Internet y nuestro vacío

Antonio Escohotado Raúl Arias

Del siglo llamado de Las Luces, el XVIII, nos llega la idea de que los humanos resultan esencialmente manejables, al ser su entendimiento una hoja en blanco y el espíritu en general «un cajón vacío». Los convencidos de ello -que por cierto no fueron todos los ilustrados, y en ningún caso los más cultos-, cifraron el progreso en dejar atrás una libertad equivalente a la responsabilidad, y el sistema tan lento como azaroso ensayado hasta entonces para transmitir valores y costumbres.

Kant se opuso, alegando que ese atajo confundía las relaciones entre personas con la gestión de maquinaria, cuando la regla ética es tratarnos unos a otros «como fines en sí, nunca como medios», pero el progresismo respondió fundiendo educación con propaganda. Y cuando los materialistas acabaron de predominar sobre los espiritualistas aquello que venía llamándose utopía -desde la isla imaginada por Tomás Moro en el Renacimiento- se convirtió en ingeniería social eugenésica.

Por lo demás, su depuración no se ensayó a fondo hasta la Revolución Francesa, cuando tras declarar los Derechos del Hombre y el Ciudadano resolvió suspenderlos todos, descubriendo el terror como camino más corto hacia la virtud cívica. Algunos pretenden aun que aquellos tribunos fueron buena gente, forzada por las circunstancias, aunque ese atajo coactivo lo ensayarían desde entonces todos los domadores de personas, mostrando de paso que su proyecto funde inseparablemente depuración racial, social e ideológica.

Se dirá, por ejemplo, que Lenin sólo quiso pureza social y Hitler sólo pureza racial, aunque proletarios y arios son evidentemente franjas sociales determinadas. La ingeniería social es siempre una medida eugenésica -entendiendo por ello mejorar la especie-, y la eugenesia siempre una importación de técnicas reservadas antes al criador de animales domésticos.

Obsérvese también que a la identidad programática corresponde una identidad psicosomática. Todos sus mesiánicos protagonistas fueron temperamentos alérgicos a la disidencia y ajenos a la diferencia entre orden cuartelero y orden espontáneo. Cuando el medio no responde como quisiéramos solemos cambiar de idea o costumbre, pero estos individuos exigen que el medio se adapte a ellos, o admita ser monstruoso. Como alegaba el anarquista Ravachol en 1892: «El único responsable de mis actos es la sociedad, que impone la lucha de unos contra otros».

Ahora bien ¿por qué siguen teniendo prestigio la ingeniería eugenésica y sus héroes? Primero, porque la promesa subyacente -sacudirse las responsabilidades de la libertad- es tentadora para parte de la población, e irresistible para quien no encontró aún su paradero, y lo remedia ingresando en alguna secta. Segundo, porque sociedades gigantescas como las nuestras dependen de instituciones impersonales e inconscientes -la sintaxis, el derecho, la vocación científica, el dinero, etcétera-, y el pobre de espíritu es ciego para lo complejo en cuanto tal, quizá porque se obstina en preferir la voluntad a la inteligencia. En tercer lugar, porque su consuelo invariable -«los últimos serán los primeros»- nunca se cumplirá sin recurrir a sangre y fuego, pero incluso relegado a utopía permite seguir proyectando sobre otros el reto de cada autoreforma.

Súmese el peso del resentimiento en países de cultura funeraria -cuyo respeto se reserva a los cadáveres-, donde tantos empiezan la jornada laboral suspirando por algún milagro que reduzca a segundos ese mal trago. Cuando tocaba buscarse profesionalmente -preguntándonos qué actividad nos resulta más afín, para capacitarnos en ella- dedicaron su tiempo a cualquier otra cosa, y pagan el error viendo que preferir la maestría a la chapuza no sólo permite a otros trabajar por gusto, sino prestar servicios demandados siempre. A estos infelices apela por sistema el mesías autonombrado, un experto en excitar pasiones cainitas. Hasta cuatro guerras civiles por centuria hubo en España y Rusia, por ejemplo, con heridas que no cierran porque el fratricidio se disfraza como lucha de clases.

