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NO
TODO ES TAN SIMPLE
Mínimas e inevitables variaciones al comienzo de cualquier proceso acarrean
cambios potencialmente gigantescos al término. Este efecto mariposa, junto
con teoría de caos, fractales, estructuras disipativas
y otros varios tipos de autoorganización natural, inauguraron hace pocas
décadas un cambio en el modo de entender el mundo que se conoce como paradigma
de la complejidad. Su opuesto es el simplismo predictivo, que tanto
ha reinado en ciencia y política. El nuevo modo de investigar reduce lo
simple a ciertos seres ideales (desde el inextenso punto geométrico a
la omnipotencia divina), moderando las pretensiones de calcular exactamente
cualquier hecho físico.
Como dice un matemático contemporáneo, las cosas operan sobre sí mismas,
una y otra vez y no seremos observadores ecuánimes mientras sigamos
queriendo entenderlas como objetos inertes, predecibles. Por otra parte,
la irrupción de complejidad en todos los órdenes coincide con un estallido
de simplismo popular y mediático. Según cierta encuesta, ahora resulta
que casi el 85% de los españoles rechaza incondicionalmente una intervención
militar en Irak, igual que rechazaría algo análogo en Suiza o Uruguay.
Como no hay nada propuesto para Suiza o Uruguay, un consenso tan espectacular
obedecerá a más razones. Una viene de rechazar cualquier prepotencia,
y es una actitud a la cual debiera sumarse todo espíritu cuerdo. Otra
se sustenta sobre un equívoco más verbal que sustantivo, montado en torno
al concepto guerra: echar a Sadam costará siempre demasiadas vidas.
Una tercera razón emerge del particularismo nacional, que si bien podría
no ser amigo de Sadam teme sentar un precedente de acoso en casa propia.
Si se suman estos estímulos -batiéndose entretanto con vena anarquista
ibérica, fiesta en la calle y edificación religiosa-, nos explicaremos
que de repente no importe lo más mínimo un arsenal bacteriológico.
Personalmente, pienso que si Bush tomó por su cuenta la decisión de invadir
bien puede llevarla adelante con su pequeño comité de aliados íntimos.
Si quiere que el Consejo de Seguridad le apoye habrá de obtener su consenso
por las buenas, negociando. Pero estas tomas personales de partido deberían
evitar el simplismo, que aquí posterga discurrir sobre la politica adecuada
no ya a Irak sino a todo Oriente Medio, y en particular a los grandes
productores de crudo. Cientos de millones de personas, bendecidas en principio
por tener oro negro en sus territorios, no extraen de ello otra cosa que
opresión y gradual deterioro en su nivel de vida; preguntemos a un saudí
no príncipe, por ejemplo. Y aunque a nadie le amargue un dulce como abaratar
la factura de combustibles, sospecho que el mundo civilizado estaría dispuesto
a convenir cierta estabilidad de precios, e incluso algo parecido a una
subida anual por IPC, a cambio de que ningún petrodólar sufrague terrorismo
y tiranía. A fin de cuentas, qué más quiere ese mundo sino incorporar
como consumidores y productores a tantísimas personas hoy reducidas a
una inactiva miseria. Ahora bien, ¿cómo presionar con eficacia para que
las montañas de petrodólares se inviertan en Sanidad, Educación y otras
obras públicas, transformando las humilladas plebes de estos países en
ciudadanías prósperas? Al adoptar semejante perspectiva constatamos también
que la distribución de autócratas por toda la zona obedece aún a estrategias
de la Guerra Fría y que nadie -ni siquiera el más fanático clerical- prefiere
vivir económicamente oprimido. Pensar lo contrario de argelinos, libios,
iraníes, etcétera equivale a insultarles.Quizá lo mereciesen en algunos
casos por transigir con despotismos, pero sin el apoyo del KGB o la CIA
pocos aspirantes a monarca o redentor político habrían alcanzado allí
el estatuto de déspotas efectivos. ¿Es eso independiente del conflicto
actual entre integrismo islámico y sociedades comerciales laicas? Con
socios como el KGB y la CIA no es fácil concitar sentimientos republicanos,
y medio siglo de deterioro desemboca ahora en un cambio brusco.
Los petrodólares alimentan mil motines contra el infiel, sufragados lo
mismo por golpistas advenedizos que por monarcas de sangre azul; unas
veces compran bombas, otras acomodan a la familia del mártir asesino.
Inviértanse esos enormes caudales en infraestructuras y sistema electoral,
por nuestro bien y por el bien de esos países. Visto algo más de cerca,
el fin de la Guerra Fría abre la batalla por liberar todos aquellos enclaves
que cada contendiente se reservó usando violencia y fraude, con la excusa
de jugar al ajedrez. Entre nosotros, sin embargo, hay nostálgicos de la
Guerra Fría -que hubieran preferido otro desenlace o más años de confrontación
entre los dos bloques-, y reparar abusos derivados de aquel ajedrez tramposo
no les resulta imaginable. Su núcleo duro lamenta aún que terminasen la
lucha de clases, el dirigismo ideológico o la estatalización económica;
y a ese núcleo se adhiere -de un modo más sentimental que programático-
un amplio círculo de progresistas humanitarios (por decirlo en dos palabras).
