niño, o (visto al mes) un humildísimo par de zapatos. Casi todos los adeptos de la televisión tradicional no vienen de querer evitar ese reducido coste, sino de lealtad a galas, chismorreo, concursos y culebrones.

Tener películas de todo tipo, con otros tantos documentales e informativos, sólo interesa a personas no tan frecuentes o solventes, y explica los números rojos de algunas empresas que apuestan hoy por esa televisión. Otro caso de menú y carta hay en materia de drogas. El mercado blanco dispensa bebidas alcohólicas, nicotina, cafeína, estimulantes, sedantes, hipnóticos, antidepresivos y hasta anestésicos, cuya ventaja primordial es una dosis precisa, asegurada por el envase correspondiente.

Quien opte por la adulterada carta del mercado negro tiene a cambio productos con una capacidad eufórica comparable o muy superior, capaces en ocasiones de aguzar el espíritu. La oferta del mercado blanco se sostiene porque –como las televisiones castigadoras- goza de muchos incondicionales. También los tiene el mercado negro, y en los países civilizados la cruzada contra él coexiste con un consumo masivo, tolerado ampliamente. Lo excepcional en nuestro mundo es que las personas no se administren algún cóctel de drogas, a menudo combinando los servicios de farmacéuticos, taberneros, estanqueros y camellos.

Curiosamente, donde más fiable resulta el restrictivo menú es en los propios restaurantes; si caemos en alguno de los que ofrecen un centenar de platos, y el camarero dice que todo está muy bueno, convendrá huir al punto. Dando un paso más, observaremos que durante milenios el abastecimiento de bienes y servicios ha preferido sistemas de monopolio a dinámicas de competencia, alegando unas veces el bien de los organizadores y otras el de los organizados. Con todo, los gremios reguladores sólo subsistieron abiertamente mientras el poder político les otorgó privatae leges o privilegios, gracias a los cuales podían ignorar la inventiva del empresario no menos que los veleidosos deseos del adquirente.

Cambiando decisivamente de rumbo, nuestra civilización canceló dichos privilegios, siquiera sea de modo formal, con un principio tan libertario como la soberanía del consumidor. Y allí donde eso no pasa –estilo Tercer Mundo- el pueblo sigue siendo “la parte del Estado que no sabe lo que quiere” (Hegel). Quien lo sabe por él pide sin pausa el menú oficial, como Fidel Castro, rechazando cartas guiadas por alguna moda frívola o por un insolidario ánimo de lucro. Así prospera la tutela dirigista, que en un horizonte complejo sólo logra mantener indigentes a casi todos.

En zonas no indigentes la soberanía del consumidor topa con variantes agresivas de marketing, cuya promesa son técnicas capaces de hacer que una oferta determine su propia demanda. Comparadas con telemenú y telecarta, mercado blanco y negro de psicofármacos, representan una variedad menos primitiva del sermón dirigista. Queremos evitar la publicidad de una cadena mientras vemos cierto programa, pongamos por caso, si bien todas las cadenas abiertas se han puesto de acuerdo en emitir anuncios a esa misma hora.

Por ejemplo, necesitamos simplemente dormir en un hotel, porque llegamos a medianoche, lo dejaremos a primera hora de la mañana y ya no queda un solo servicio disponible; pero nos ponen en la muñeca una cinta de “todo incluído” (hasta paseo en catamarán con una clase de submarinismo), y reclaman 150 euros por la magnanimidad. Genéricamente, este tipo de atropello corresponde a un momento sin precedentes en los anales históricos, donde quienes necesitan garantías no son los ciudadanos como titulares de derechos políticos, sino los consumidores como titulares de compraventas y otras actividades contractuales.