Sin embargo, al lastre del redentor y sus fieles debemos añadir el contrapeso de la inteligencia, que acaba de descubrir algo equivalente a la rueda y el fuego con internet. ¿En qué medida podría cambiar las cosas, o mejor aún permitir que su curso no se vea interferido por recetas tiránicas? Respondo que la red creó una estructura horizontal en vez de vertical o jerárquica, y que no ser decapitable frustra para lo sucesivo el recurso a la guillotina, pues cada cabeza lanzada al cesto vuelve desde allí en forma de varias.

Acaba de ocurrir con la Ruta de la Seda, un supermercado de drogas ilícitas sostenido por el encriptamiento de los mensajes y una moneda electrónica, que el FBI cerró a bombo y platillo hace poco. Eso promovió el nacimiento de varias rutas alternativas junto con un resurgir de la original, que saluda hoy a sus usuarios con un «back to freedom!» superpuesto a la placa de clausura. La autonomía no se deja reprimir cuando sus señales reverberan a la velocidad de la luz, desde incontables nudos.

Felicitémonos, porque quienes aspiran a vivir y dejar vivir tienen medios de resistencia pasiva cada vez más eficaces, que trastornan los planes del ingeniero social y ponen en peligro a salvapatrias seniles o adolescentes, como los instalados en La Habana y Pyongyang. Pero más notable aún es que presagie recortes a la arbitrariedad de gobiernos formalmente democráticos, encomendados a una clase política que creció al amparo del tiempo y el coste material antes requerido para consultar a la ciudadanía.

Una democracia semidirecta está ya al alcance de la mano, sencillamente no confundiendo ese cauce de autogobierno con propuestas como abolir la existencia de impuestos o multas de tráfico. Olvidando que el cuerno de la abundancia es tan mitológico como el unicornio, tiempo atrás se ensayó la idea de enriquecernos expropiando a los ricos, si bien desde el calzado para arriba las cosas pasaron a costar diez o 100 veces más que antes de poner en práctica la ocurrencia. Dividamos hoy por 7.000 millones de habitantes las 100 o 1000 mayores fortunas del orbe y toparemos con calderilla, por no decir que menos de diez céntimos la cabeza, contando con la inflación derivada de fulminar sus inversiones.

LOS SUIZOS, que desde 1291 coordinan referendos locales y confederales, son el país menos necesitado de internet para promover la supervisión popular, porque su clase política sencillamente no existe si se compara con Europa meridional y la propia Norteamérica. En el ámbito latino, el saqueo perpetrado por los administradores está pendiente de que los administrados opten por empezar a barrer la casa propia, prefiriendo ellos mismos el dinero A. Se diría que los protestantes aprueban esa asignatura en mayor medida, tras dejar de creer en el perdón ofrecido desde confesonarios por fuerza indiscretos.

En cualquier caso, cuando nuestra especie parecía más adocenada y dócil -hasta el extremo de ver en la libertad algo opuesto a la Justicia-, una combinación de su genio personal e impersonal ha urdido el instrumento definitivo para cancelar la distancia entre señales, y por primera vez es posible llegar a acuerdos sin pasar por el filtro de censores. Llega por eso también la oportunidad de recordar que los atropellos pasados aprovecharon consciente e inconscientemente la idea del alma como gabinete por amueblar, donde algún hombre decide por los demás cuál será la decoración.

A principios del siglo XIX tres filantrópicos amigos -Malthus, Bentham y Owen- vieron en el condicionamiento el modo de lograr el máximo placer para el máximo número, plan que se bifurcó muy pronto en una de dos eugenesias: el individuo contra el Estado y la masa contra el individuo. Dos siglos de experiencia sugieren que la idea de la página en blanco no sustentó una empresa filantrópica sino demencial y criminal a partes iguales, impuesta luego a la fuerza por neuróticos que compensaron su inferioridad con delirios de grandeza, explotando la amalgama de rencor, amnesia e ignorancia típica del populacho. Por supuesto, los ingenieros son benefactores muy destacados de la Humanidad, como quienes mejoran la salud de animales y plantas; pero sólo el misántropo exportará esos métodos a sus vecinos.

 

Antonio Escohotado es ensayista y profesor de Filosofía y Sociología.

 

NOTA

1 Publicado en El Mundo. Febrero 2014


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