CAOS COMO REGENERACIÓN POLÍTICA

 

Tres asuntos podrían ser pertinentes en una reunión de personas que tienen en común el gusto por filosofar, y viven de ello: lo que a uno no le gusta de la filosofía actual, lo que uno considera hoy especialmente merecedor de atención como tema filosófico y, por último, el aspecto práctico de nuestro oficio. Me atendré de modo esquemático a cada tema, con la esperanza de que alguno merezca diálogo.

 

1. Propongo que llevamos muchas décadas colmadas de vanguardias y retaguardias, de ismos en general, gracias a los cuales se mantiene la ilusión de que la filosofía no necesita habérselas con las cuestiones clásicas -ser, nada, esencia, vida...-, y puede subsistir como pretexto para «disciplinas científicas», cuyo denominador común es un combinado de vaciedad y expansión burocrática.

Si algo tienen en común esos ismos es un carácter marcadamente cultural, entendido por cultura -según la conocida definición hegeliana- el espíritu extrañado de sí. Es el Cervantes que celebra algún alcalde al inagurar un busto del escritor en alguna plazuela, la instrucción popular que instiga cierto concurso televisivo, el desinteresado amor por la belleza o la verdad que inspira gastos públicos en museos y bibliotecas. En definitiva, es aquello que hay tras la socorrida vox populi cuando pide «más cultura», a título de correctivo para el apaleamiento de árbitros en pueblos y de marginales ciudades. Rara vez quienes cantan las virtudes de la formación cultural dedican ratos libres a Virgilio, Spinoza o Bergson, y haríamos bien entendiendo sus invocaciones al civismo como invocaciones a alguna forma de domesticada conformidad.

Al nivel de docentes en filosofía -y todos lo somos hoy aquí- lo cultural puede entenderse como un predominio de lo adjetivo sobre lo sustantivo, de la moda sobre el concepto, que característicamente enuncia preocupaciones «metodológicas» cuando corresponde pronunciarse sobre el contenido. A mi juicio, el modelo más alto de reflexión apoyada sobre estos esquemas fue expuesto por Husserl como escuela fenomenológica, y digo más alto porque quiso filosofar cuando la barbarie positiva había decretado que semejante cosa estaba acabada. Sin embargo, creo que obtuvo una solución -la puesta entre paréntesis de lo natural- opuesta al propio filosofar, cuyo principio y término es la naturaleza, y que los resultados de todas sus «reducciones eidéticas» no son sino muestras de un espiritualismo sin espíritu, donde puro significa alambicada escualidez, mortecina academia.

 

2. Llamo la atención sobre el conjunto de hallazgos y tesis etiquetado como teoría del caos. Los fundadores de esta perspectiva han demolido el último bastión del paradigma newtoniano, mostrando que lo descartado por principio -la vitalidad de la materia- es un simple prejuicio.

En vez de un universo compuesto de -o regido por- entes de naturaleza ideal -puntos, rectas, sólidos regulares, fuerzas inmateriales y pura inercia en todo lo demás- nos han abierto el pormenor de un universo que crea sus perfiles desde sí, libre de infinitos trascendentes y repleto de infinitudes concretas, donde en vez de concebirse como mostruo devorador de todo orden la turbulencia se descubre como factor estructurante.

Los matemáticos, químicos, meteorólogos y biólogos que están llevando adelante este último giro copernicano tienen en común devolvernos a la dimensión física como tal, a lo que significa physis para Heráclito o Aristóteles. Han demolido una concepción del mundo que hizo de la exactitud su lema y que, por eso mismo, descartó como caos lo no lineal, lo aperiódico, irreversible, sintético, narrativo, sensible, abrupto, activo, complejo, singular. Aunque eso constituya prácticamente la totalidad del mundo real, escapaba a las exigencias del cálculo y fue puesto de lado como caótico. Pero allí -en objetos de inimaginable complejidad dentro de áreas finitas (como los fractales) o en la termodinámica del desequilibrio -reside la capacidad cosmogónica, la principal fuente creadora de fenómenos.