Los ciudadanos pueden votar a otro equipo de gobierno, plantear cuestiones de inconstitucionalidad y recurrir a diversos expedientes para instar la reforma de tal o cual asunto. Los consumidores sólo tienen como palanca huelgas de uso, y por ahora es muy dificil ponerse de acuerdo. Sin ir más lejos, he ahí la oprimida situación del fumador, que cesaría con actos coordinados de desobediencia civil en aeronaves, edificios y otros recintos. La paradoja está en que el reino del consumismo no sea un espacio de exigencia hacia lo consumido, o que vaya siéndolo muy lentamente, con retrocesos en cada esquina.

El saqueo más duro deriva de los llamados contratos-tipo o de adhesión, donde el proveedor pone todas las condiciones y el cliente las acata o queda privado del servicio. Se pasa así por alto que todo contrato lícito o vinculante exige un acuerdo de voluntades autónomas, y que (sin necesidad de contratar persona a persona) es perfectamente factible arbitrar un cuadro de indemnizaciones automáticas para defectos en la provisión de tales servicios; hablamos de cortes y saltos en el fluido eléctrico, demoras en aeropuertos, saturación de las líneas telefónicas, mal funcionamiento de la tarjeta de crédito y un sinfín de perjuicios análogos, amparados en la irresponsabilidad práctica de algún proveedor.

Recuérdese que nos incumbe a nosotros, y no al proveedor, tener presente el derecho a contratar sin ser humillados en las cláusulas, pues las estrecheces del menú sólo se justifican allí donde alguien las disfruta por algún motivo. Es admisible emitiendo periódicamente una Noche de Estrellas, por ejemplo, y no lo es si regula el intercambio de gas ciudad. Más partidarios de vivir a la carta, y más combativos, no sembrarían guerra civil. Cuando las huelgas de asalariados son cada vez más infrecuentes en el Primer Mundo, las ventajas del marco competitivo se profundizarían con huelgas de usuarios. Imaginemos el supuesto a grandes rasgos, en colectivos prósperos. Ya no se ocupan fábricas, montando piquetes para prevenir esquiroles ni otras violencias sobre las personas o las cosas.

Asociaciones de consumidores muy activas, organizadas telemáticamente, fulminan con la elegancia del desuso todo atropello a los adquirentes. ¿Quiso el hotel imponerme la pulserita de “todo incluído”, quisieron emitir todos los canales abiertos anuncios a la misma hora, quiso condenarme la compañía aérea a billetes cerrados de ida y vuelta o pagar cuatro veces más, quiso obligarme cierto país a soportar dobles precios para las mismas cosas? Los ciudadanos hicieron de tripas corazón unos pocos días, privándose de enchufar el televisor, retrasando o cambiando unas vacaciones, y el chantaje sucumbió solo.

Por lo que respecta a contratos de adhesión o pseudo-contratos, las mismas asociaciones de consumidores interpusieron causas aceptadas de mil amores por los tribunales, y es doctrina legal que el proveedor indemnizará puntualmente al usuario por cada negligencia. Los contratos han vuelto a ser contratos. Interesante causa, que no cuenta con el apoyo de los gobernantes ni con el de los negocios establecidos, fundada sólo sobre la soberanía de quien paga impuestos y adquiere algo.

En apoyo de una perspectiva semejante tenemos la prodigiosa zancada de las comunicaciones. ¿A qué viene ese acabamiento universal de la distancia aparejado a Internet, si no habilita modalidades superiores de coordinación, cauces para unir a partidarios de la libertad y, por eso mismo, de la dignidad humana? Hace algo más de treinta años, cuando compuso Imagine, John Lennon fantaseaba con un mundo de respeto mutuo, sin fronteras ni religión. Su repaso a posibilidades incumplidas terminaba más o menos así: “Podeis decirme que soy un soñador, pero no que sea el único en soñarlo.

Espero que un día nos pongamos de acuerdo, y el mundo será uno.” Ese mundo uno está ya aquí en muchos aspectos, gracias a lo que sea y pese a todo, pero se nos llevará la chingada -como dicen en México- si confundimos rancho cuartelero con menú gastronómico.

 

Antonio Escohotado
Artículos publicados 2003
http://www.escohotado.org



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