A ellos podemos agradecer manifestaciones formidables por todo el país,
como no se veían desde el 23-F, donde la ciudadanía se celebra a sí misma.
Hasta algunos libertarios se sumaron, movidos a simpatía visceral por
actos como el de Nunca Máis en Madrid, tan parecido sobre el terreno a
la festividad de San Canuto Cañamero. Como causa común nos queda que el
miedo sea el más peligroso de los peligros, y que sus consejos resulten
tan poco fiables.
A mi juicio, la pasividad ante Sadam no es tanto exposición a un bacilo,
un gas o un mártir bomba como transigencia con dictaduras feroces, en
perjuicio de cooperación con países civilizados. Si las poblaciones sometidas
quedan un rato libres de su autócrata, ¿qué puede suceder? No lo sabemos.
Sólo sabemos que el actual estado de cosas genera bolsas de miseria -muy
sensibles a propaganda fanática-, espionaje ubicuo y balones de oxígeno
para retrasar su consunción espontánea. Siendo absurdo ayudar económicamente
a los territorios más ricos del planeta, contribuyamos a que lo sean de
verdad.
En un mundo que al fin se reconoce complejo o infinito, el simplismo maniqueo
dice, por ejemplo: Los cineastas enfurecieron a los partidarios de
la guerra, que reaccionaron atacando con el reproche de que no condenaban
a ETA. Con todo, desde Aristóteles sabemos que la veracidad de un
argumento (silogismo) depende de que su eje o término medio pueda
unir los extremos, y cineastas ni descarta ni incluye a partidarios de
la guerra, salvo tildando de belicoso a quien no porte cierta escarapela
con un eslógan.
Peor aún, cualquier actitud distinta de un gaseoso victimismo es «fascista,
nazi», cosa también llamada pensamiento único o liberal. Ya nos explicarán
cómo el odio de Hitler y Mussolini al liberalismo era un amor clandestino.
Será lo mismo consensuar frenos al Gobierno arbitrario, como quieren perpetuamente
los liberales, que confiar la salvación del pueblo a algún redentor nacional
todopoderoso en términos policiales. Casualmente, los únicos que denuncian
este desprecio por las víctimas son personas sin afán de perpetuación,
como Kim o Fidel Castro. Si vamos al fondo encontraremos decepción ante
la caída del Muro berlinés, Guerra Fría por dentro. Aunque su eslogan
básico diga que otro mundo es posible, esto no viene de potenciar
el actual, con sus soluciones concretas ante la penuria. Al contrario,
lo posible de otro mundo expresa ante todo aversión y escándalo ante el
actual. Es una nueva conciencia infeliz, heredera del creyente que gemía
por no ser llamado de inmediato al cielo, aparentando despreciar la vida
terrenal como el comunista aparenta despreciar el dinero. Y su destino
ha sido aventurarse durante casi un siglo en variantes del orden cerrado,
ya ensayadas por cuarteles y conventos, donde nunca pudo existir sin subvención
ni prescindir del látigo.
Andando el tiempo, las convulsiones del Islam integrista -como las agonías
del catolicismo estatal otrora- coinciden en nuestra cultura con las convulsiones
del evangelio marxista. Con motivos distintos, ambos niegan que incertidumbre
y libertad se pertenezcan. Para unos libertad auténtica significa pensión
vitalicia generosa a todos sin excepción, trabajen o no, por nacer en
un mundo absurdo, neurótico y codicioso. Para los otros libertad auténtica
significa que su dios prime sobre el resto. Certezas, por amor de Dios
o del Partido, nada de incertidumbres Las religiones laicas siguen siendo
religiones, y lo sagrado para ellas sigue siendo un baluarte mágico. La
alternativa a magia es trabajo, paciencia para hacer que lo insatisfactorio
se convierta sin abracadabras en soportable e incluso cómodo. Lourdes
y Fátima podrán trasladarse en espíritu al foro anual de Porto Alegre,
sin conseguir por ello que la milagrería produzca un bolígrafo, un tetrabrik
o un simple cuaderno de anillas. Pero estos tres inventos siguen siendo
fascinantes, además de útiles, hasta para quienes se purifican con baños
en el Ganges. Ese es el problema que siempre tiene la magia a medio y
largo plazo. Sin lealtades religiosas, laicas o clericales, la pregunta
es cómo ayudar eficazmente al pueblo iraquí. ¿Será esperando a que Sadam
caiga por falta de consenso ciudadano o por alguna moción parlamentaria
de censura?
Antonio
Escohotado
El mundo, 11 de junio de 2003
http://www.escohotado.org
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