Sugiero extraer las consecuencias ontológicas, éticas y políticas de estos descubrimientos. La idea de que en el principio fue caos significa finalmente que en el principio fue la inmanencia; si el cálculo no sirve para predecir la conducta de sistemas físicos reales es simplemente porque no resulta predecible aquello que está haciéndose a sí mismo, la invención en general, sea ello el clima, el precio de cierto bien, o el estado de ánimo propio. Esas realidades, como todas las demás dignas de su nombre, son refractarias al álgebra porque no constituyen procesos lineales (valga decir analíticos), sino creativos en sentido estricto.

Partir de este principio supone un grave peligro para el control, desde luego, y proyecta sobríos horizontes sobre toda suerte de afanes manipulatorios. Pero es una brisa de aire fresco para el pensamiento, que reconforta a quienes veneramos la Tierra y sus espontáneos frutos. A mi entender, la llamada ciencia del caos obliga a la filosofía a comprender que hay un equívoco interesado en torno al concepto mismo de orden. El hasta ahora vigente, parte de una materia muerta que es informada por una inmaterialidad exterior (la vis o fuerza), siguiendo un esquema de fuera a dentro puntualmente análogo al del mando sobre súbditos. El ahora propuesto parte de una forma inextricablemente unida a cada materia, que se despliega al alcanzar un estado íntimo de desequilibrio -alguna oscilación sin retorno-, siguiendo entonces un esquema de dentro a fuera, auto-poiético.

Hacer valer un tipo u otro de orden tiene, a mi juicio, inmediatas repercusiones metafísicas, y todavía más inmediatas en ética política. El universo es azar y disipación, pero el azar con dirección -el azar aparejado a una materia-forma, a una substancia- produce complejidad, y la disipación es una fuente tan impensada como radical de orden.

 

3. Llamativamente, cuando físicos y matemáticos descubren las falacias del principio inercial aplicado a la naturaleza, nuestras sociedades parecen anhelar nuevas vueltas en la tuerca del Control como panacea.

A nivel de razón práctica, los filósofos podríamos contribuir a mostrar que:

a) Los principios democráticos son absolutamente incompatibles con la existencia de una burguesía de Estado o clase política, sea ésta cual fuere y sean cuales fueren los cauces de su reclutamiento.

El servicio público -por períodos muy breves y sin remuneración (cobrando mientras tanto el sujeto lo que obtenía por media con su medio privado de vida)- sólo tiene sentido como contribución de cada ciudadano a la gestión del patrimonio común.

b) La descentralización rigurosa de funciones -una cantonalización de cada Leviatán necesariamente seguida por la cesión de todas las competencias posibles de cada cantón a cada ayuntamiento, incluyendo desde luego el IRPF-es un camino tan practicable como deseable, y sólo topa con un enemigo incondicional en todas partes, que es la clase política misma. Suiza, que aplica de modo escrupuloso estos criterios, constituye un lugar próspero y tranquilo.

c) Pretender que centenares de miles de personas pueden vivir de un país como políticos permanentes o profesionales (ahora aquí y luego allí, pero siempre en algún mando) es tan absurdo y criminal como pretender que ese país debe eterno vasallaje a una nobleza de sangre o eterna pleitesía a un clero, sólo que incomparablemente más gravoso en términos económicos.

d) No hay dificultad técnica o jurídica alguna para configurar un cuerpo de leyes que hagan tan incómoda la profesión política, como por ejemplo la de los rateros o estafadores. De hecho, la disuasión sería incomparablemente más sencilla, dado el inevitable componente de publicidad que acompaña a la profesión política.

Es altamente probable que en casi todo el orbe -y desde luego en Europa- ganaría un referéndum la propuesta de elevar al código penal el siguiente artículo: «A los que de alguna manera vivieren o pretendieren vivir permanentemente de la política les será aplicable lo dispuesto para los reos de hurto mayor, en grado de autoría y tentativa respectivamente».

 

 

 

ESCOHOTADO, A. Comunicación del autor en el Encuentro sobre Filosofía Española, Círculo de Bellas Artes, 27 y 28 de noviembre de 1992

 

© Antonio Escohotado
http://www.escohotado.org/



Development  Science Services Presence
www.catalanhost.com