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EL
ÚLTIMO TRANCE
La atención a los enfermos terminales: una investigación
multidisciplinar.
J.L.Diéz Ripollés, I.M. Santos Amaya, Mª.J.Garrido de
los Santos (eds.) Tirant lo Blanch Libros, Valencia, 2000, 254 pp.
El Grupo de Estudios de Política Criminal, cuya alma mater fue
José Luis Díez Ripollés, catedrático de derecho penal en la Universidad
de Málaga, deparó a público y expertos magníficas publicaciones sobre
temas tan delicados como la política vigente en materia de drogas (fue
un hito la propuesta de reforma legislativa firmada por un centenar de
jueces, fiscales y juristas en 1991) o alternativas a la regulación vigente
en materia de eutanasia. Reconvertido en Instituto Andaluz Interuniversitario
de Criminología, y con la misma alma mater, este grupo de investigadores
ofrece ahora un trabajo no menos interesante sobre el tratamiento de enfermos
terminales en nuestro país.
Es probable que nada aterre tanto como el morir prosaico llamado fallecimiento,
que al vértigo metafísico de cesar o mutar añade achaques casi siempre
dolorosos, e incluso humillantes. Sin embargo, sólo los avestruces prefieren
hundir la cabeza en tierra cuando presienten el peligro, y si le echamos
coraje al tema nos enteraremos de muchas cosas pertinentes, tanto para
nosotros mismos como para nuestros seres queridos. Es notable, pongamos
por caso, que quienes menos temen la defunción sean médicos con muchos
años de experiencia. Y es no menos notable que entre enfermos y familiares
suyos siga reinando una “conspiración del silencio”. De alguna manera,
el paciente intuye lo que le pasa, mientras la familia lo sabe a ciencia
cierta. Pero apenas uno de cada cinco médicos informa sobre su situación
al moribundo, casi siempre debido a la presión en contrario de quienes
le acompañan. La divisa de la Ilustración, sapere aude –“atrévete
a saber”- no funciona para esos pobres vivientes que acabamos volviendo
a ser, tan inermes como el recién nacido aunque vaciados de su invisible
fuerza. Quienes se han recobrado de comas más o menos profundos no recuerdan
sufrimiento alguno, pero hace falta un espíritu excepcional para reclamar
la escueta verdad cuando uno agoniza. Menos explicable es que casi nunca
decida el enfermo dónde morir, y que los intereses de la corporación médica,
o los familiares, tiendan casi siempre a que sea en algún hospital. De
hecho, la investigación no encontró un solo supuesto en el que fuese preguntado
sobre ese particular. Otros aspectos del fallecimiento son menos sombríos.
El empleo de morfina y otros opiáceos resulta muy frecuente (82,4%), y
la decisión de no reanimar en caso de fallo cardiaco o respiratorio resulta
habitual (72,5%) en situaciones irreversibles. A pesar de que las leyes
vigentes siguen siendo polémicas –por no decir barbáricas- en lo que respecta
a drogas admisibles, y más aún en materia de ayuda al suicidio, estos
males se mitigan calladamente, enchufando o desenchufando un aparato,
inyectando o no un fármaco. Díez Ripollés y sus colaboradores en el Instituto
Andaluz de Criminología han tenido el coraje de tocar lo intocable, abriendo
la puerta a aquella estancia que ninguno de nosotros evitará si no le
toca en suerte una muerte súbita. Por fortuna, cuando nos atrevemos a
contemplar ese horizonte descubrimos que también allí hay denuedo y desprendimiento.
Con investigaciones de este tipo Díez Ripollés y sus colaboradores llevan
el derecho a la vida cotidiana, mostrando una atención ejemplar por la
verdad y su libre examen. Dentro de semejante línea no puedo por menos
de recomendar otras obras publicadas por el Instituto en la misma editorial.
A saber: La actual política criminal sobre drogas: una perspectiva
comparada, El tratamiento jurídico de la eutanasia y Delincuencia
y víctimas.
Antonio
Escohotado
Artículos publicados diario El Mundo, 2003
http://www.escohotado.org
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